Frank Cuesta, el azote que incomoda al poder
Hay un detalle que suele pasar desapercibido: el tipo que más caña reparte al Gobierno no vive en España. Frank Cuesta, extenista y estrella televisiva reconvertida en azote de la clase política, lleva años instalado en
Tailandia. Esa distancia geográfica, lejos de restarle mérito, es la que le permite soltar sin filtros lo que muchos callan por miedo al teléfono de Hacienda. En un país donde el silencio se compra con subvenciones y publicidad institucional, alguien que no depende del presupuesto público se convierte en una anomalía incómoda.
La discusión que se ha desatado en torno a su figura no va de tenis ni de documentales de animales. Va de si se puede criticar al rey de España desde la comodidad de un país asiático, de si un exvotante socialista tiene derecho a arrepentirse en voz alta y de si los insultos en redes son el único argumento disponible. Lo que empezó como un intercambio de descalificaciones ha derivado en un ajuste de cuentas más amplio: el papel de los medios, la polarización y la sospechosa facilidad con que se censura a quien incomoda.
El precio de hablar claro desde el extranjero
El primer reproche que recibe Cuesta es geográfico. Se le acusa de criticar España desde la seguridad de vivir a miles de kilómetros, sin exponerse a las consecuencias. El argumento tiene su lógica aparente: quien no vive el día a día del país no debería opinar sobre él. Pero el propio Cuesta lo desmonta con un dato que muchos ignoran: la mayoría de sus seguidores en redes sociales están en España, y su medio de vida depende de ellos. Cada vez que arremete contra el Gobierno, el feminismo o el lobby LGTBI, se juega su sustento.
No es una postura gratuita. Ha sido tenista profesional, ha montado una escuela de tenis, ha producido documentales de fauna con audiencias que superan a las del mítico Félix Rodríguez de la Fuente. Su independencia económica no viene de una subvención, sino de un público que le sigue precisamente por decir lo que otros no dicen. Esa es la diferencia entre un opinador subvencionado y alguien que se la juega.
La censura que no se ve: vídeos que duran media hora
Hay un detalle que descoloca a quienes defienden a ultranza el relato oficial: los vídeos de Cuesta desaparecen. No por decisión propia, sino porque las plataformas los retiran. Uno de los episodios más comentados es el de un directo en el que arremetió contra el ministro del Interior, al que deseó un castigo eterno en términos escatológicos, contra la ministra de Igualdad y contra la portavoz del Gobierno. El vídeo no duró ni media hora antes de ser baneado.
La pregunta que surge es incómoda: ¿por qué se censura a un crítico y no a otros? La respuesta que se da en ciertos círculos es que Cuesta ha tocado fibras sensibles. Ha criticado a los que se declaran trans sin renunciar a su apariencia masculina, ha llamado gorda a una ministra y cornuda a otra. No son formas elegantes, pero tampoco son delitos. Y sin embargo, el contenido desaparece.
El rey, el Gobierno y la doble vara de medir
El argumento más repetido contra Cuesta es que no critica al rey de Tailandia. Es una falacia por analogía: Tailandia tiene una de las leyes de lesa majestad más duras del mundo, con penas de cárcel efectivas por insultar a la monarquía. España no. La comparación, por tanto, no se sostiene. Lo que sí se sostiene es que Cuesta critica al rey de España y al Gobierno de turno, y que lo hace desde un país donde no puede ser extraditado por opinar.
Esa impunidad legal es la que muchos envidian. En España, criticar al poder tiene un coste: inspecciones, presiones, campañas de descrédito. Cuesta no paga ese precio. Y eso, más que sus formas, es lo que irrita.
La polarización como excusa para no escuchar
Uno de los fenómenos más llamativos de esta discusión es la rapidez con que se descalifica al mensajero para no entrar al mensaje. Quien critica a Cuesta por sus formas suele ser el mismo que aplaude a otros con formas igual de gruesas cuando defienden lo que le gusta. La polarización ha convertido la política en un partido de fútbol donde solo importa el color de la camiseta.
Cuesta ha votado al PSOE en el pasado, según reconocen algunos de sus críticos. Eso le convierte en un traidor para unos y en un converso para otros. Pero lo relevante no es su historial electoral, sino que ahora dice lo que muchos piensan y no se atreven a decir. Y eso, en un país donde el silencio se compra con subvenciones, es un lujo que pocos se pueden permitir.
El negocio de la indignación selectiva
Hay un negocio montado sobre la indignación. Los medios viven de ella, las plataformas la amplifican y los políticos la utilizan para movilizar a sus bases. Cuesta ha entrado en ese juego, pero desde fuera. No tiene partido, no tiene subvención, no tiene publicidad institucional. Solo tiene su audiencia.
Eso le hace peligroso. Porque no se le puede presionar con una inspección, ni con un contrato público, ni con una campaña de descrédito coordinada. Su única vulnerabilidad es la censura de las plataformas, y esa ya la está sufriendo. Cada vídeo que desaparece es una prueba de que algo está cambiando en el ecosistema digital.
¿Qué queda cuando se apaga el micrófono?
La pregunta no es si Cuesta tiene razón en todo lo que dice. La pregunta es qué pasa cuando alguien que no depende del sistema decide hablar. La respuesta es incómoda: se le intenta silenciar. No con argumentos, sino con baneos, con descalificaciones y con el viejo truco de desviar la atención hacia sus formas.
Mientras tanto, el país sigue igual. Los mismos problemas, los mismos políticos, las mismas promesas incumplidas. Y un tipo en Tailandia que, desde la distancia, dice en voz alta lo que muchos callan por miedo. ¿Es eso valentía o es simple inconsciencia? Depende de a quién se le pregunte.