La protesta contra la amnistía desborda Cibeles y mira a Ferraz
El 18 de noviembre de 2023, a mediodía, la plaza de Cibeles de Madrid estaba cortada al tráfico y ya estaba llena. La convocatoria salía de más de un centenar de foros y asociaciones cívicas bajo el lema «No en mi nombre: ni amnistía, ni autodeterminación. ¡Por la libertad, la unidad y la igualdad!». El manifiesto hablaba de un proceso «deconstituyente» y de una investidura «corrupta» de Pedro Sánchez y, además de la amnistía, contemplaba un referéndum. En primera fila, los máximos responsables de
PP, Vox y Ciudadanos: Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Adrián Vázquez. Era la primera protesta en la que coincidían PP y Vox tras la reelección.
¿Cuántas personas llenan Cibeles? Cientos o miles
La respuesta depende de dónde estuviera mirando quien contaba. El relato fechado a las 11:28 daba la plaza por llena una hora antes del arranque, y la vista aérea mostraba una marea compacta entre las fuentes de Apolo y Neptuno, alineadas sobre el Paseo del Prado. El recuento de referencia, en cambio, se quedó en «cientos», mientras otros asistentes veían
miles. Sin dato cerrado sobre la mesa, cada parte se quedó con la cifra que le convenía. Y esa ambigüedad, más que un error de cálculo, es el primer titular de cualquier concentración en España.
Bandera europea en la Puerta de Alcalá: qué hacía ahí
Lo que más incomodó a una parte de los asistentes no fue el aforo, fue el color de las banderas. En la zona de la Puerta de Alcalá predominaban las enseñas de la Unión Europea sobre la española. La lectura de algunos asistentes era instrumental: el material gráfico estaría pensado para alimentar una sesión en el Pleno de Estrasburgo. Con la bandera pasa lo de siempre: unos ven unidad, otros ven cobardía, y nadie cambia de opinión por un trapo.
De Cibeles a Ferraz: la consigna de sostener la calle
A media mañana la protesta ya tenía segunda parada. El aviso corrió rápido: la gente se marchaba hacia la sede del PSOE, en la calle Ferraz. Desde el escenario, Santiago Abascal pidió una respuesta coordinada al «golpe» que, a su juicio, se consuma con la ley de amnistía: «No podemos dar la batalla por perdida», sostuvo, y reclamó una
movilización social sostenida junto a una respuesta institucional coordinada. El mensaje no era de un día de sol, era de temporada larga. Y ahí empieza el problema: sostener una calle cuesta bastante más que llenarla.
Navarra, el Código Penal y la lista larga
El foco se movió varias veces a lo largo de la jornada. Una parte se fue a Navarra, con el temor de que esta legislatura se intente «colar» su anexión al País Vasco; la réplica desde el otro lado fue que los navarros no quieren eso y que la mayoría no lo ha votado. Otro tramo se metió en materia procesal: se hablaba de limitar a
6 horas el tiempo máximo para la diligencia de identificación en dependencias policiales, de la introducción de la toma de fotografías y de alguna cautela añadida frente a manifestaciones no comunicadas. El cálculo que circulaba reducía el paquete a «menos de 10 diferencias» con la norma anterior, con la desobediencia ya tipificada en el artículo 26.h. La comparación artículo por artículo, con lo que se endurece y lo que se queda igual, da más de lo que aparenta.
Del 18N al franquismo: la deriva histórica
A falta de datos nuevos, la conversación se fue al pasado. Si el desarrollismo de los sesenta sacó o no a España de la miseria, si la industria llegó tarde, si el imperio repartía beneficios o solo los concentraba en unas cuantas manos. Plan Marshall, Alemania, la China de los últimos treinta años, la España que se vaciaba del campo a la ciudad o a Düsseldorf. Interesante y perfectamente prescindible para lo que se dirimía en la plaza. Cuando una discusión agota los argumentos del presente, siempre le quedan los del siglo pasado.
La pregunta que quedó sin cerrar: ¿sirve de algo manifestarse?
Aquí el análisis se atasca y nadie lo desatasca. Hay quien sostiene que una manifestación pacífica no sirve para nada, apenas unos titulares, y que si se vuelve violenta le regala al Gobierno la excusa perfecta para recortar libertades. Al otro lado, la réplica es distinta: quitarle a la gente la ilusión de defender la democracia y decirle que la rabia ciega no sirve equivale a condenarla a la inacción. Entre ambos extremos queda un dato de experiencia, el de quien salió a la calle y tomó la Gran Vía por medio de la calzada, algo que hasta ahora no había hecho. Ganó terreno, dice, no la razón, sino la costumbre. Si esa costumbre cuaja, la protesta deja de ser un episodio y pasa a ser un hábito. Y sobre eso no hay encuesta.