Chatarra, finta y plan: el glosario de las excusas prorrusas
Cada vez que una columna rusa abandona un carro de combate en el barro, pierde un buque o se retira de una ciudad, aparece la misma explicación: no es un fracaso, es parte del plan. La invasión de Ucrania ha dejado una cosecha continua de material destruido, capturado o dejado atrás sin un solo disparo, y con ella un vocabulario propio para justificarlo. El repertorio se organiza en cuatro pilares —la chatarra, la finta, el plan y la propaganda— y un quinto término que los funde: la
fintarra.
«Eso es chatarra»: el material viejo que se deseaba perder
El primer argumento es contable. Todo lo que Rusia pierde sería material antiguo, previsto para su retirada, de modo que los ucranianos, al capturarlo, le hacen un favor a Moscú. El razonamiento se estira hasta el buque
Moskva, construido en los años 80, cuya pérdida se atribuyó a una tormenta. La categoría no distingue entre una unidad de museo y un buque con tecnología defensiva: si se hunde, entra en el lote.
La variante más elaborada sostiene que todo ese material incorpora dispositivos para identificar a quien lo captura. Es decir, trampas. Y la más literaria promete que, cuando se agote la chatarra, llegará por fin el armamento moderno. De momento, ese relevo no ha dado señales de vida.
La «finta»: la retirada que en realidad es una jugada maestra
Cuando las tropas rusas son expulsadas de un territorio importante —Kiev, Chernihiv, el norte del país—, la explicación es que se marchan por su propio pie. Y es rigurosamente cierto: se van. La duda es si se van porque quieren o porque no les queda otra. En esta lectura, la retirada se convierte en una maniobra psicológica que deja atrás unidades con años de entrenamiento, vehículos y armas, todo al servicio de confundir al adversario.
El asalto con paracaidistas sobre la capital y los helicópteros de asalto sobre edificios gubernamentales habría sido, según esta corriente, una
finta hiperrealista. La vergüenza de reconocer una retirada ante un ejército considerado inferior explicaría el resto del cuadro.
«El plan»: el argumento que no admite refutación
Cualquier contratiempo —pérdida de territorio, de material, de oficiales de alto rango— encaja en un plan inescrutable cuya visión de conjunto solo posee la cúpula rusa. El observador, como mero cordero, se detiene en el árbol y no percibe el bosque. El problema de un argumento así es que no se puede rebatir: la derrota confirma el plan tanto como la victoria. Sin criterio de falsación, absolutamente todo encaja.
«Fintarra»: el tanque de 1.000 euros contra el misil de 200.000
La fusión de los dos primeros conceptos produce el término más llamativo. Rusia enviaría chatarra para que Ucrania gaste en ella sus misiles contracarro: según un cálculo que circula en el hilo, un blindado ruso valdría entre
500 y 1.000 euros, frente a los
200.000 de un proyectil guiado. La conclusión que circula es que cada tanque destruido es una operación redonda para Moscú. La aritmética olvida que el vehículo, aunque viejo, transporta tripulación, y que el misil se dispara una sola vez contra un objetivo que, si acierta, deja de estar operativo.
Propaganda y bulo: la salida más frecuente
La respuesta más común ante cualquier mala noticia es que se trata de propaganda o de un montaje. Una estimación recogida en el hilo sitúa esa salida en torno al
70% de las réplicas. La lógica no consiste en verificar el dato, sino en descartar por sistema todo lo que no encaje con la idea de que la operación va según lo previsto.
Las bajas y el recurso a la historia
Para justificar las pérdidas humanas, el argumento recurre al pasado: la Rusia actual sería equiparable al Ejército Rojo o incluso al Imperio ruso, y asfixiar al adversario con las propias bajas formaría parte de la estrategia. Hay quien añade que los soldados caídos son tropa de baja calidad y que las unidades buenas aguardan su momento. En paralelo circula otra comparación: el país más extenso del mundo, con recursos naturales prácticamente infinitos y presencia en dos continentes, tiene un producto interior bruto comparable al de
España.
Del «ni nos va ni nos viene» al «llevamos desde 2014»
El argumentario también tiene su parte identitaria. La misma corriente que justifica invasiones y desplazamientos forzosos sostiene que el conflicto ni va ni viene a quien lo observa desde fuera. A la vez, se reprocha al crítico que hasta hace unos meses no supiera situar Ucrania en el mapa, mientras se reivindica un seguimiento del asunto desde 2014. Las dos afirmaciones conviven sin la menor incomodidad.
A esto se suman episodios menores que engordan el repertorio: la llegada de un buque a Polonia se celebró como prueba de que el presidente ruso no había mordido el anzuelo, y una conmemoración de la victoria soviética se presentó como algo ajeno a cualquier etiqueta ideológica. Cada pieza refuerza a la anterior. Y así, cualquier dato incómodo acaba teniendo acomodo.
El glosario, eso sí, no incluye todavía una entrada para el día en que el material moderno llegue de verdad. Ni para el momento, si llega, en que alguien reconozca sin adornos que una retirada es una retirada.