Vivienda social bajo Franco: el ladrillo que no llegó
Cuatro mil ciento noventa y ocho. Ese es el número de viviendas nuevas que, según un mensaje del debate, el régimen de Francisco Franco fue capaz de edificar en Madrid entre 1940 y 1944. La cifra se contrasta con el deseo expresado por el propio Caudillo de que «todos los españoles tuvieran un hogar con lumbre». En ese mismo periodo, más de 800.000 madrileños vivían en chabolas o infraviviendas similares, según ese mismo mensaje. El relato oficial habla de obra social; los números que se manejan en el hilo hablan de una década perdida para el Instituto Nacional de Vivienda, lastrado por la escasez de materiales, la falta de financiación y una maraña administrativa que convertía cada promoción en un laberinto.
Los pueblos de colonización y las casas para maestros
La defensa más repetida de aquella política se apoya en dos patas: los pueblos de colonización, con casas y terrenos para labrar, y las viviendas para funcionarios, maestros y obreros de grandes empresas. Se argumenta que Franco no creaba puestos de «pinta y colorea», sino que daba herramientas para labrarse un futuro: tierras, mulos, corral y una casa a precio bajo. Es el eje del mensaje que abre la discusión.
El problema es la escala. Los pueblos de colonización existieron, pero fueron un goteo en un país donde la mayoría de la población vivía en ciudades sin infraestructuras. Las casas cuartel y las viviendas para maestros también, aunque su volumen nunca compensó el déficit acumulado. Quien sostiene que aquello funcionó añade un matiz relevante: los salarios subían con la inflación, y mucha gente venía del campo con capacidad de supervivencia extrema, calentándose con picón. Había una televisión, un coche. No era la panacea, pero comparado con el presente, dicen, salía ganando.
Quién pagó realmente la vivienda social
Aquí el análisis se vuelve incómodo para ambos bandos. Según una participante del debate, la vivienda social del franquismo no salió de las arcas del Estado ni del bolsillo de los constructores. Se financió con los ahorros de los propios trabajadores a través de la obra social de las cajas de ahorro, con una inflación de dos dígitos que funcionaba como deuda pública encubierta y con retenciones en nómina y gravámenes sobre el consumo que asumían los mismos trabajadores. El equivalente funcional al IRPF y al IVA actuales, pero sin llamarse así.
Mientras tanto, según esa misma participante, los amigos constructores del régimen se beneficiaron de una sucesión de contratos millonarios libres de impuestos con márgenes generosos. La obra pública y la vivienda social fueron un negocio redondo para una casta empresarial que no necesitaba competir. Las viviendas más amplias y mejor situadas, por cierto, no siempre acabaron en manos de los más necesitados. Hay quien recuerda que en zonas como el llamado «cinturón rojo» de Madrid, los pisos construidos por el Ministerio de la Vivienda con el yugo y las flechas en la fachada acabaron siendo habitados por trabajadores que después votaban a la izquierda. La paradoja es de manual.
El despido que no existía y la especulación que llegó después
Uno de los argumentos más repetidos en defensa de aquel modelo es el laboral: el despido era carísimo, sesenta días por año trabajado, y eso daba una estabilidad hoy impensable. La gente entraba a trabajar y se jubilaba en la misma empresa. Había industria. La mujer podía dedicarse a la casa y la familia con un único salario. Ese es el cuadro que se pinta.
La otra cara es que esa rigidez del mercado laboral convivía con una economía cerrada, subvencionada y poco competitiva. Cuando España entró en el nuevo orden surgido de la Segunda Guerra Mundial, primero con el FMI tomando las riendas económicas en los años sesenta y después con la CEE, la industria que no competía se desmanteló. La siderurgia, la remolacha, las vaquerías. Regiones enteras se vaciaron. La especulación inmobiliaria, sostienen algunos, empezó con el régimen del 78, no antes. Con Franco, dicen, las obras servían para algo; después, muchas no han servido para nada.
La comparación con Europa que nadie quiere hacer
A finales de los años cincuenta, según un participante, más de un tercio de la población española vivía en pobreza extrema. En Europa Occidental, Oriental y Estados Unidos, los trabajadores vivían como nunca antes en la historia. España llegó tarde a la edad de oro del capitalismo y llegó mal, gracias a un régimen que había apostado por la autarquía y el aislamiento. El Plan Marshall no llegó. Solo Argentina, con Perón, tendió una mano.
La cosa empezó a mejorar en los sesenta, cuando, según ese participante, Estados Unidos apartó al inútil de la toma de decisiones económicas y puso a unos tecnócratas a las órdenes del FMI. El mayor mérito de aquella España, ironizan algunos, fue hacer buenos a la CIA, a la OTAN y al FMI. Sin esa intervención, el régimen habría acabado en un nuevo baño de sangre, sostienen. La represión, por cierto, se fue apagando a finales de los sesenta, aunque hasta los cincuenta hubo rencores y rencillas. Los movimientos estudiantiles y obreros de finales de la década reabrieron la conflictividad.
El yugo y las flechas que siguen en pie
Hay un detalle que descoloca a más de uno: los pisos construidos durante el franquismo siguen en pie, habitados y, en muchos casos, alquilados por precios que hoy parecen de otra galaxia. Se critica su calidad, su tamaño, su fealdad. Pero no se han caído. Y el PSOE, en materia de vivienda, lo único que ha hecho según esta lectura es quitar el yugo y las flechas de las fachadas, porque los edificios siguen ahí, en evidencia.
La pregunta que flota es incómoda: si aquel régimen construyó cuatro millones de viviendas para obreros sin IVA y con un IRPF de risa, ¿por qué el sistema actual, con toda la recaudación del mundo, no es capaz de repetir la jugada? ¿O es que la comparación es tramposa y el país era otro, con otras necesidades, otra demografía y otra economía?
Los números del franquismo en vivienda son los que se manejan en el debate: 4.198 pisos en Madrid entre 1940 y 1944, más de 800.000 chabolistas en la misma ciudad en 1940, un tercio de la población en pobreza extrema a finales de los cincuenta. La propaganda sigue viva porque hay que justificar lo injustificable, o porque hay que atacar lo que vino después. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. ¿Cuál de las dos pesa más en el relato que se está construyendo hoy sobre aquella España?