Cambiar la batería al móvil de hace doce años cuesta 7,29 €
Un Nokia 3310 con más de doce años a las espaldas, la batería muerta y una idea: en vez de comprar otro smartphone, resucitarlo. La operación sale por
7,29 € —una batería original BLC-2— y unos minutos de bricolaje. El resultado, según quien lo cuenta, es un teléfono que enciende, aguanta y sigue haciendo lo que se le pide: llamar y mandar mensajes. La propuesta no ha hecho más que crecer: únete a la cruzada, viene a decir, contra el consumismo desaforado que nos arrastra «hacia una espiral de decadencia».
El punto de partida es un Sony Xperia X8 de
unos 130 euros comprado «no muy caro» que decepcionó enseguida: batería que dura poco y prestaciones que no compensan. Hasta que, haciendo limpieza, apareció el viejo Nokia 3310. El llamado móvil indestructible, capaz —con retintín— de servir de pisapapeles, martillo o contrapeso sin romperse nunca. Solo fallaba la batería. Y para eso hay repuesto.
El ahorro empieza por la batería, no por el aparato
La cuenta es simple: en lugar de renovar el terminal entero, se cambia la pieza gastada. El problema, advierten desde la experiencia, está en la tarjeta SIM: con la original de toda la vida no hay problema, pero si se ha duplicado puede dar sorpresas. Conviene mirar antes de comprar.
Detrás del episodio está el argumento de fondo: que el móvil moderno se ha convertido en una fuente de gasto sin retorno. Cargarlo a diario, atarse a una tarifa de datos. Frente a eso, los que reivindican el aparato viejo suman casos concretos: un Motorola w220 de 2008 cuya
batería aún dura de cuatro a cinco días; un Alcatel de 2004 que su dueño piensa usar hasta que se rompa; un móvil básico, 30 euros libres, sin internet y con memoria para una sola canción de llamada.
¿Por qué el smartphone no convence a una parte de los usuarios?
Porque, sostienen, no resuelve nada que no hiciera el móvil de siempre y añade servidumbres. Quien da el paso atrás lo cuenta sin nostalgia: batería que exige carga diaria, aplicaciones que se quedan cortas, pantallas que se rompen. Uno de los casos recuperó un viejo F480 tras cargarse la pantalla de su Galaxy S y asegura que vive más tranquilo, con la batería durando casi una semana y sin la avalancha de mensajes que no aportan nada.
La crítica va más allá del cacharro. Se describe el teléfono inteligente como una moda, una
pijada, comparable a comprar una lavadora con tropecientos programas cuando casi todo el mundo usa siempre el mismo. Y se avisa de un efecto secundario: la dependencia. No son pocos los que censuran a quien no aguanta diez minutos mirando a otro sin consultar la pantalla, más pendiente del aparato que del café. Otros lo comparan con la irrupción de los primeros móviles y piden paciencia: tecnología nueva que aún no hemos aprendido a usar.
La otra cara: WhatsApp, GPS y correo urgente
La defensa tiene sus datos. Con el WhatsApp se han organizado partidos de fútbol «en tiempo récord», se han sincronizado diez personas para elegir dónde comer en menos de una hora y se mantiene el contacto con amigos en el extranjero. A eso se suma la consulta del tiempo de espera de la parada, la orientación rápida en una ciudad desconocida, la lectura del correo urgente o escuchar la radio sin encender el ordenador. El equilibrio, dicen, está en el uso: atender solo lo importante y apartar el móvil cuando se está con gente.
Ahí asoma la grieta del bando del ahorro: no todo el que usa smartphone es víctima del consumo. Hay quien solo lo emplea para WhatsApp y se desespera porque la batería
se esfuma en tres días sin haberlo tocado apenas.
El móvil chino de la semana de batería y los 50 euros con WhatsApp
Entre los dos extremos surge una vía intermedia. Hay quien asegura que un modelo chino de unos
120 euros, usado solo en 2G, aguanta la batería unos diez días. Otro caso relata un terminal tipo ladrillo con una batería que duraba un mes; su dueño lo atribuye a que en determinados mercados no se puede depender tanto del enchufe. Y para quien no quiere renunciar a WhatsApp pero tampoco al teléfono duradero existe un Nokia Asha 200 con la aplicación por unos
50 €.
El resumen del bando del gasto mínimo: el aparato importa menos que el uso. Un móvil de gama básica con una tarifa barata de una operadora barata basta para quien solo quiere hablar. Quien necesita el correo encima o el GPS en el bolsillo tendrá que asumir la carga diaria. El único punto de acuerdo entre ambos bandos es el cargador: el miniusb que ya comparten varios cacharros evita tener cinco cables peleándose en un cajón.
El dato que descoloca es siempre el mismo. La batería de un smartphone recién comprado dura días; la de un Nokia con doce años, también. La diferencia, según este bando, es que la del Nokia se cambia por 7,29 €. Con esas cuentas sobre la mesa, la cruzada contra el consumismo tiene, cuando menos, un argumento incómodo de rebatir.