España y la música clásica: el talento que se perdió entre guerras y zarzuelas
¿Por qué España, con un pasado musical tan rico, no ha producido compositores de la talla de Bach, Mozart o Beethoven? La pregunta no es nueva, pero el debate sigue abierto. Mientras Alemania, Austria o Italia acumulan nombres que cualquier melómano reconoce, España se queda con un puñado de obras que apenas trascienden sus fronteras. La respuesta no es única, pero hay pistas que apuntan a una combinación de economía, historia y cultura.
El talento existió, pero se perdió
La historia musical española no está vacía. En el siglo XVIII, la corte española estaba a la altura de las europeas. Manuel Canales, violonchelista de la Capilla Real, publicó en 1774 sus Seis cuartetos de cuerda, Op. 1, convirtiéndose en el primer autor nacido en España en abordar el género. Casi al mismo tiempo que Haydn y Mozart. Pero gran parte de ese legado se perdió. El incendio del Alcázar de Madrid en 1734 destruyó numerosas partituras del barroco y el renacimiento. Y la Guerra de la Independencia, a principios del siglo XIX, remató el desastre. España entró en el siglo de la explosión de la música culta en franca desventaja.
La economía manda: guerras y falta de orquestas
Hay una tesis económica que explica buena parte del fenómeno. España dedicó su fortuna a guerras en todos los frentes, dejando poco para las artes. Formar una orquesta requiere instrumentos caros y músicos formados. ¿Quién iba a escribir para orquestas que no existían? Así que todos a la guitarra o, como mucho, al piano. La guitarra, instrumento barato y portátil, se convirtió en el vehículo natural del talento español. No es casualidad que los grandes nombres de la guitarra clásica sean españoles: Tárrega, Segovia, Yepes.
La cultura popular: zarzuela y flamenco
El teatro musical era el gran negocio de la burguesía española del siglo XIX. Si un compositor quería ganar dinero, debía componer zarzuelas u óperas, no sinfonías. Y en ese terreno, Italia mandaba de forma bestial. Rossini era la referencia absoluta. España se convirtió en una especie de provincia italiana de la ópera. Mientras tanto, el flamenco, con su raíz popular, se consolidaba como la música identitaria del país. Hay quien sostiene que la música clásica española carece de la sofisticación de la centroeuropea, pero esa es una opinión que no resiste el análisis: Beethoven era más bruto que unas bragas de esparto y nadie lo cuestiona.
Los intérpretes sí destacaron
Si los compositores no alcanzaron la fama internacional, los intérpretes sí. Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Josep Carreras, Pau Casals, Alicia de Larrocha, Andrés Segovia... La lista es larga. Directores como Ataulfo Argenta, Jesús López Cobos o Pablo Heras Casado también han llevado la batuta en las mejores orquestas del mundo. El talento español para la música existe; lo que no existió fue el ecosistema para que los compositores brillaran.
El factor comparativo: Alemania, Austria, Chequia
La comparación con otros países es inevitable. Alemania y Austria son la cuna de la música clásica. Chequia, casi un país conservatorio, con Praga como centro musical de primer orden. Se decía «co Čech, to muzikant» (cada checo, un músico). España, en cambio, miró más a América que a Europa durante siglos. La Jácara, el Fandango y la Petenera viajaron a México y se transformaron allí. La música española se fue, pero no volvió en forma de sinfonías.
Quizá la respuesta sea simple: mientras Viena construía salas de concierto, España construía catedrales y plazas de toros. Y en eso, sí que somos campeones.