Francia como espejo: el malestar que desborda los comentarios
La oleada de disturbios que ha sacudido Francia ha dejado de ser una noticia para convertirse en un termómetro. Lo que se cuece en las secciones de comentarios de la prensa española a cuenta del país vecino es cada vez menos análisis y cada vez más pulsión: la discusión sobre unas calles en llamas deriva, con asombrosa rapidez, hacia el modelo migratorio, el reparto de la riqueza y la calidad de la propia democracia. El
frame es recurrente. Alguien culpa a los medios de blanquear lo que pasa, otro responde con el coste electoral, y la conversación acaba, casi siempre, comparando Francia con España.
El planteamiento que abre la discusión es simple: durante años se ha sostenido que la cobertura de los disturbios era tibia, que los periodistas rebajaban el tono. La queja sobre el tratamiento informativo se ha convertido en un género propio, y eso explica que el debate migratorio derive antes en una discusión sobre el relato. Cuando el foco de la queja es el que informa, ya no se discute el hecho: se discute quién lo cuenta.
Por qué España no vive el estallido francés
Aquí el debate se vuelve geográfico. Un argumento recurrente sostiene que la diferencia no es de virtud ni de carácter nacional, sino de
economía y distancia. España sería menos atractiva para la
inmigración masiva que Francia, y su principal corredor migratorio, el latinoamericano, está a un océano de distancia y comparte idioma. Frente a esa tesis, otra corriente insiste en que la clave es de
capital y de políticas económicas: la falta de inversión y un marco fiscal empobrecedor explicarían el malestar mejor que el origen de quien llega.
Hay quien añade una lectura histórica: la influencia española se proyectó sobre América y no sobre África, lo que habría dejado a España al margen de los flujos que hoy tensionan al país vecino. Es una hipótesis, no un dato. El mismo debate se enreda cuando alguien recuerda que España también tuvo presencia colonial en África —Guinea Ecuatorial— y cuando la comparación con Haití, donde la huella francesa no dejó el mismo legado religioso, acaba sirviendo a ambos bandos a la vez.
Genética o cultura: la explicación sin respaldo
En el tramo más caliente, parte de los intervinientes recurre a factores genéticos para explicar la criminalidad y el atraso. Es una hipótesis sin respaldo científico y conviene decirlo sin ambages: la inteligencia y la conducta no se explican por razas, y las diferencias de resultados entre países responden a instituciones, renta y contexto histórico. La evidencia disponible no avala las tesis biologicistas que circulan en este tipo de discusiones, por mucho que se presenten como obviedades.
Quienes defienden la lectura cultural sostienen, en cambio, que el problema es de valores, educación y religión, y citan la Sudáfrica del
apartheid como un experimento involuntario. La discusión se cruza, además, con los años de expansión bajo los tecnócratas, entre 1957 y 1973, que se presentan como prueba de que el crecimiento depende de políticas y no de identidades. Las dos lecturas conviven en el mismo párrafo y, a menudo, se contradicen en el mismo párrafo.
Cuánto cuesta una campaña electoral
Cuando el debate se cansa de la calle, salta a las urnas, y ahí aparecen las cifras comparables. Un interviniente sostiene que en Estados Unidos los comicios costaron
16.000 millones de dólares, el doble que en 2016, y que solo el Senado en Georgia, con once millones de habitantes, se llevó 260 millones. En España, la cifra que se maneja es de
140 millones de euros. La comparación sirve para una tesis: el dineral que mueve el sistema estadounidense entrega el control a quien pueda pagarlo, y el votante de a pie queda fuera de la ecuación.
La contraparte no lo ve tan claro. Se argumenta que el dinero no lo es todo: de cada diez candidatos que financiaron sus propias campañas con fondos propios, nueve perdieron en 2008, según el cómputo que se cita en el hilo. La financiación es condición necesaria, discuten, pero no suficiente; hace falta, sobre todo, respaldo mediático y una estructura capaz de captar fondos. Sobre el papel, el sistema español sale más barato.
Sufragio indirecto: qué separa a EE.UU. de España
La comparación institucional tiene un dato técnico que a menudo se pasa por alto: en Estados Unidos el presidente se elige por sufragio indirecto, a través de compromisarios, mientras que en España el único sufragio indirecto que existe es el de las diputaciones. De ahí sale una defensa del modelo estadounidense: todo está más expuesto, dicen, y un liderazgo fuerte acaba arrastrando al partido en lugar de ser fabricado por él.
El punto débil del argumento es el mismo que su virtud: la exposición y el coste. Nadie discute que un líder carismático pueda surgir por abajo; lo que se discute es la factura de ese proceso y quién la paga.
Con estos mimbres, lo previsible es que el foco migratorio siga dando titulares mientras Francia no se estabilice, y que la discusión derive una y otra vez hacia el sistema electoral y el gasto público. Que la conversación se mantenga en el terreno de los datos o se despeñe hacia las teorías raciales depende menos del tema que del tono con el que se abra. Y ese tono, hoy, no invita al optimismo.