Cerdas de cerdo y dentaduras: la higiene dental de los años 40
En la España de los años 40 y 50 los dientes se cepillaban, pero no con un cepillo como el de ahora. Las cerdas de nailon no llegaron a los mangos hasta 1938, y su implantación fue bastante posterior. La pregunta que sobrevuela cualquier conversación sobre la posguerra no es si existía el hábito, sino hasta qué punto salía de las casas con posibles.
¿De qué estaban hechos los cepillos de dientes antes del nailon?
La respuesta está en el propio nombre. Los filamentos de un cepillo de dientes se llaman cerdas porque durante siglos se fabricaron con pelo de cerdo, y también de jabalí. Un material duro, resistente y barato, que aguantaba el uso mucho mejor que el pelo humano, demasiado fino para rascar nada.
El nailon cambió las reglas del juego en 1938. Antes de eso, el cepillado dependía de un objeto artesanal, con mango de madera o hueso y penachos de origen animal. La fecha no es un detalle menor: sitúa el cepillo moderno prácticamente en el arranque de la posguerra española, cuando el acceso a cualquier bien importado era, como poco, complicado.
¿Por qué a los 60 años ya se llevaba dentadura postiza?
Hay quien sostiene que a los 60 años media España ya iba con prótesis en la boca. La explicación que más peso tiene no es la falta de cepillado, sino la dieta: se comía mucho menos azúcar que ahora, pero también se accedía poco a la pasta con flúor y al dentista. El resultado era una boca castigada en la que la extracción era la solución más común y más barata.
La curiosidad histórica va más allá: hay quien sitúa el primer cepillo de dientes en las manos de un emperador chino, hace casi tres mil años. La idea de frotarse los dientes, por tanto, es antiquísima; lo que faltaba era el material y el dinero para hacerlo a diario.
El azúcar, el flúor y el resto de la historia
Sobre el flúor circula un escepticismo persistente, con argumentos que sostienen que su efecto en la pasta es limitado. Conviene separar la anécdota del consenso sanitario. Lo que sí admite poca discusión es el cambio de contexto: el producto industrializado, la publicidad y el acceso generalizado a la pasta transformaron el hábito.
La predicción, con reservas, es la habitual: cada generación cree que sus costumbres son eternas. Los dientes de la posguerra demuestran lo contrario.