Debate sobre la DANA: la teoría de un plan oculto en Valencia
La catástrofe de la DANA en Valencia no fue solo un fenómeno meteorológico extremo. Según una línea de análisis que circula con fuerza, detrás de la destrucción masiva de municipios y de la tardanza en las alertas hay un plan preconcebido para transformar el territorio. La tesis, defendida por la periodista Magdalena del Amo en un artículo de opinión, sostiene que la zona se arrasó para reconstruirla según el modelo de las ciudades inteligentes y los intereses de las grandes tecnológicas. Los datos disponibles no permiten confirmar tal extremo, pero el cúmulo de coincidencias —desde la celebración de foros sobre smart cities hasta la llegada de empresas como Palantir— ha encendido todas las alarmas.
La teoría del arrasamiento premeditado
El artículo de Magdalena del Amo, difundido en el modesto periódico digital Alerta Digital, plantea una pregunta incómoda: ¿para qué necesitaban arrasar todo el territorio anexo a la ciudad? Se refiere a las barracas, las alquerías, los árboles frutales, los animales y, sobre todo, a las personas que aún permanecen entre el barro y los escombros sin un entierro digno. La autora sostiene que se miente deliberadamente sobre las causas y que ni una palabra se dice sobre geoingeniería, control de tormentas o la actividad de los radares. Para ella, las preguntas clave son el por qué y el para qué, y nadie se atreve a hincarle el diente a este tema tan peliagudo y prohibido.
La tesis se apoya en la coincidencia temporal entre la catástrofe y una serie de movimientos económicos y tecnológicos en la región. Del Amo recuerda que Valencia se proyecta como un epicentro mundial de las futuras ciudades inteligentes, y cita el evento Future Innovation Cities, organizado por Startup Valencia los días 23 y 24 de octubre de 2024 en el edificio Veles e Vents, en el marco del programa paralelo de VDS2024. A partir de ahí, establece un vínculo directo: los despidos masivos de Silicon Valley de empresas como Netflix, Twitter, Google o Facebook coinciden con la llegada a Valencia de compañías como Siemens, Hitachi, Toshiba, HP, Hyperion Group, Lufthansa, Aviatar e incluso la ONU. El problema de estos centros de datos es el excesivo consumo de energía, lo que explicaría, según esta lectura, la implantación masiva de granjas de paneles solares en la zona. Es decir, había que destruir la zona para reconstruirla de acuerdo al nuevo modelo.
El papel de Palantir y la reconstrucción
Uno de los puntos más controvertidos del artículo es la mención a Palantir, una empresa tecnológica de proceso masivo de datos, especializada en el ámbito militar y policial, que opera en España desde 2018. Según la información que maneja la autora, aunque no ha podido contrastarla, Palantir podría ser la encargada de la reconstrucción de Valencia. La empresa, que en sus inicios recibió dinero de la CIA y tiene contratos con agencias gubernamentales y fuerzas de seguridad como el Pentágono o la NSA, se perfila así como la pieza clave de un engranaje que convierte la tragedia en negocio. La autora admite que no ha podido verificar este extremo, pero se inclina a darle veracidad con el argumento de que si non e vero e ben trovato.
Esta conexión ha sido recogida con entusiasmo en el debate posterior. Se argumenta que no fue una negligencia, sino algo premeditado. Se señala que la policía y el ejército no fueron a ayudar, sino a controlar, y que si no llega a ser por los voluntarios, nadie sabe lo que hubiera pasado. La tardanza en la activación de las alertas masivas, que no se lanzaron hasta las 20:15 según los mensajes, se interpreta como una prueba de que todo estaba calculado. Frente a esto, otras voces piden prudencia: saber es una palabra muy seria, y una cosa son los hechos y otra la percepción que de ellos tenemos. Se recuerda que si las cosas estuvieran tan claras, ya habría gente sentada en el banquillo.
