Pistorius lo repite: Europa debe prepararse para la guerra
El ministro de
Defensa alemán, Pistorius, lo ha vuelto a decir. La actualización lleva fecha del
19 de diciembre de 2023 y el mensaje es el mismo: Europa debe prepararse para una guerra antes de 2030. Sin dato nuevo, sin informe detrás, solo insistencia. Y cuando un responsable de Defensa pone año al conflicto, la conversación deja de ser militar y se convierte en contable.
El aviso se difundió a través de un reportaje de euronews y ha vuelto a rebotar después en otros medios sin más novedad que el eco. Ahí está la clave: el mensaje se repite hasta formar parte del paisaje.
Preparaos, viene a decir, mientras el interés público se enreda en cualquier otra cosa.
Qué significa «prepararse para la guerra»
En la práctica significa aprobar presupuestos. Más dinero público —que no es de nadie, como gusta subrayar al escepticismo de trinchera— para fabricar y comprar armamento destinado a un conflicto hipotético. El razonamiento se repite: si la guerra no llega, el gasto habrá sido disuasión; si llega, nunca habrá sido suficiente. En los dos escenarios, alguien cobra.
La sospecha de fondo no apunta tanto al ejército como a la gestión. Hay quien sostiene que una parte de esos fondos acaba en cuentas privadas en Suiza, Luxemburgo o Panamá. No hay prueba alguna de eso y aquí no se da por bueno, pero mide el clima: el mismo que hace que la palabra rearme suene a negocio antes que a defensa. Junto a ese aviso hay quien recuerda que otro anuncio solemne de las autoridades alemanas se quedó en nada a la semana siguiente. Los pronósticos caducan; el gasto que generan, no.
¿De dónde sale el 2% del presupuesto para defensa?
El
2% del presupuesto para defensa es la cifra que sobrevuela todos los análisis, y arrastra dos preguntas. La primera, si basta con dedicar ese porcentaje a defensa o haría falta además el servicio militar obligatorio. La segunda, si el dinero acaba en munición o se desvía por caminos menos castrenses.
Frente a la vía presupuestaria asoma la alternativa del servicio militar obligatorio. No son excluyentes, y la combinación —más dinero y más reclutas— es la hipótesis que más se repite, aunque nadie la haya anunciado oficialmente. Lo llamativo es que casi nadie discute si la guerra es probable: se discute la factura.
¿Quién iría a esa guerra?
La pregunta incómoda no es contable, es demográfica. Una parte del análisis dibuja, con humor negro, la lista de los que no podrían alistarse: el que no puede salir de casa, el que arrastra un procedimiento judicial, el que nunca llegó a nacer. El retrato acaba pareciéndose demasiado a la población real. Otras voces van más lejos y sostienen que, llegado el caso, buena parte de la gente no cogería el fusil.
Ahí está el problema que ningún discurso resuelve. Una sociedad que envejece y que, según se repite cada vez que se habla de pensiones, necesita trabajadores de fuera para sostener el sistema, no tiene un ejército esperando en la puerta.
Prepararse suena bien hasta que hay que poner nombres.
De vender gas a vender armas: el interés que se señala
Un argumento se repite en todos los análisis: el plan para Europa no sería la defensa, sino la venta. Primero el gas, después el armamento y, por último, una Europa que se defienda sola de los conflictos que otros generan. La lectura tiene una pata comercial evidente: si el suministro energético ruso se corta, alguien tiene que ocupar ese hueco.
Y un detalle cotidiano que refuerza el recelo, según se sostiene en el hilo: quien compra por internet a Estados Unidos o Reino Unido se topa con
aranceles de aduana españoles, mientras que con China solo se paga IVA. El mismo Estado que llama a rearmarse cobra peaje distinto según el proveedor.
Queda sin respuesta de quién es la guerra. Se repite que los rusos no han hecho nada a Europa y que solo querían vender petróleo y gas a precios interesantes; también se repite que los chinos quedan lejos. Sin enemigo claro sobre el mapa, el rearme se sostiene sobre una fecha.
El aviso que ya se dio en 2019 y no se cumplió
Conviene recordar el precedente. Años atrás circulaban afirmaciones según las cuales Rusia iba a arrasar objetivos estratégicos estadounidenses con misiles nucleares. No ocurrió nada de eso. Una lectura recurrente sostiene que los responsables políticos se turnan en lanzar advertencias apocalípticas para mantener entretenida a la población: primero un anuncio solemne que queda en nada, después una guerra que quizá nunca llegue.
Otra parte del análisis se toma el aviso en serio y defiende que ya existe una
guerra de baja intensidad, sin declaración formal pero con efectos económicos. Bajo ese prisma, la palabra guerra no describe un escenario futuro: describe el presente.
El precedente histórico que se cita
En el trasfondo hay una discusión sobre quién es el enemigo. Se recuerda que Europa ha intentado invadir Rusia en varias ocasiones a lo largo de la historia, y se sostiene que el adversario real no está al este, sino entre los mismos que piden rearmarse y luego venden el armamento. Otros análisis rechazan ese marco y señalan a Rusia como la potencia que mantiene conflictos abiertos y financia a terceros.
Lo único en lo que coinciden casi todos es en la factura. Nadie le pone precio al rearme, y esa ausencia resulta más informativa que cualquier discurso.
La factura empieza antes que la guerra
Entre quienes ven un negocio, quienes ven una amenaza real y quienes directamente no piensan ir, la única cifra que nadie discute es el 2%. Nadie pregunta si el conflicto llegará antes o después de 2030. Se da por hecho que hay que empezar a pagar ya, y que quien paga no será el que lo anunció.