Leopoldo II de Bélgica: el rey que convirtió el Congo en un matadero
La historia oficial belga prefiere recordar a Leopoldo II como el monarca que embelleció Bruselas y financió el Atomium. Lo que no aparece en las postales es que, entre 1885 y 1908, el llamado Estado Libre del Congo fue su finca privada. Un territorio de dos millones y medio de kilómetros cuadrados que el rey gestionó como una empresa de extracción de caucho y marfil, con métodos que incluyeron el trabajo forzado, las mutilaciones y una mortandad que diezmó a la población local. La cifra exacta de víctimas sigue siendo objeto de disputa, pero el consenso historiográfico habla de millones de personas.
¿Por qué Bélgica se quedó con el Congo?
La Conferencia de Berlín de 1884-1885 repartió África entre las potencias europeas. Bélgica, un país pequeño y sin tradición colonial, se hizo con un territorio ochenta veces mayor que su metrópoli. El motivo no fue humanitario: el rey Leopoldo II convenció a las potencias de que el Congo sería un «estado tapón» neutral entre las colonias británicas, francesas y alemanas, y que él lo administraría como un proyecto filantrópico. La realidad fue otra. El caucho amazónico había enriquecido a Brasil hasta extremos de leyenda, y el caucho congoleño prometía lo mismo. Un explorador británico sacó semillas de Hevea brasiliensis de Brasil en 1876 y las plantó en colonias asiáticas, hundiendo el negocio brasileño. Leopoldo necesitaba su propio suministro. El Congo lo tenía.
El sistema de explotación: caucho, manos cortadas y rehenes
El método fue sencillo y brutal. La población local tenía que entregar una cuota de caucho. Quien no la cumplía veía cómo se mutilaba a su familia o se quemaba su aldea. Las manos cortadas se convirtieron en la moneda de cambio para demostrar que se había castigado a los rebeldes. No fue un exceso de celo de un funcionario aislado: fue una política sistemática de terror para maximizar la producción. El caucho congoleño alimentó la industria europea de neumáticos, cables y aislantes. La ebonita, un protoplástico derivado del caucho, se usó en transmisiones, amortiguadores y tuberías. El precio lo pagaron millones de congoleños.
¿Fue Leopoldo II el único responsable?
No. Las potencias vecinas también participaron. El Congo francés aplicó métodos similares para extraer caucho. Los portugueses tenían puestos comerciales en la zona. Y los propios intermediarios locales, jefes tribales y comerciantes, se beneficiaron del sistema. La esclavitud existía en África antes de la llegada de los europeos y continuó después. Pero eso no exime a Leopoldo II: su régimen convirtió una práctica preexistente en una industria de exterminio a escala industrial. La diferencia estuvo en la escala, la organización y la impunidad.
El olvido interesado de los genocidios coloniales
La memoria histórica es selectiva. El genocidio armenio, el Holocausto o Ruanda tienen memoriales, películas y cátedras. El Congo de Leopoldo II tiene un puñado de libros y algún documental. Hay quien sostiene que si el responsable hubiera sido un rey español, habría cien películas anglosajonas sobre el tema. La realidad es que Bélgica nunca ha pedido perdón formalmente por lo ocurrido en el Congo. El rey Felipe reconoció en 2020 el sufrimiento causado, pero sin disculpas explícitas. La cifra de víctimas sigue siendo un campo de batalla entre historiadores: desde los diez millones que citan algunos autores hasta los dos millones que manejan otros. Lo que nadie discute es que hubo un exterminio.
El caucho congoleño ya no se extrae con manos cortadas. Ahora se extrae con cobalto para baterías de coches eléctricos. Los métodos han cambiado. El patrón, no tanto.