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Siendo el relativismo postmoderno heredero…
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El relativismo, presente en los sofistas griegos y el pensamiento posmoderno, se mantiene en su núcleo de negar la verdad objetiva y usar el discurso como herramienta de poder, pero invierte su aplicación política.
El debate sobre la verdad y el poder tiene raíces tan antiguas como la propia civilización occidental. Si echamos la vista atrás, hasta la Grecia clásica, encontramos a los sofistas, un grupo de pensadores que revolucionaron la forma de entender el conocimiento y la argumentación. Figuras como Protágoras, con su célebre frase "el hombre es la medida de todas las cosas", o Gorgias, defendían la idea de que la verdad no es algo absoluto, sino relativo a la percepción individual o a la convención social. Para ellos, la retórica no buscaba desvelar una realidad objetiva, sino persuadir de manera efectiva. En la versión más cruda, como la expuesta por Trasímaco en la *República* de Platón, la justicia no era más que "el interés del más fuerte". El lenguaje y la argumentación se convertían así en armas en la lucha por el poder, especialmente en el contexto de la democracia ateniense.
Ese mismo núcleo relativista, esa idea de que la verdad es una construcción y que el discurso es un vehículo para ejercer influencia, resuena con fuerza en el pensamiento posmoderno. Pensadores como Michel Foucault, Jacques Derrida o Jean-François Lyotard, y sus seguidores en el ámbito académico, comparten esta visión. Para ellos, la verdad no es una entidad independiente, sino un producto del discurso, del contexto histórico-cultural y, crucialmente, de las relaciones de poder. Se cuestionan las grandes narrativas, las "metanarrativas", y se sospecha de cualquier pretensión de objetividad, argumentando que todo conocimiento está teñido de intereses. En este sentido, la obra de Friedrich Nietzsche, con su perspectivismo y su análisis de la "voluntad de poder", actúa como un puente entre estas dos épocas, sugiriendo que la diferencia no reside tanto en la forma de entender el conocimiento, sino en el bando político al que se aplican estas ideas.
La clave para entender la conexión entre los sofistas y el pensamiento posmoderno no está en una ruptura, sino en una inversión estratégica de la misma tesis relativista. Los sofistas operaban en una democracia emergente, donde el ciudadano ambicioso necesitaba dominar el arte de la persuasión para prosperar en las asambleas y los tribunales. Su discurso servía, en última instancia, para justificar y facilitar el ejercicio del poder por parte de quienes ya lo ostentaban o aspiraban a él.
El posmodernismo, sin embargo, surge tras siglos de influencia del cristianismo, que priorizó al humilde y criticó la soberbia del poder, y tras doscientos años de teoría socialista y marxista, centrada en la lucha de clases y la dicotomía opresores-oprimidos. Esta herencia histórica lleva a una inversión del signo político. Si para Trasímaco la justicia era el interés del más fuerte, el relativismo posmoderno, en cambio, desvela que las verdades supuestamente "objetivas" (la razón universal de la Ilustración, la ciencia, los derechos abstractos, la meritocracia) son, en realidad, construcciones del poder dominante. Por lo tanto, hay que deconstruirlas en nombre de los históricamente marginados, ya sea por clase, raza, género o cualquier otra forma de opresión. La "lucha contra el poder" se convierte así en el nuevo uso legítimo de las mismas herramientas retóricas que antes servían para defenderlo. El resultado es lo que algunos han denominado "justicia igual al interés del más débil".
Lo que se mantiene intacto es la continuidad metodológica: ambos enfoques reducen las pretensiones de verdad a meros efectos de poder y priorizan la eficacia del discurso sobre cualquier correspondencia con una realidad independiente. La deconstrucción, el análisis genealógico o la sospecha hacia las metanarrativas son, en esencia, versiones sofisticadas de "hacer que el argumento más débil parezca el más fuerte". La diferencia fundamental radica en la inversión del signo moral. El cristianismo y el socialismo proporcionaron el marco ético que transforma la debilidad o la opresión histórica en fuente de legitimidad moral. El relativismo, lejos de servir para que el fuerte se imponga sin escrúpulos, se utiliza ahora para que quienes se identifican con los oprimidos deslegitimen cualquier pretensión de neutralidad o universalidad de su adversario.
Esta estrategia ofrece una ventaja considerable al crítico posmoderno. Al negar la posibilidad de una verdad o justicia objetivas, se inmuniza parcialmente: cualquier objeción puede ser reinterpretada como una simple reproducción del discurso de poder. Al mismo tiempo, conserva la capacidad de emitir juicios morales contundentes (como "opresión", "injusticia" o "hegemonía") que le permiten movilizar y ejercer poder cultural e institucional. Esta asimetría es la que ha llevado a algunos críticos a señalar una inconsistencia, un "relativismo para ti, pero no para mí". En definitiva, no se trata de una mutación profunda del relativismo, sino de un cambio de bando y de la narrativa que lo legitima. Los sofistas lo emplearon para capacitar a los ambiciosos en la lucha por el poder; los posmodernos lo usan para empoderar a quienes se presentan como combatientes contra el poder establecido. El instrumento es el mismo: la negación de la verdad objetiva y la primacía del discurso. Solo cambia la lealtad declarada.
Siendo el relativismo postmoderno heredero…