La UE estudia una petición animalista sobre el pulpo
¿Se puede prohibir comer un animal porque sea listo? Esa es la pregunta que sobrevuela una iniciativa que, según los datos disponibles a la fecha de esta discusión, estudia la
Unión Europea a instancias de lobbies animalistas. El motivo esgrimido: el pulpo es un animal muy inteligente. La noticia ha caído como un jarro de agua fría en un país donde el
pulpo a feira es casi un artículo de fe. Y ha abierto un melón que va mucho más allá del marisco: ¿dónde se pone el límite entre bienestar animal y prohibicionismo alimentario?
Qué se sabe de la prohibición del pulpo en la UE
No hay norma aprobada. Lo que hay, según el material disponible, es una
petición y un debate en curso. La propuesta se atribuye a una iniciativa ciudadana impulsada por organizaciones animalistas, que argumentan que los cefalópodos poseen una inteligencia superior a la de muchos vertebrados y que, por tanto, merecen protección. En el aire queda la pregunta de si Bruselas acabará legislando o si todo quedará en un brindis al sol burocrático.
La base científica no es una invención. Los cefalópodos, y en especial el pulpo, son la única muestra de inteligencia superior fuera de los vertebrados: tienen memoria, reconocen a personas concretas, resuelven problemas complejos y se comunican entre ellos mediante cambios de textura y color de la piel. Una hipótesis que circula es que no han desarrollado más esa inteligencia porque su vida es corta:
unos tres años como máximo, dado que mueren al reproducirse.
Por qué los gallegos no van a dejar de comer pulpo
La reacción en el noroeste ha sido unánime en el rechazo. Hay quien sostiene que a los gallegos se les puede mear encima y decir que llueve, pero que si hay algo sagrado es la comida, y que jugar con eso es montar una revolución. El argumento no es solo cultural: el pulpo es un pilar económico de la pesca y la hostelería de la zona.
El precedente del
Prestige se ha citado como prueba de resistencia. Ni con la marea negra se dejó de consumir pulpo, así que la amenaza de una prohibición europea se percibe como un ejercicio de voluntarismo que no resistirá el choque con la realidad. El cálculo más optimista asume que la medida nunca se aprobará; el escenario pesimista anticipa que, si sale adelante, los furtivos se harán de oro, como entonces.
El pulpo, pieza clave del ecosistema marino
Más allá del plato, el pulpo es un depredador muy activo e ingenioso. Cuando hay sobrepoblación de pulpos, las capturas de nécora y centolla bajan, y también se resiente la reproducción de mejillón y percebe, así como de diversas especies de peces que desovan en esas costas. Una prohibición de la pesca de cefalópodos puede causar cambios impredecibles en los ecosistemas costeros y en los caladeros.
La cadena trófica no perdona: un congrio o un mero sí pueden comer pulpos, pero los seres humanos no. La paradoja es evidente. Y mientras se debate si el pulpo tiene derechos, la sepia y los chipirones esperan su turno con un coeficiente intelectual inferior, pero con la misma incertidumbre sobre su futuro en la mesa.
El negocio del pulpo: de Marruecos a los supermercados españoles
Hay un detalle que suele escaparse en estas polémicas: buena parte del pulpo que se comercializa en España, al menos el envasado, procede de Marruecos. La pregunta que se desliza es si la nueva campaña para prohibir la pesca dentro de la Unión Europea no acabará favoreciendo, paradójicamente, a las granjas y caladeros de fuera de la UE. El pulpo marroquí, dicen los entendidos, es intragable, como la sardina; de allí el mujel y el atún sí son buenos.
El contexto: la UE y el sector primario español
La polémica del pulpo no llega en el vacío. En paralelo, la Comisión Europea ha anunciado que a partir del año siguiente los pesqueros de arrastre solo podrán faenar
27 días al año, una reducción del
78% que, si sale adelante, abocaría a la ruina al sector. El ministro de Agricultura y Pesca ha advertido a la CE de que reducir la pesca mediterránea podría fomentar los extremismos. Con ese telón de fondo, la prohibición del pulpo se lee como un capítulo más de una ofensiva regulatoria que muchos perciben como desconectada de la realidad.
Alguien lo resumió con retranca: si es por la inteligencia, siempre nos quedará comer eurócratas. La broma es mala, pero el fondo del asunto no tiene gracia: la UE legisla sobre cefalópodos mientras el sector primario español se asfixia con cuotas y recortes de días de pesca.
La pregunta no es si el pulpo es inteligente. Lo es. La pregunta es si Bruselas va a prohibir el consumo de todo lo que tenga más luces que un diputado europeo medio. Si la respuesta es sí, más vale ir buscando alternativas.