Irlanda: la esclavitud blanca que el cine anglosajón evita
¿Por qué hay decenas de películas sobre la esclavitud de africanos en América y prácticamente ninguna sobre los irlandeses vendidos como mano de obra en el Caribe inglés? La pregunta, que en el cine mainstream suena a herejía, tiene una respuesta incómoda: porque el relato del siglo XX se construyó sobre una jerarquía de víctimas muy concreta. El planteamiento que abre esta discusión sostiene que el pueblo irlandés fue sometido por su vecino inglés a un régimen de servidumbre y humillación que, en brutalidad, no tiene nada que envidiar al de otros episodios más cinematográficos. Y añade un matiz que descoloca:
todos los blancos son hermanos, incluso cuando se matan entre ellos.
El asunto, sin embargo, no es solo moral. Es también de propaganda. Los carteles de la época que circulan en el material —con el irlandés dibujado como un simio borracho, el español como un fanático y el ruso como un salvaje— demuestran que los británicos fueron los amos del
marketing político mucho antes de que existiera la publicidad moderna. Reírse hoy de esos grabados es fácil. Entender que funcionaron, no tanto.
¿Por qué se odiaban ingleses e irlandeses si ambos eran católicos?
La objeción religiosa se cae sola. Antes de que Enrique VIII mandara a paseo a Roma, ingleses e irlandeses ya se zurraban con entusiasmo. El catolicismo compartido no impidió siglos de matanzas, colonizaciones y expropiaciones. La fe fue la excusa, no la causa.
Lo que sí cambió el eje fue la Reforma: a partir de ahí, el irlandés católico pasó a ser súbdito sospechoso de un reino protestante. La tierra se arrebató, los alquileres se impusieron y la hambruna de la patata de mediados del siglo XIX hizo el resto. La película
Black 47, ambientada precisamente en ese contexto, retrata un país donde el hambre no fue un accidente meteorológico, sino el resultado de una gestión política deliberada.
El IRA no era marxista: el error que repite medio mundo
Aquí conviene afinar, porque el desconocimiento es monumental. El IRA nunca fue un grupo marxista. El que sí lo era se llamaba INLA, y llegó a ponerle bombas al propio IRA. Confundirlos es como confundir a un carlista con un anarquista porque ambos llevaban boina.
El IRA se definía por dos ejes: nacionalismo irlandés y catolicismo. Nada de internacionalismo obrero. Por eso chirría tanto la comparación automática con organizaciones terroristas de izquierda. La analogía que se hace en el material —con ETA— se sostiene solo en la parte armada, no en la ideología. Y el detalle de que el IRA de los años sesenta fuera conocido despectivamente como
I Ran Away por su propia comunidad da la medida de lo que cambió el tablero.
Domingo Sangriento: el día que los paracaidistas rompieron la baraja
Antes de aquel domingo, buena parte de la población católica de Irlanda del Norte veía a los soldados británicos como una fuerza de interposición frente a los paramilitares protestantes. Esa percepción se destruyó en una tarde. Una manifestación pacífica por los derechos civiles acabó con paracaidistas disparando contra la multitud.
A partir de ahí, la espiral. Asesinatos, represalias, huelgas de hambre en las que hubo jóvenes que prefirieron morir antes que ceder. El libro
No digas nada, de Patrick Radden Keefe, reconstruye cincuenta años de ese conflicto partiendo del asesinato sin resolver de una viuda con diez hijos. Está documentado con la minuciosidad de un expediente judicial y se lee como una novela negra.
El Batallón San Patricio: irlandeses que cambiaron de bando
Uno de los episodios más curiosos que se rescatan es el del Batallón San Patricio: un contingente de desertores —alemanes, pero sobre todo irlandeses— que abandonaron el ejército estadounidense para engrosar las filas mexicanas. La razón no fue el dinero. Fue la religión: combatir junto a protestantes contra católicos les resultaba insoportable.
El detalle tiene miga porque desmonta la idea de que la solidaridad blanca funcionaba como un bloque. No funcionaba. La lealtad religiosa pesaba más que el color de la piel, y eso explica muchas cosas de la política de alianzas del siglo XIX.
Irlanda y España: el paralelismo que incomoda
El material apunta a un parecido que a muchos les resultará incómodo: España e Irlanda comparten un pasado de imperio perdido, catolicismo arraigado y una relación complicada con su vecino poderoso. Hay incluso quien menciona estudios que situarían el origen genético de parte de la población irlandesa en la península, a raíz de los naufragios de la Armada Invencible en la costa irlandesa.
La leyenda del
Black Irish —irlandeses de pelo oscuro supuestamente descendientes de aquellos náufragos— es probablemente falsa. Pero las leyendas que sobreviven tres siglos suelen decir algo sobre quienes las cuentan. No sobre los muertos, sino sobre los vivos que necesitan un espejo.
Al final, la pregunta de por qué Hollywood no ha rodado la gran superproducción sobre la servidumbre irlandesa tiene una respuesta sencilla y cínica: porque el villano sería anglosajón y protestante, y eso complica el guion. Mejor seguir con los malos de siempre, que ya tienen el papel aprendido.