De 103 kilos a 73 en nueve meses sin pisar un gimnasio
Hay una cifra que descoloca a cualquiera que haya intentado adelgazar:
30 kilos en nueve meses. El punto de partida era de 103 kilos para 175 centímetros de estatura. El punto de llegada, 73,1 kilos, con una parada intermedia en 70 que un médico desaconsejó bajar más. Y todo ello, según el relato de quien lo protagoniza, sin pasar hambre, sin renunciar al alcohol y sin pisar un
gimnasio. El método, resumido en una frase: dieta y ejercicio, con las harinas fuera y un tope de 1.500 calorías diarias.
El detalle que rompe el guion habitual no es la pérdida de peso. Es la lista de efectos secundarios que nadie pone en el prospecto. La stamina, dice, se ha multiplicado por cien. El razonamiento se ha despejado —«es como si la grasa te entela el razonamiento»—. Y ha vuelto a ser visible para el sexo opuesto. Lo resume con una mezcla de humor y crudeza: está hecho un
chad excepto por los brazos, que siguen siendo, en sus palabras, de nena.
El método: 1.500 calorías, cero harinas y nada de pasar hambre
La receta que se desprende del relato no tiene nada de revolucionario. Evitar las harinas, no comer a deshoras y no superar las 1.500 calorías al día. Para los ataques de hambre entre comidas, fruta —manzanas o plátanos—, yogures griegos o desnatados con arándanos, agua e infusiones. La advertencia es tajante:
nunca pasar hambre, porque no comer no es el camino.
El matiz que separa este caso de las dietas milagro es la permisividad controlada. No hay que renunciar a nada de por vida. Se puede comer pizza, se puede beber alcohol. Lo que importa, sostiene, son las raciones y el deporte diario. Eso sí, los primeros meses exigen una dieta limpia; después, con el peso ya en descenso, se pueden introducir recompensas hipercalóricas sin que el proceso descarrile.
El ejercicio, en su caso, fue caminar. Mucho caminar. Sin gimnasio, sin pesas, sin máquinas. Ese es precisamente el punto débil que él mismo señala: los brazos se han quedado atrás. La masa muscular no se construye andando, y ahí es donde el proceso se ha quedado cojo. La prioridad ahora es otra: meter pesas y arreglar lo que la dieta sola no arregla.
¿Por qué hay quien no baja de peso aunque coma poco?
La pregunta sobrevuela toda la conversación. Hay quien sostiene que quien no adelgaza es porque no quiere o no sabe. El argumento es simple: quitando harinas y azúcar, el 70% del trabajo está hecho. Bajar 30 kilos en unos meses no es tan difícil, vienen a decir, y lo verdaderamente complicado es lo contrario: ganar 20 kilos de músculo siendo un tirillas.
Enfrente está la experiencia de quien lleva años estancado en 80 kilos sin conseguirlo. No come pan, apenas bollería un par de veces por semana, un refresco sin azúcar de vez en cuando, ayuno por las mañanas y fruta para cenar. Y nada. La explicación que se da a sí mismo apunta al sedentarismo y a la edad: acercarse a los 50 castiga el metabolismo de una forma que a los 20 no se notaba.
El factor que casi nadie menciona y que puede ser decisivo es el estrés. Controlarlo, se argumenta, ya supone una ventaja considerable a la hora de adelgazar. La comparación con animales que hibernan sin estrés sirve para ilustrar el punto: el cortisol y la ansiedad no engordan por sí solos, pero sabotean cualquier déficit calórico.
Los pliegues de piel y el rebote: las dos advertencias
Cuando alguien pierde 30 kilos, la primera pregunta que aparece es qué pasa con la piel sobrante. La respuesta del protagonista es directa: ni una estría. Y añade que las estrías son, en su opinión, una excusa barata para no moverse. La afirmación genera escepticismo inmediato entre quienes han visto casos de pérdidas rápidas y pliegues evidentes. La comparación con un perro de raza arrugada aparece en la conversación.
La segunda advertencia es el rebote. La comparación con los alcohólicos es explícita: un gordo lo es para siempre, aunque adelgace. Tocar las harinas, los refrescos o los ultraprocesados después de haber bajado es abrir la puerta a recuperarlo todo. La disciplina no termina cuando la báscula marca el objetivo.
El propio protagonista reconoce que el abdomen no está plano del todo. Quedan dos kilos por bajar, aunque el médico dice que 67 sería peligroso. Y ahí aparece la duda que muchos comparten: un hombre de 66 kilos se ve demasiado delgado, con físico de ciclista. No gusta a todo el mundo. La decisión, concluye, es de quien tiene que vivir en ese cuerpo.
El efecto psicológico que nadie te cuenta
Más allá del peso, hay un cambio que el protagonista describe como el más valioso de todos. No es físico. Es mental. Piensa más claro. La sensación, dice, es que la grasa entelaba el razonamiento. Y hay una frase que resume el conjunto:
no hay dinero en el mundo que pague esto.
La comparación con el azúcar es recurrente. El azúcar posee la mente, sostiene. No eres tú mismo, son las harinas las que te controlan. La euforia que sientes cuando estás gordo no es felicidad, es la química de la sangre engañándote. Esa es la trampa que impide reaccionar a tiempo.
La conclusión personal es amarga y liberadora a la vez: ¿en qué estaba pensando todo ese tiempo? La respuesta que da es que no estaba pensando. Estaba poseído por el azúcar. Y ahora que ha salido, no entiende cómo pudo vivir así durante tanto tiempo.
La pregunta que queda en el aire no tiene respuesta fácil: si el método es tan simple —menos calorías, menos harinas, más movimiento—, ¿por qué hay quien lleva años estancado en el mismo peso sin conseguirlo? El metabolismo, la edad, el estrés, la genética o la simple falta de constancia. Cada caso tiene su coartada. Y ninguna termina de explicar por qué unos lo logran y otros no.