Me nutriría si no fuera…
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El mercado de entrada a la programación se ha saturado: menos contrataciones, procesos con cientos de candidatos y una pérdida de poder negociador que golpea salarios y condiciones.
La programación ya no es el refugio laboral que fue. Quien haya terminado un ciclo de formación en desarrollo de software en los últimos años se topa con un panorama distinto: las empresas contratan menos, las ofertas se llenan en minutos y las condiciones que hacían atractivo el sector —sueldo alto, teletrabajo, trato privilegiado— se están recortando. No es una impresión suelta. Es la suma de varios frentes que convergen a la vez.
La primera pieza del engranaje es la oferta. Las compañías tecnológicas han reducido sus planes de contratación, y en algunos casos hablamos de recortar hasta tres cuartas partes de las incorporaciones previstas. Eso significa que donde antes entraban cuatro, ahora entra uno. La consecuencia inmediata es una competencia feroz por cada puesto.
El otro lado de la balanza es la demanda. Miles de personas han cursado formación en desarrollo —grados, bootcamps, ciclos de FP— y buscan su primer empleo. El resultado: ofertas que acumulan más de 100 candidaturas en cuestión de minutos. Un ejemplo que circula: refrescar una página de empleo y ver cómo aparecen 50 solicitudes nuevas en un instante. Con ese volumen, el poder de negociación del candidato se evapora.
Cuando llevas meses buscando y compites contra cientos, pedir un salario alto deja de ser una opción. La horquilla se comprime: con 2.000 euros netos se sobrevive, pero con 3.000 el ahorro real es mínimo porque el coste de vida sube a toda velocidad. La sensación de que el esfuerzo formativo no compensa se instala.
El teletrabajo, que fue bandera del sector durante la pandemia, también pierde terreno. La vuelta a la oficina no responde solo a criterios de productividad: hay quien sostiene que los jefes quieren recuperar el control presencial, la sensación de superioridad y el trato directo. Sea como fuere, el remoto se está convirtiendo en excepción y no en norma.
La irrupción de la inteligencia artificial añade una capa de incertidumbre. Ya no se trata solo de programar: cada vez más se pide supervisar lo que genera la IA, corregir sus errores y vigilar que no produzca desastres. Es un trabajo distinto, menos creativo y más de revisión, y no necesariamente mejor pagado.
Las entrevistas también se resienten. Los procesos preguntan cosas que la IA resuelve en segundos, lo que genera una sensación de absurdo. Y con cientos de candidatos, las empresas se permiten filtros más duros y pruebas más largas.
No es la primera vez que el sector se da un batacazo. En junio de 2012, las apuestas cruzadas —un método que prometía ingresos seguros— se prohibieron justo cuando parecía rentable. Algo parecido ocurre ahora: quien invirtió años en formarse ve cómo el suelo se mueve bajo sus pies. La diferencia es la escala: esta vez afecta a un mercado laboral entero, no a un nicho.
La conclusión práctica para quien esté en esa situación: diversificar habilidades, no depender de un único tipo de empleo y asumir que el mercado de entrada ya no es el de 2019. Y si hay dinero o contratos de por medio, conviene contrastar cualquier decisión con un profesional.
Me nutriría si no fuera…