Eric Finch
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La portavoz socialista Montse Mínguez reclamó en el Congreso "caretas fuera" contra los fondos que desahucian, y semanas después se conoce que su pareja, Sergi Vélez Viola, gestiona un holding con una treintena de pisos en alquiler de los que habría desahuciado a inquilinos. El episodio desmonta el relato con el que el PSOE convirtió el desalojo de Maricarmen Abascal en bandera electoral.
La portavoz socialista Montse Mínguez reclamó en el Congreso "caretas fuera" contra los fondos que desahucian, y semanas después se conoce que su pareja, Sergi Vélez Viola, gestiona un holding con una treintena de pisos en alquiler de los que habría desahuciado a inquilinos. El episodio desmonta el relato con el que el PSOE convirtió el desalojo de Maricarmen Abascal en bandera electoral.
El PSOE convirtió el desahucio de una anciana de renta antigua en Madrid en su bandera electoral de otoño. Maricarmen Abascal responsabilizó a Pedro Sánchez de su desalojo en una entrevista en TVE antes de morir. El Gobierno prometió viviendas que nunca llegaron y la ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez, tildó de "muy carroñera" a la empresa Urbagestión, responsable del desalojo. Semanas después, la realidad ha desteñido el relato: el supuesto buitre no anidaba en un fondo de inversión, sino en las filas del propio partido.
El 2 de octubre, durante el debate parlamentario sobre los llamados decretos Maricarmen, la portavoz de la Ejecutiva Federal y secretaria general del grupo socialista en el Congreso, Montse Mínguez, subió al atril con un mensaje contundente. "Caretas fuera", exigió. A su juicio, de lo que se trataba era de elegir entre fondos buitre o familias víctimas de la especulación. Dirigiéndose al secretario general del PP, Miguel Tellado, llegó a afirmar que "cada desahucio llevará tu nombre" por no haber salido adelante la convalidación de los decretos.
La convalidación decayó en el Pleno. El Ejecutivo intentó después recuperar la norma por la vía de la Diputación Permanente, un movimiento que, según sus críticos, le beneficiaba por el reparto de votos. Mientras tanto, la realidad se abría paso: la pareja de Mínguez, el empresario ilerdense Sergi Vélez Viola, maneja un holding con varios millones de euros en inmuebles. Entre ellos, una treintena de pisos en alquiler de los que habría desahuciado a inquilinos. Los desahucios eran malos, salvo los de casa.
El contraste no es un detalle menor. La dirigente que exigió responsabilidades a otros por los desalojos resulta que convive con un propietario que, según la información publicada, habría obtenido aprovechamientos de los cargos que ella ha desempeñado. La bandera de la vivienda, tan agitada durante semanas, se ha convertido en un problema interno para el partido que la enarboló.
El caso de Maricarmen Abascal fue el primer acto. Una anciana de renta antigua desalojada de su casa de toda la vida, convertida en símbolo de una supuesta cruzada contra los fondos buitre. El PSOE montó un melodrama con entrevista en televisión incluida. La mujer murió poco después, según se relató, por agotamiento, como un juguete roto. El desalojo llevaba el nombre de Sánchez, dijo ella.
Con ese folletín ajado, el partido ha buscado reemplazarlo por otro: las pensiones. Cada vez que un dirigente del PP se refiere a ellas, el Gobierno agita el miedo. La realidad, sin embargo, es tozuda. Cada vez que los populares han llegado al poder han tenido que hacer frente a créditos extraordinarios para pagar la primera mensualidad. Ocurrió con Aznar tras González y con Rajoy tras Zapatero, después de que este congelara las pensiones con el voto favorable de un entonces anónimo diputado Sánchez.
El hoy gobernador del Banco de España, José Luis Escrivá, llegó al cargo en 2024 después de ser ministro de la cosa. Sus informes edulcorados barren bajo la alfombra las miserias de su gestión en materia tan inflamable. El PSOE, que no ha construido una casa y ha agravado el problema de la vivienda como nunca, trata ahora de convertir las pensiones en activo electoral. Saben del agujero que arrastran.
La convocatoria anticipada de urnas para el 29-N pilló a propios y extraños. Sánchez la anunció hace once días sin reunir a su Consejo de Ministros ni desplazarse a La Zarzuela, contra todo precepto y uso democrático. Lo hizo desde la sede de la Presidencia del Gobierno, en lo que constituyó su primer mitin electoral. La Junta Electoral tendrá algo que decir.
Desde entonces no han dejado de aflorar hechos que le interpelan. La invasión de Ceuta, descrita como un acto de guerra híbrida en el que Rabat usó medios terrestres y marítimos para dar cobertura al desembarco de 80.000 hijos de Mohamed VI. La cloaca socialista que quiso liquidar, contratando para ello servicios de narcosicarios, a la juez Beatriz Biedma, instructora del sumario por el que fue condenado su hermano David Sánchez por su enchufe en la Diputación de Badajoz.
Y el apoyo descarado de Mohamed VI, que alienta a los 250.000 nacionalizados para que voten a Sánchez en términos apocalípticos: "Si Sánchez desaparece, será nuestro final". Constituyen ese fondo de reserva que no detectan las encuestas. A ellos se suman los nacionalizados de la ley de nietos, cuyo sufragio ha paralizado el Tribunal Supremo, pero cuyo fallo el Gobierno se resiste a cumplir. Son claves para elucidar el último escaño en algunas circunscripciones, como sucediera en julio de 2023 con una docena larga de diputados asignados por un margen inferior a 3.000 votos.
Sánchez no es tan idiota como para creerse las encuestas del CIS de Tezanos. No está para saber lo que opinan los españoles, sino lo que quiere que opinen. Y Tezanos se encarga de ello, regalándole los oídos a cambio de una buena soldada. Pero cuando la función comienza a salirle mal, conviene recordar el consejo que Alfredo di Stéfano le dio al portero Ochoa cuando jugaba en el Millonarios.
Le llegó un balón por alto que iba claramente fuera. En lugar de dejarlo salir, le pegó con los puños y lo introdujo en su portería. La Saeta Rubia se le acercó y le espetó: "Che, las que vayan dentro procura pararlas, pero las que vayan fuera no te las metas". A Feijóo y a los suyos les convendría seguir ese consejo. Cuando el rival está en su peor momento, el error propio puede ser más peligroso que el acierto ajeno.
El cisne negro que Sánchez creyó atrapar con el desalojo de Maricarmen resultó ser un pato patagónico. Una pisada, una cagada. Otra pisada, otra cagada. Las viviendas prometidas son casitas de papel. El supuesto buitre no era la pyme criminalizada tras el desahucio, sino que anidaba en el PSOE. La "pájara", como el mismo tildó a su ministra de Defensa, ha sido Montse Mínguez. Y la función, efectivamente, comienza a salirle mal.
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