Del barro a las placas solares: el negocio de la reconstrucción
La sombra de la especulación inmobiliaria y energética planea sobre el debate. Se apunta que el levante es una de las mejores zonas de España por su clima y su agricultura, y que no sería extraño que mucha de esa zona inundada fuera convertida en los próximos años en un huerto de placas solares. La idea de que el abuelo compraba un monte barato, le pegaba fuego y luego lo vendía para construir chalets se actualiza ahora con agua en lugar de fuego y placas solares en lugar de chalets. Es un relato de ficción, pero que resuena con fuerza en un contexto donde se habla de planes masivos de energías renovables y de la llegada de grandes empresas tecnológicas.
En este punto, el debate se cruza con la política. Se menciona que el Gobierno insiste en la parálisis de Mazón ante la posible rotura de una presa, y que el presidente replicó que si conocían el riesgo, no hicieron nada por alertar a la población. Las fuentes del Ministerio de Transición Ecológica fijan en las 17:26 el aviso en el CECOPI de la situación crítica del embalse de Forata, y la reunión se paró una hora. El presidente dijo en su discurso que conoció el riesgo a las 19:30 y que por eso la alerta masiva se lanzó a las 20:11. Son datos que alimentan la sospecha de una gestión deliberadamente negligente o, según las versiones más extremas, de una estrategia para agravar la catástrofe.
Las voces que piden prudencia
No todo el mundo compra el relato conspirativo. Hay quien sostiene que lo de Valencia no obedece a ningún plan preconcebido, sino a una sucesión de cagadas monumentales en distintos estamentos públicos, sumado a que la gente no hace ni caso de las advertencias de protección civil. Se cita el ejemplo del Ikea de Alfafar, que estaba perfectamente construido para resistir la riada sin aparcamiento subterráneo y con todo el negocio en altura, incluso con las gigantescas estanterías de palets en una primera planta. La planta superficie estaba destinada a parking. Este dato, extraído de un artículo de El Confidencial, sugiere que la destrucción no fue selectiva ni planificada, sino el resultado de decisiones urbanísticas y de una falta de previsión.
Otras voces van más allá y critican el auge de las teorías conspirativas. Se pregunta qué hemos hecho mal para que la realidad sea una en la que los hechos, la racionalidad y el conocimiento han dejado de existir y el relato se reduce a prejuicios, opiniones, conspiraciones y miedos. Se acusa a ciertos medios y a ciertos periodistas de seguir la estrategia de Iker Jiménez: anunciar un programa sobre chemtrails con expertos que afirman que con ellas se controla el tiempo atmosférico, se esteriliza al hombre blanco heterosexual y a saber qué barrabasadas más. Frente a esto, los defensores de la teoría del arrasamiento responden que no se puede desprestigiar a cualquiera que critique al gobierno tildándolo de conspiranoico.
El negocio de los desaparecidos y las comisiones
En el trasfondo económico del debate aparece también la cuestión de los desaparecidos y las indemnizaciones. Se menciona una exclusiva sobre el plan del PSOE para convertir los fallecidos en dinero, y se apunta a que la economía del régimen está en las últimas, por lo que una nueva emergencia justificaría darle a la impresora. Cada vez que se da a la impresora, todo aquel que tiene capital en fiat es más pobre porque su dinero vale cada vez menos. Es la vieja receta: la tragedia como excusa para la expansión monetaria y el rescate de los amigos.
También se señala que hay que seguir la pista de Castilla-La Mancha y de Bono, porque son los que se van a forrar a comisiones en la reconstrucción. La reconstrucción de Valencia se convierte así en un enorme pastel que se repartirán las grandes empresas tecnológicas, las constructoras y los políticos de turno. La pregunta que flota en el aire es quién pagará la fiesta y quién se llevará la mejor parte. Mientras tanto, los vecinos de las zonas afectadas siguen esperando respuestas y un entierro digno para sus muertos.
El debate está servido. Las pruebas son circunstanciales, las coincidencias sospechosas y las explicaciones oficiales, cuando menos, incompletas. La teoría del arrasamiento premeditado no está demostrada, pero tampoco ha sido refutada. Y en ese limbo, la desconfianza hacia las instituciones y hacia los medios crece como la espuma.