«El 94% se vacunó porque lo dijo la TV»: el mismo patrón que algunos temen con la guerra
Un forero afirma que «un 94% se vacunó porque lo dijo la TV». Ese es el argumento que sobrevuela la conversación que se ha abierto estos días: si el mismo mecanismo que dobló millones de brazos se activa ahora con un conflicto en Europa, ¿cuántos repetirán el gesto cuando la pantalla pida carne para el frente? La discusión parte de una escena cotidiana: varias personas comentando que Putin es muy malo, que tocará ir a la guerra y que será una putada para sus hijos, pero que tendrán que ir. Quien lo cuenta lo resume con una frase que ha encendido el debate: «Estamos rodeados o bien de subnormales o de NPCs o no humanos. Lo mismo que el COVID».
El episodio, lejos de ser una anécdota aislada, ha servido para que decenas de lectores diseccionen el fenómeno con una mezcla de sorna y pesimismo. La tesis dominante es que el español medio no moverá un dedo por una guerra a 5.000 kilómetros, pero que sí aceptará el relato mientras no le toque el bolsillo ni el sofá.
Qué dice el 94% de vacunación sobre la disposición a la guerra
El argumento más repetido es que la obediencia demostrada durante la pandemia anticipa lo que vendrá. Un forero afirma que un 94% de la población se vacunó, y se hizo sin que nadie tuviera que ir a buscarla a casa. La conclusión que extraen muchos es que si la televisión dice que hay que entrar en guerra con Rusia, una parte considerable aplaudirá con las orejas.
Hay quien sostiene que la cobardía es el motor real, no la ideología. «Por la misma razón que la mayoría se tragó lo del COVID, se puso la mascarilla sin rechistar y se encerró en casa, nadie va a ir a la guerra», resume una intervención. La paradoja es que ese mismo razonamiento sirve para lo contrario: si se encerraron por miedo, también se alistarán por miedo a quedar señalados.
La discusión derivó pronto hacia el papel de los medios. «En una semana de telediarios arreglan eso», apunta un mensaje. La confianza en que el relato televisivo puede fabricar consentimiento para casi cualquier cosa es, quizá, el punto de mayor consenso de todo el intercambio.
El español no irá a la guerra: cobardía, sofá y airsoft
Frente a la tesis del borreguismo, se alza la del escaqueo. «El español es amoral y cobarde. No va a ir a una guerra. Es más, no habrá ninguna guerra», sentencia un participante. Para que fuera, añade, «la alternativa tendría que ser el fusilamiento».
La imagen del compatriota medio que dibujan varios mensajes es la de alguien más preocupado por mantener su rutina que por la geopolítica. «En España son más de airsoft —en el móvil— y dormir la siesta», ironiza uno. Otro apunta que ni siquiera se moverían del sillón para aplaudir a las ocho.
El cálculo más cínico lo aporta quien sostiene que la única leva posible sería forzosa, como en la Guerra Civil. «Voluntarios para ir a la guerra, ni uno, pero obligados como hicieron los republicanos, eso sí lo veo posible», señala. La conclusión implícita es que el sistema no necesitará convencer: bastará con obligar.
Quién iría y quién no: edad, hijos y discapacidad
La conversación también ha producido un catálogo de exenciones morales. «Tengo discapacidad, solo sería un lastre. A disfrutar», escribe alguien. Otro recuerda que «el que haya estado casado más de una vez puede alistarse tranquilo, está más que preparado para esquivar balas en primera línea».
La brecha generacional aparece con fuerza. «Los míos no se vacunaron y salieron de casa durante el confinamiento. Creo que con eso lo digo todo», presume un mensaje que se ha convertido en una declaración de intenciones. La idea de que hay una parte de la población que ya demostró su independencia durante la pandemia y que no piensa repetir el patrón es recurrente.
El tono se vuelve más ácido cuando se habla de los hijos ajenos. «A mí que vayan los hijos de otros me la suda», resume una intervención. «Cuántos más vayan mejor, más subirá la media de inteligencia en el planeta», añade otra. La mezcla de darwinismo social y humor negro define buena parte del intercambio.
La hipótesis de los nanobots y el negacionismo de ida y vuelta
En el extremo más conspirativo, alguien sostiene que «cuando necesiten carne fresca para el matadero activarán los nanobots que se inyectaron con la vacuna y los progres bebesojas se van a transformar en guerreros dispuestos a luchar por la civilización progreliberal». La afirmación no está respaldada por ninguna prueba y funciona como caricatura del propio bando.
Más interesante es la predicción sobre el lenguaje. «Los nuevos negacionistas serán los que se nieguen a ir a la guerra contra Rusia. Dirán cosas como “estamos perdiendo porque los negacionistas se niegan a ir a la guerra”», anticipa un mensaje que ha sido de los más valorados. La comparación con la pandemia es explícita: primero se estigmatizó a quien no se vacunaba, después se estigmatizará a quien no se aliste.
La parodia de los eslóganes se completa con una lista que suena a déjà vu: «Yo voy a la guerra pero si tú no vas a la guerra nos pones en riesgo a todos», «los que no van a la guerra no pueden irse de rositas», «no se está obligando a la gente a ir a la guerra, se está sancionando a quien no quiera ir». El mecanismo social, sostienen, es idéntico.
El negocio de la guerra y el reclutamiento que no llega
La dimensión económica del conflicto también asoma. «Yo no voy a ir, ni siquiera le he dado opciones. Que se jodan la corporación armamentística y la industria bancaria», escribe un participante que ve en la guerra un negocio antes que una amenaza. Otro apunta que los ejércitos occidentales «están teniendo verdaderos problemas para reclutar» y sostiene que el hombre blanco heterosexual «ha decidido que ya está bien de ser humillado» y no se alista.
La pregunta sobre quién pagaría la fiesta recorre varios mensajes. «¿Pedirán cuota e inclusión en la formación de tropas?», se pregunta alguien con retintín. La idea de que la guerra se venderá como una cuestión de derechos y diversidad, y no de defensa nacional, aparece en varias intervenciones.
El cierre más repetido es el del escaqueo universal. «No me lo creo. Y si así fuera, pues misma estrategia que con las vacunas: que se chute otro y yo ver todo arder desde mi sofá», resume una intervención. La conclusión, si es que hay alguna, es que nadie tiene intención de moverse hasta que el miedo sea más fuerte que la pereza. ¿Y si el miedo ya está en marcha?