Geoingeniería sobre la península: el cielo que ya no cuadra
El cielo de la península ibérica ya no se parece al de antes. Al menos, no para quien lo mira a diario. Un seguimiento meteorológico que se prolonga durante varios días sostiene que sobre España confluyen dos chorros de humedad de circulación antihoraria —uno gestado al este del Caribe, otro entre Groenlandia e Islandia— que descargan sobre el noroeste mientras una gran zona de circulación horaria, limitada al norte por las Azores y al este por Canarias, ejerce de barrera. La descripción atmosférica es minuciosa. La interpretación que se hace de ella, bastante menos.
Todo arranca con imágenes de satélite y de radar. Por un lado, una formación nubosa de diámetro reducido y muy cargada de humedad, que se recarga por el sur y lanza un chorro directo hacia la península. Por otro, una segunda formación de tamaño mediano, menos compacta pero igualmente definida, que dirige su propio chorro. Los dos llegan a confluir sobre el territorio, aunque el punto de encuentro se desplaza hacia el este mientras el chorro occidental sigue castigando
Galicia. Allí llovió durante todo el día.
Hasta ahí, meteorología de manual: dos ríos atmosféricos y un anticiclón de bloqueo. El salto de categoría viene después. Ese mismo patrón se lee como prueba de una supuesta
geoingeniería dirigida contra España, y el argumento se apoya en tres patas: las estelas que dejan los aviones, las patentes de aditivos para combustible y la sequía que asfixia Cataluña.
¿Por qué se habla de geoingeniería y no solo de lluvia?
El paso de la observación a la sospecha se juega en las estelas. Se describe un avión cruzando de lado a lado el cielo sobre Las Palmas, en un ángulo que no corresponde a ninguna ruta comercial habitual, y la impresión de que episodios así se repiten con más frecuencia que antes. La correlación que se sugiere es simple:
cada vez que salen, no falla, la temperatura no baja de los 30 grados al día siguiente. Otro testimonio asegura que esas estelas solo se forman por encima de masas nubosas y nunca por debajo, y que tras su paso el cielo se despeja y el termómetro sube varios grados de golpe.
Enfrente está la explicación convencional, y es bastante menos cinematográfica. Las estelas persistentes dependen de la humedad relativa y de la temperatura en altura, no de ningún aditivo, y el tráfico aéreo genera a diario miles de ellas. Que una aplicación de seguimiento de vuelos no muestre una aeronave tampoco equivale a un vuelo clandestino: los datos abiertos tienen cobertura incompleta. Aun así, la queja de fondo tiene un punto incómodo. La previsión que llega vía
AEMET y los mapas de televisión apenas dedican espacio a explicar qué se está viendo exactamente ahí arriba.
Las patentes de aditivos para modificar el clima
El pilar documental de la tesis son dos patentes estadounidenses, la
US3630950A y la
USRE29142E, registradas como composición de combustible para generar aerosoles destinados al control y la modificación del clima. Una de ellas describe un sólido higroscópico —capaz de absorber la humedad del aire— que no participa en la combustión y que puede incorporarse en una proporción de hasta el
40%, produciendo un humo de aerosol finamente dispersado. A la lista se suma un artículo sobre óxido de grafeno en combustibles de aviación.
El dato es real y está a un clic. La inferencia es lo que falla. Que exista una patente demuestra que alguien imaginó el procedimiento y pagó por protegerlo, no que una flota lo ejecute a escala continental. Es una distinción básica que la discusión cruza una y otra vez sin detenerse, y que separa un registro de propiedad intelectual de una operación en curso.
¿Qué tiene que ver la sequía de Cataluña con las estelas?
Cataluña entra en la ecuación por la vía de las restricciones. En el área metropolitana de Barcelona se vienen aplicando medidas de ahorro de agua —lo que se ha dado en llamar restricciones— y la sanción a quien no cumpla queda en manos de los ayuntamientos. Ya se ha bajado la presión del agua en algunos puntos.
Cataluña despierta, resume uno de los mensajes.
La coincidencia temporal entre los episodios de estelas persistentes y la falta de lluvias es lo que alimenta la hipótesis. No hay, en todo el material revisado, una sola medición instrumental que la sostenga: ni series de precipitación comparadas, ni análisis químicos del aire, ni registros de vuelo confrontados. Correlación y causalidad vuelven a confundirse, y esta vez con el grifo de por medio.
Tráfico aéreo en máximos y vuelos demasiado baratos
El contexto aeronáutico añade munición. Se apunta que el tráfico aéreo sobre Europa está en máximos históricos, que los vuelos siguen siendo demasiado baratos y que eso anima a viajar más que nunca, en contradicción con los objetivos declarados de reducción de emisiones. De ahí salta la sospecha de que al queroseno se le añada algo más que queroseno, y de ahí a dos estudios que relacionan la ceniza de carbón aerosolizada con el cáncer de pulmón y con enfermedades neurodegenerativas.
Son documentos citados, no conclusiones aplicables a este caso concreto, y conviven con un hecho incómodo para ambas trincheras: la sequía y las restricciones de agua tienen explicaciones climáticas sobradamente documentadas, sin necesidad de recurrir a ningún aditivo. Nadie ha presentado todavía análisis de combustible, filtros de aire o medidas espectrométricas que sostengan lo contrario.
Con los días de observación acumulados y ninguna serie instrumental publicada, lo probable es que el asunto siga donde está: más estelas, más capturas de satélite y ninguna prueba concluyente en ninguna de las dos direcciones. La meteorología seguirá explicando los chorros y la sequía con modelos que casi nadie discute. Y el cielo, mientras tanto, seguirá pareciéndose cada vez menos al de la infancia de quien lo mira.