La anhedonia silenciosa: cuando nada te interesa ya
¿Por qué dejamos de disfrutar de lo que antes nos apasionaba? Un hombre lo resume sin anestesia: antes madrugaba para ver la NBA, ahora ni los resúmenes de tres minutos soporta. El fútbol le parece «el béisbol de Europa», los videojuegos no le dan satisfacción y el último libro que leyó fue hace ocho años. No es depresión clínica, dice, es otra cosa: la constatación de que los pequeños mundos de cada uno no llevan a nada.
El fenómeno tiene nombre en el lenguaje coloquial:
melasudapollismo pitopausico. Y no es un caso aislado. Varios participantes confirman que les ocurre lo mismo. La conversación deriva hacia las causas: redes sociales, adrenalina fácil, la imposibilidad de convivir con el tedio.
La trampa de la adrenalina constante
Una de las explicaciones más repetidas apunta a la sobreestimulación. Las redes sociales bombardean con estímulos rápidos: vídeos cortos, validación instantánea, comparación permanente. El cerebro se acostumbra a ese ritmo y lo lento aburre. «Todo es rápido y les está quemando el cerebro sin que se den cuenta», sostiene un participante.
La receta que se cita es la ataraxia: si no esperas nada positivo, tampoco sientes el vacío. El problema, se argumenta, es que la sociedad actual no concibe el tedio como parte de la vida. Todo el mundo quiere vivir aventuras, follar mucho, ser el más guapo. Y eso es un cóctel explosivo.
El vacío que llega con los años
Otros lo atribuyen simplemente a la edad. Cuando ya se ha visto todo, menos cosas sorprenden. Un niño se asombra porque está conociendo el mundo; un adulto de 40 ya ha pasado por suficientes experiencias como para que nada le pille de nuevo. «Es refinar los gustos», dice alguien. Menos entretenimiento, pero de más calidad.
Pero hay una variante más oscura: la pérdida de interés en las personas. No es falta de empatía, aclara el autor del mensaje inicial, es ver que los pequeños mundos de cada uno no llevan a nada. La carrera de la rata. Vivir en cajas, trabajar en cajas, morir en una caja.
El aislamiento como refugio
La conversación deriva hacia el aislamiento social. Uno reconoce que se ha ido aislando, que su pareja es profundamente antisocial y que el contacto virtual sustituye al presencial. «El npcismo del resto resulta conmovedor», dice. Al final, para qué socializar.
El fenómeno tiene una dimensión generacional. Los jóvenes crecen rodeados de necesidad de aprobación online. Eso fija expectativas que en la mayoría de los casos no son realistas. Y cuando la realidad no cumple, llega la frustración.
La vejez como espejo incómodo
Un participante describe una escena: investigar un edificio curioso, descubrir que es una residencia de ancianos, entrar en su Facebook y ver fotos de los residentes en sus actividades. La depre que le entró fue monumental. «Así voy a acabar», piensa.
Otro añade un matiz incómodo: el problema de la vejez no es perder interés por los demás, sino que los demás pierden interés por ti. La amistad es una transacción. Nadie invierte tiempo en alguien que no puede devolver nada. Salvo que seas Marlon Brando.
Posibles salidas
Las propuestas son variadas. Apuntarse a boxeo. Cocinar un plato nuevo una vez por semana. Buscar proyectos a largo plazo. Hacer una lista de aficiones nuevas y probar. La más repetida: aceptar que el tedio es parte de la vida y no hay que huir de él.
«Hay un punto medio entre la anhedonia y la búsqueda constante de adrenalina», resume alguien. El problema es que vivimos en el extremo opuesto. Los chavales se crían rodeados de necesidad de casito online. Y eso lleva a fijar expectativas que en prácticamente todos los casos no son realistas.
Al final, la conclusión que sobrevuela es que perder el interés en todo es liberador. «Lo único bueno de envejecer», dice alguien. Que te la suden las cosas y ir cada vez con menos filtros. O quizá no. Quizá solo queda morir.