Taylor Swift, el gusto musical que separa clases sociales
Tres chicas de 15 años sostienen carteles pidiendo entradas a las puertas de La Défense Arena, en París. Ninguna había nacido cuando Taylor Swift publicó su primer disco. Una es hija de Ramtin, un entrenador alemán de 54 años; las otras dos, amigas del colegio. El padre lleva horas viendo cómo le retienen
700 euros de la tarjeta por dos pases comprados en el mercado secundario que no acaban de llegar.
La negociación se frustra una media docena de veces frente a las chicas. Hasta que aparece una familia estadounidense y les vende sus entradas a
150 euros cada una. Ramtin se lo toma con retranca: avisa a su otra hija, fan de Beyoncé, de que si les han timado se quedarán en un bar viendo
cómo su padre bebe cerveza toda la tarde. La mayor llora de emoción. El recinto tiene capacidad para 40.000 personas y cuelga el cartel de todo el papel vendido, cuatro fechas.
Lo sorprendente no es que una cantante de 34 años llene estadios casi dos décadas después de debutar. Es que buena parte de su público no podría tararear su primer disco porque no había nacido.
De Los inmortales a una única superviviente
El paralelismo con la película estrenada en 1986, protagonizada por Sean Connery y Christopher Lambert, es tan exagerado como eficaz. Inmortales que llevan siglos entre nosotros, condenados a batirse hasta que solo quede uno, y un vencedor que decide si el mundo entra en una era de luz o de oscuridad. Durante los últimos quince años, distintos géneros y una media docena de artistas habrían librado ese combate por el dominio global. El resultado, según esta lectura, es una única ganadora que ha elegido la luz, y con tal intensidad que el personal corre el riesgo de quedarse ciego.
W. David Marx, autor del ensayo
Status and Culture, lo traslada al terreno del mercado: el éxito no tiene precedentes por longevidad y por dominar cada lanzamiento. En la Red vivimos vidas fragmentadas, pero fuera de la pantalla esa posición central deja una cultura de masas más monótona que nunca. El ensayista recurre a un concepto financiero y lo aplica a una cantante: sería a la vez el sistema y lo que sostiene al sistema.
Qué compra realmente el público de Taylor Swift
Poco que ver con la música sola, probablemente. Hay quien sostiene que el producto real es estatus: un lugar al que hay que haber ido y una foto que hay que subir. El concierto funcionaría como escaparate social, y quien se queda fuera baja de nivel en su propia esfera. De ahí que se pague lo que se pague y que las entradas se revendan sin sonrojo.
En esa línea encaja una definición que corre por las redes: el
Marvel de la música pop. No un catálogo de canciones memorables, sino un aparato industrial detrás, una maquinaria de producción y comunicación milimétrica. Para el sector editorial la comparación es aún más familiar: hay quien la llama la J. K. Rowling del pop, porque en vidas saturadas ya solo cabe una autora y una cantante. Si eso es una buena noticia, es otra discusión.
Clase social y gusto musical en el pop actual
Aquí aparece la capa de clase. Hay quien lee el fenómeno en clave de distinción: frente a los ritmos de base popular y urbana, con el reguetón a la cabeza, el pop de estadio se percibiría como elección más presentable, más de casa acomodada. No es la descripción del gusto de nadie en concreto, sino la vieja pelea entre lo que se considera fino y lo que se considera de barrio, con nombres distintos en cada bando.
Y como toda frontera cultural, tiene trampa. Hay quien la compara con el pop de pijos de los 2000, y recuerda que lo que hoy se vende como elección culta fue ayer la opción más comercial del mercado. En el extremo opuesto, la defensa resulta igual de previsible: hay quien responde que la calidad no se mide por el apellido del colegio, sino por la capacidad de llenar un recinto cuatro fechas.
La cantante sin himnos que todo el mundo conoce
La paradoja que más se repite es otra: hay quien reconoce su cara y no recuerda ni una canción suya. Sin himnos que crucen generaciones, sin estribillos incorporados al lenguaje común, su fama sería enorme y su repertorio, difuso. Los nombres que se citan como referencia —Madonna, Michael Jackson, George Michael— tenían las dos cosas.
El argumento tiene miga. Si un fenómeno domina el pop y su tema más popular no lo sabe cantar el vecino, quizá el éxito ya no se mida en canciones, sino en atención. Y la atención se compra, se sostiene y se monetiza con herramientas que no están en el pentagrama.
Regrabar los discos para no ceder el control
El otro frente es el negocio. Los problemas con los derechos de sus másters la llevaron a regrabar sus discos antiguos. Vista como jugada comercial, es astucia pura; vista como gesto artístico, deja frío a más de uno, que lo lee como
refrito vendido dos veces a la misma clientela. La prensa lo presentó como rebeldía. Los números, probablemente, como una operación con margen garantizado.
Con esas cifras delante —700 euros de incertidumbre por dos pases frente a 150 pagados en mano a la salida—, lo raro es que alguien siga discutiendo si el asunto va de música. Y un detalle descoloca más que cualquier balance: el padre que no es fan se sabe todas las canciones del repertorio, y las canta en el coche. La industria no siempre necesita convencer al cliente. Basta con que le acompañe.