Grupos de autodefensa en Francia y la etiqueta de fascista
Dos relatos, una misma escena y dos adjetivos irreconciliables. En el marco de los disturbios urbanos que
sacudieron Francia, grupos que se presentan como nacionalistas salieron a la calle provistos de
bates de béisbol para enfrentarse a los alborotadores, según los mensajes difundidos en redes. Los textos que acompañaron a las imágenes no dejaban dudas sobre la polémica: para unos, eran vecinos que defendían sus barrios ante una violencia que nadie frenaba; y hay quien reprocha que a esos mismos vecinos se les cuelgue la etiqueta de fascistas. La discusión, más que sobre los hechos, gira sobre la palabra.
¿Qué ocurrió en Francia?
Los relatos que abrieron el asunto describen a grupos nacionalistas franceses tomando las calles para plantar cara a los responsables de los disturbios y proteger sus barrios. Uno de los mensajes los sitúa frente a grupos de extrema izquierda; otro afirma que se enfrentaron a los alborotadores y les propinaron una paliza con bates. Ninguno aporta un balance: ni heridos, ni detenidos, ni daños contabilizados. Lo que sí retratan es a unos vecinos que deciden no esperar a la policía.
¿Autodefensa o fascismo?
El primer eje del choque es puramente terminológico, y no es menor. La misma imagen —una calle de noche, un grupo de hombres y un objeto contundente en la mano— admite dos lecturas que no comparten ni el sujeto ni el motivo. Quien empuña el bate por miedo, dice una parte, está ejerciendo un derecho elemental; quien lo empuña por ideología, responde la otra, está protagonizando una patrulla de corte paramilitar.
En el material hay una ironía que se repite: que llamar fascista a alguien ha dejado de funcionar como insulto para convertirse casi en un cumplido. La broma tiene fondo. Cuando el término se aplica igual a un vecino que a un partido, la etiqueta pierde filo y deja de describir nada.
El doble rasero que denuncia parte del análisis
Una corriente de opinión sostiene que la vara de medir es asimétrica. El mismo gesto cambia de nombre según quién lo firme: si un vecino sale a defender su comercio, se le adjudica la etiqueta de fascista; si el disturbio lo protagoniza otro, se busca la explicación social y la coartada de la pobreza. No es una queja nueva, pero el episodio francés la ha vuelto a poner sobre la mesa con especial crudeza.
¿Protege el Estado o hay que protegerse uno mismo?
El otro filón del debate es el papel del Estado. Si la policía no llega y el Estado no cumple, la conclusión que extrae una parte es que cada cual tendrá que protegerse por su cuenta. Hay quien lo formula como una cuestión de coherencia: delegar la propia defensa en un tercero equivale a renunciar a la única libertad que se ejerce de verdad, la que uno es capaz de garantizar con sus propias manos.
Frente a eso, otra parte del hilo recuerda que un gobierno tiene que existir siempre y que su ausencia expondría al país a la invasión de sus vecinos. La discusión, en el fondo, es la vieja pregunta sobre quién tiene la última palabra cuando la seguridad falla.
El marco cultural que sobrevuela el debate
Debajo del episodio late una discusión más amplia sobre convivencia. Una parte de los mensajes lo plantea como un choque de modelos culturales que, sostienen, no encajan entre sí, y arremete contra la palabra multiculturalismo por considerarla un envoltorio de convivencia forzada. Es una tesis que se lanza sin un solo dato que la respalde, apoyada en la percepción y no en la estadística.
Otra lectura, la que el propio material pone en boca de los adversarios de quienes sostienen lo anterior, atribuye la violencia de los disturbios a agravios sociales concretos y a la falta de expectativas, no a una identidad cultural. Dos maneras de mirar la misma grieta que no comparten ni el diagnóstico ni el remedio.
La analogía romana de Aníbal y Fabio Máximo
Entre los mensajes destacados se cuela una digresión histórica que da la medida de cuánto se ha ido el foco. Se recuerda que Aníbal, tras derrotar a las legiones romanas en Trebia, Trasimeno y Cannae, encontró en el Senado una resistencia que no pasaba por dar batallas campales. Roma optó por ganar tiempo, evitar el choque frontal y desgastar al invasor mientras no supiera vencerlo en campo abierto.
El paralelismo que se insinúa es evidente: hay quien cree que enfrentarse cuerpo a cuerpo con la violencia callejera es un error táctico y que lo inteligente es aguantar.
Al final, la escena francesa deja una pregunta que ningún bando responde del todo. Cuando el Estado no llega, ¿quién debería llegar primero? La respuesta que cada cual dé decide, casi sin margen, qué palabra utiliza para describir un bate en una mano.