Cornada grave a Morante de la Puebla: el riesgo taurino bajo debate
Una cornada de pronóstico muy grave en la plaza de toros de la Maestranza de Sevilla ha reabierto la discusión sobre el coste humano y animal del toreo. El diestro Morante de la Puebla pasó la noche en la UCI tras sufrir una cogida con dos trayectorias de 20 y 15 centímetros, según el parte médico difundido. El percance, ocurrido durante una corrida en la que también resultó corneado de gravedad Andrés Roca Rey, ha generado un cruce de opiniones que va desde la defensa del arte taurino hasta la condena más dura al espectáculo.
La discusión no se limita al ruedo. En el terreno económico, el toreo mueve una industria que incluye ganaderías, plazas, cuadrillas y derechos de imagen. La cornada de un torero de primera línea como Morante, con una trayectoria construida sin padrinos y desde una familia humilde, pone sobre la mesa el precio que se paga por un espectáculo que algunos consideran una tradición irrenunciable y otros califican de barbarie.
¿Cuánto cuesta mantener un toro bravo hasta la corrida?
El mantenimiento de un toro bravo no es barato. Un mensaje del hilo apunta que estos animales viven «cuatro o cinco veces más tiempo que el resto de bovino para comida», lo que encarece su crianza. Además, se señala que «a un toro solo se le puede torear una vez» y que, tras la corrida, iría «directo al matadero». Es decir, el animal que no muere en la plaza acaba igualmente sacrificado para consumo. Este dato desmonta la idea de que el toro de lidia tenga una vida privilegiada: su destino final es el mismo que el de cualquier res de carne, solo que con un espectáculo añadido.
La comparación con el matadero convencional es recurrente. Hay quien sostiene que la muerte en la plaza es más cruel porque incluye tortura previa, mientras que otros defienden que el toro bravo vive mejor que el ganado de engorde. El cálculo completo de costes de una ganadería, con piensos, veterinarios y hectáreas, daría una cifra que sorprendería a más de uno.
El riesgo del torero: ¿profesión de alto riesgo o suicidio consentido?
La cogida de Morante ha reactivado el argumento de que el torero conoce las reglas del juego. «Normalmente gana el torero, pero a veces acaba perdiendo. Ese es el juego», resume un participante, que compara el riesgo taurino con el de un camionero al que le puede hacer la tijera el camión o un albañil que se cae de un andamio. Desde esta óptica, la cornada es un accidente laboral más, y la responsabilidad recae en quien acepta el riesgo.
Frente a esto, otra corriente subraya que el torero no es un trabajador cualquiera: su exposición es voluntaria y el espectáculo se basa en la tortura de un animal. «Solo un sádico no podría darse cuenta de que eso es salvajismo», se llega a decir. La discusión deriva hacia la ética: ¿se puede exigir respeto por el torero herido cuando su actividad implica causar sufrimiento a un ser vivo?
El negocio taurino: cifras y sombras
Más allá del morbo, el toreo es un sector económico con números concretos. Las plazas de toros generan empleo directo e indirecto, y las corridas mueven cifras millonarias en derechos de imagen y apuestas. Sin embargo, el declive de la asistencia en muchas plazas es un hecho. La cornada de Morante, un torero mediático, puede atraer público curioso, pero también alimenta la campaña de quienes piden su prohibición.
En el plano político, la tauromaquia sigue siendo un tema de confrontación. Mientras unos partidos la defienden como patrimonio cultural, otros abogan por su abolición. La discusión en el hilo refleja esa división: hay quien se afiliaría al PACMA solo por fastidiar a los taurinos, y quien acusa a los animalistas de ser «más sádicos» que los propios toreros.
El toro como víctima: el sufrimiento animal en el punto de mira
El debate sobre el maltrato animal ocupa buena parte de la discusión. Un mensaje lo compara directamente: «el animal sufre dolor como tú y yo, no hay que maltratar ni a personas ni a animales». Desde esta posición, la cornada de Morante no es motivo de burla, sino una consecuencia más de un espectáculo cruel. Otros, en cambio, distinguen entre matar para subsistir y disfrutar matando: «Mato bitxos para comérmelos... pero no disfruto matándolos».
La polémica se extiende a la doble moral de quienes se ríen de la cogida. «No creo que ninguno de estos psicópatas que se ríe sea del PACMA. Simplemente odian a los toreros porque sí, pero en realidad son más sádicos que ellos», sentencia un participante. La discusión deriva hacia el respeto mínimo por el ser humano, incluso cuando su profesión repugna.
¿Es el toreo un arte o una tortura?
La defensa del toreo como arte sublime aparece en varios mensajes. Se argumenta que el torero se expone a un ser vivo bravo, que ataca si se le provoca, y que la expresión artística surge de esa interacción. «El toreo es un arte arrebatador, nacido en España para todo el mundo», afirma un defensor, que compara su fuerza expresiva con la del flamenco o la pintura.
Los críticos responden que sin sufrimiento animal no habría espectáculo. «Con lo fácil que sería torear sin matar ni clavar banderillas. Eso sí que sería arte», propone un mensaje. La propuesta de un toreo incruento, con capotazos y recortes pero sin sangre, es una de las ideas más repetidas. Para sus partidarios, el arte verdadero no necesita causar dolor.
La cornada de Morante de la Puebla deja una pregunta abierta: ¿puede un espectáculo que se basa en el riesgo y la muerte seguir siendo considerado cultura en el siglo XXI?