¿A qué edad piensas jubilarte? María Jesús Montero pide «abordar de forma serena» el asunto de retrasar
la jubilación a los 70 años, un planteamiento que sitúa en el terreno de los empresarios. Lo dijo con la campaña electoral del 23J ya en marcha, y la fórmula importa: cuando Hacienda pide calma, lo que viene no suele estar lejos.
De fondo hay dos cuentas simples. Cinco años más cotizando y cinco años menos cobrando, en el mejor escenario posible, el de quien llegue entero a la meta. Y un mercado laboral en el que la vida activa de mucha gente se agota antes de los 50.
¿Qué ha pedido exactamente Montero?
Un marco, no una fecha. La petición consiste en abordar «de forma serena» la posibilidad de elevar la edad de jubilación hasta los 70 años, una medida que se atribuye a los empresarios. No hay decreto, no hay calendario y no hay cifra oficial de ahorro.
El destinatario, en cambio, está claro: quien todavía no ha firmado su primera nómina. Cambiar las reglas a mitad de partida tiene una ventaja para quien las cambia —los que ya están dentro no van a reclamar— y una desventaja evidente para el que lleva veinte años cotizando.
La aritmética que no cuadra: nadie contrata a los 50
Los parados mayores de 45 años
superan el 57% del total, el registro más alto de la serie. El paro juvenil ronda el 25%, y hay quien apunta a porcentajes cercanos al 60% en determinadas zonas. Con ese cuadro, prometer empleo hasta los 70 no parece una medida económica, sino una hipótesis de laboratorio.
El razonamiento que más se repite es difícil de rebatir: si la empresa privada no quiere trabajadores a partir de los 45, ¿quién los va a querer con 70? La respuesta que circula es la peor posible, y no es otra que
nadie.
¿Quién cotiza los años que faltan hasta los 70?
Prácticamente nadie, si la carrera laboral se corta a los 50. Ese es el nudo real del asunto y explica por qué el retraso de la edad no ahorra tanto como promete el titular: quien no trabaja no cotiza, y quien no cotiza acumula años de subsidio, no de aportación.
El recorrido es conocido. Despido a los 50, prestación, subsidio y, cuando se agotan ambos, salida anticipada con recorte para el resto de la vida. Hay quien lo resume sin anestesia: en un sistema que arrastra déficit estructural, el objetivo no sería que la gente cotice hasta los 70, sino que anticipe su retirada al precio que haga falta. El resultado serían pensiones de 1.000 euros, y también las de 2.000, que dejarían de existir.
Encofradores, bomberos y policías: la excepción
Hay oficios donde la pregunta ni se plantea. Cuerpos de seguridad, bomberos y personal de emergencias cuentan con edades de retiro más bajas, y lo mismo ocurría con la minería. La duda que sobrevuela es por qué esa excepción no se extiende a quien trabaja a la intemperie.
Puestos de obra, con décadas de carga física encima, son el ejemplo que más se repite. Nadie se imagina a un encofrador subido a un andamio con 70 años, y sin embargo el debate oficial se plantea en términos de edad uniforme.
500.000 pensiones no contributivas y una subida del 15%
El otro flanco mira a quien nunca cotizó.
500.000 personas cobran la pensión no contributiva y este año han visto cómo se les subía un
15%, hasta unos
500 euros por 14 pagas. Con ese dinero no se mantiene un alquiler; con ese dinero tampoco se cotiza.
La coincidencia de ambas cosas —más años exigidos y más gasto asistencial— es la que ha convertido el asunto en una bomba de relojería política en vísperas de elecciones.
El sindicato que protesta en Francia
Pepe Álvarez, al frente de UGT, se ha manifestado en Francia contra la reforma de las pensiones de Macron, que eleva la edad de retiro hasta los 64 años. El sindicato la califica de «agresiva» y sostiene que «nada justifica» un cambio así, mientras ponía a España como ejemplo del camino contrario.
Dos años de diferencia y dos discursos según el lado de los Pirineos. En el fondo no son 64 contra 70: son 64 en Francia, con movilización, y una petición de serenidad para hablar de 70 aquí.
La pensión igualitaria: 800 euros para todos
No todo el malestar apunta a la edad. Una corriente defiende que el problema está en el importe y que las pensiones por encima de los 2.000 euros son incompatibles con las cuentas actuales. Su propuesta:
una pensión única de 800 o 900 euros, con la sanidad cubierta, y que cada cual ahorre lo que quiera por su cuenta.
La objeción llega con cierta lógica. Quien cobraba más estuvo cotizando cuarenta años a un sistema impuesto, obligatorio y no voluntario, con la promesa de una prestación proporcional. Cambiar el trato al final se parece demasiado a mover la portería con el partido jugado.
Si el 57% de los parados pasa de los 45 años, si el sistema lleva años en déficit y la propuesta oficial es pedir calma, el único interrogante que queda ya no es a qué edad jubilarse. Es a quién le va a tocar quedarse fuera de la cuenta.