Aplaudieron a las 8 y ahora presumen de haberlo visto todo
¿Cuántos de los que hoy se burlan de las mascarillas estaban en el balcón a las ocho de la tarde en marzo de 2020? La pregunta no es nueva, pero vuelve con un argumento que no admite discusión: la hemeroteca. Varios mensajes sostienen que buena parte del país se tragó el relato oficial en enero y febrero de 2020 y que, con el paso de los meses, muchos de aquellos convencidos han pasado a presentarse como críticos de primera hora. El criterio que se propone no es lo que cada uno recuerda haber pensado, sino
lo que dejó escrito entonces.
La hemeroteca que no perdona
El caso que abre el asunto está fechado dos veces. Un comentario del
22 de diciembre de 2023, en el que alguien presume de haber estado en contra de todo desde el principio, choca con lo que ese mismo autor publicaba el
19 de marzo de 2020: aplausos a las ocho de la tarde y una frase sobre «la vergüenza de este país», con sanitarios «currando como bestias» y exponiéndose a un virus «cocinado» que «no se sabe por dónde escapa».
La conclusión que extraen quienes abren la revisión es dura: no hay arrepentimiento, hay reescritura. Y la reescritura, se argumenta, no responde a un cambio de convicción sino al cálculo de que
gritando ahora más fuerte que nadie nadie va a mirar atrás. El problema es que en un espacio público todo queda archivado, y eso convierte la memoria selectiva en un ejercicio de alto riesgo.
¿Por qué tanta gente creyó el relato en enero y febrero de 2020?
Porque el punto de partida era el miedo a lo desconocido y una confianza casi automática en la información oficial. Lo admiten varios mensajes sin ningún problema: «Al principio nos tragamos la historia en enero y febrero de 2020 con el tema de China y los muertos en Italia». Otros describen una prudencia razonable, la de quien espera lo peor cuando en televisión le dicen que no es nada, y que retrasa un tatuaje por si acaso.
La revisión no va contra esa gente, insiste el planteamiento inicial, sino contra quien entonces ejercía de
vigilante agresivo del relato oficial y hoy se pone la medalla de la resistencia. La diferencia entre rectificar y falsear el currículum es, precisamente, la que separa a los dos grupos.
El giro de guion de marzo de 2020
En febrero de 2020 el Consejo General de la Medicina de España emitió un comunicado que descartaba el uso de mascarillas salvo en el ámbito clínico. A partir del
15 de marzo se retractaron por completo. Ese cambio de criterio en menos de un mes está en el centro de la desconfianza: primero se ridiculizó a quien se preocupaba, después se ordenó el giro de 180 grados y el sistema entero se dedicó a asustar y coaccionar.
Hay un efecto perverso que señalan varios mensajes: los que desconfiaron al principio porque veían instituciones que no reaccionaban acabaron teniendo razón por los motivos equivocados, y los que obedecieron acabaron interiorizando un miedo del que hoy reniegan en voz alta. En las cenas familiares, cuenta un mensaje,
ahora parecen todos críticos, ya con varias dosis puestas.
Los que cambiaron de opinión y los que niegan haberla tenido
Cambiar de criterio es legítimo y así se reconoce en casi todos los mensajes: quien trabajaba haciendo transporte internacional y comprobó que ni Francia ni Alemania ni Italia vivían un confinamiento tan extremo como el español tiene derecho a decirlo. Lo mismo quien se topó con la evidencia de que había estado sin mascarilla en media Europa sin contagiarse de nada.
El reproche se dirige a otro perfil: el que fue entusiasta y agresivo, el que señalaba al vecino, y que ahora exige respeto por una trayectoria que nunca existió. Frente a eso aparecen las declaraciones rotundas —
nunca me lo creí— que la cronología de cada cual desmiente. Reconstruir la propia biografía a posteriori es gratis; que quede por escrito, no.
El precio social de decir que no
Hubo listas de vecinos que no salían a aplaudir. Hubo carteles en las puertas de personal sanitario para que no usaran el ascensor. Se gritó desde las ventanas a quien paseaba. Se justificó dejar sin acceso al supermercado a quien no se vacunase y se aplicaron multas de hasta
60.000 euros. Muchos relatan que perdieron amistades, y algún familiar, por negarse a seguir el guion.
Ese coste es el que explica el tono del ajuste de cuentas. No es nostalgia ni revanchismo abstracto: es gente que se quedó con la etiqueta pegada y ahora ve cómo quienes se la pusieron se la quitan de encima sin decir una palabra. Un mensaje resume el estado de ánimo con una comparación bélica: los que volvieron del frente y no olvidan.
El debate sobre el virus que desvía la atención
Aparece también la disputa sobre si el virus existió o fue fabricado. Conviene ser claro: las afirmaciones sobre su inexistencia o sobre un origen intencionado circulan en el intercambio
sin respaldo científico y no pasan de ser conjeturas.
La discusión más productiva es otra: si lo relevante es oponerse a las medidas restrictivas con independencia de la naturaleza del patógeno, o si analizar las causas —quién las promovió, con qué incentivos— es imprescindible para no repetir el episodio. Las dos corrientes se reprochan mutuamente ingenuidad y sectarismo, y ahí sigue el pulso.
Lo que queda por escribir
Las medidas se retiraron, la mayoría de las etiquetas se quedaron. Quien cambió de opinión con argumentos tiene poco de qué defenderse; quien cambió de versión tiene una carpeta entera de capturas esperándole cada vez que abre la boca. La hemeroteca es lo más parecido a una máquina del tiempo que tenemos gratis, y funciona siempre hacia atrás, nunca hacia delante, y casi siempre contra los demás.