Ataque israelí mata a cooperantes de la ONG de José Andrés en Gaza
¿Se puede repartir comida en una zona de guerra sin que te maten? Es la pregunta que sobrevuela cada ataque contra personal humanitario, y la que quedó sin respuesta cuando un proyectil israelí impactó de lleno en un vehículo de World Central Kitchen en el centro de Gaza. El balance inicial: al menos tres extranjeros fallecidos, según el primer recuento difundido. La organización, fundada por el cocinero español José Andrés, confirmó la pérdida de «varias hermanas y hermanos» y su fundador habló de personas «con el alma limpia» que servían comida, no armas.
El propio José Andrés firmó un mensaje en el que exigía al gobierno israelí que detenga «esta matanza indiscriminada», deje de restringir la ayuda humanitaria y deje de usar los alimentos como arma. No es un comunicado de despacho: el cocinero recordó que había servido junto a esas mismas personas en Ucrania, Turquía, Marruecos, Bahamas e Indonesia. La trayectoria de la ONG —paella en catástrofes, logística en frentes abiertos— es precisamente lo que convierte el ataque en un problema de credibilidad para quien lo ordenó.
Quiénes eran los cooperantes fallecidos
Los pasaportes son el dato que más incomoda. A medida que se conocieron las nacionalidades, el ataque dejó de ser un incidente local: Australia, Reino Unido, Polonia e Irlanda aparecieron entre los países de origen de las víctimas, hasta completar los cinco fallecidos según los recuentos que circulaban. Un vehículo humanitario con matrículas de media Europa convertido en objetivo.
Ese detalle cambia la naturaleza diplomática del asunto. No se trata de un cooperante anónimo en una guerra lejana; se trata de ciudadanos de países que sostienen relaciones con
Israel y que ahora tienen que explicar a sus votantes por qué uno de los suyos murió repartiendo comida. La pregunta que se instaló en el análisis posterior fue inevitable: ¿error de identificación o mensaje?
El argumento de que Gaza es un frente y no un destino turístico
Una parte del análisis sostiene que quien entra en una zona de guerra asume un riesgo y que ningún chaleco de ONG otorga inmunidad. Gaza es pequeña, densa y prácticamente toda ella es frente, argumentan: moverse por allí con un vehículo es exponerse. Desde esa lógica, la muerte de cooperantes sería una consecuencia trágica pero previsible del conflicto, no un caso excepcional.
Enfrente pesa un dato incómodo: el vehículo estaba señalizado y no era la primera vez que personal humanitario moría en circunstancias similares. La coordinación de rutas con las fuerzas militares existe precisamente para evitar esto, y cuando falla, la explicación del «error» empieza a sonar a fórmula repetida. Hay quien recuerda que la autoría nunca se aclara del todo en estos casos, y que nadie juega limpio en ese terreno.
El papel de José Andrés y su doble rasero
El personaje genera tanta discusión como el ataque. Hay quien le reprocha haber convertido la ayuda humanitaria en una plataforma de protagonismo, con foto y medio de comunicación en cada catástrofe, y quien recuerda que su discurso cambia según el país: exigente con unos, tibio con otros. La crítica más repetida apunta a que un cocinero no tiene por qué opinar de todos los conflictos del planeta.
La defensa es más simple: alguien tiene que llevar comida a donde no llega nadie, y hacerlo con visibilidad es la única forma de financiarlo. La brecha entre ambas lecturas no se cierra con datos, porque no hay datos: hay percepción. Y la percepción, en un ataque con cinco muertos, se inclina hacia el lado de la víctima.
Qué consecuencias tendrá el ataque
La respuesta más repetida es que ninguna. La ayuda humanitaria se retira o se reduce, las condenas se quedan en comunicados y el terreno vuelve a quedar sin reparto de comida. «Adiós ayuda, lo consiguieron», resume una corriente que ve en el ataque un objetivo cumplido: vaciar de testigos y de logística una zona sitiada.
El otro escenario apunta a un desgaste diplomático acumulativo. Cada cooperante muerto con pasaporte europeo añade presión sobre gobiernos que hasta ahora miraban hacia otro lado, y esa presión tiene coste político. No hay plazo ni garantía de que se traduzca en nada. La única certeza es la que dejó el fundador de la ONG: la paz empieza por la humanidad compartida, y de momento no ha empezado.
Lo que sí está claro es que el próximo convoy saldrá con las mismas banderas y las mismas rutas. Alguien tendrá que explicar por qué.