Francia sube el Vigipirate al nivel de emergencia por atentado
El Consejo de Defensa y Seguridad Nacional reunido en el Elíseo decidió elevar el plan Vigipirate a su nivel más alto, «emergencia por atentado», tras la reivindicación del ataque de Moscú por parte del Estado Islámico. La decisión llega acompañada de una alerta de seguridad de la embajada de Estados Unidos en Francia para sus ciudadanos, y de un aviso equivalente que Washington ya había lanzado para Rusia semanas antes. El nivel 5 sobre 5 implica, según la propia clasificación oficial, medidas «altamente perjudiciales a la sociedad civil». El detonante es un atentado ocurrido en otro país.
Qué significa el nivel máximo del Vigipirate
El sistema francés de alerta antiterrorista se graduó históricamente en cuatro niveles, con un quinto reservado a escenarios extremos. El nivel 4 contempla medidas contra un riesgo probable de dos o más actividades terroristas, con protección reforzada de instituciones públicas y despliegue de medios de rescate, autorizando restricciones cuando la alteración económica y social sea significativa. El nivel 5 notifica un riesgo de ataques mayores, simultáneos o con medios no convencionales y capacidad de causar gran devastación.
La diferencia entre ambos no es retórica. En el escalón superior se preparan medios de rescate y respuesta al enemigo, y las medidas adoptadas pueden afectar de lleno a la vida cotidiana. El gobierno francés ha optado por el techo del sistema, y lo ha hecho vinculándolo explícitamente a la reivindicación yihadista del ataque de Moscú y a las amenazas que, según su lectura, pesan sobre el país.
La amenaza «proxy» y el regreso de los comandos armados
El ministro del Interior, Gérald Darmanin, ha sido informado por la DGSI, que según las informaciones publicadas intentará convencerle de que abandone la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos tal como estaba registrada. La recomendación recogida en esas filtraciones es pasar a un «plan B», ante una amenaza descrita como muy elevada de retorno de comandos armados y terrorismo masivo.
En paralelo, el propio Darmanin ha puesto sobre la mesa una categoría nueva: la amenaza «proxy». En su descripción, una organización terrorista podría pagar a delincuentes de alto nivel o a miembros del crimen organizado para golpear Francia. Es decir, el terrorismo subcontratado: no fanáticos de largo recorrido, sino mano de obra violenta alquilada. El relato encaja con la lectura que circula sobre el ataque de Moscú, donde los detenidos habrían declarado haber recibido unos 5.000 euros por un mes de entrenamiento y matar gente.
Sicarios circunstanciales, los llama una parte del análisis. Mercenarios, en el lenguaje corriente. La etiqueta de terrorista islamista quedaría, en esa lectura, para quien diseña y paga, no para quien aprieta el gatillo por un fajo.
El calendario incómodo: los Juegos Olímpicos
La subida de nivel no ocurre en el vacío. Francia organiza los Juegos Olímpicos en unos tres meses y la ceremonia de apertura es el acto más expuesto del calendario. La coincidencia entre el estado de alerta máxima y el evento deportivo ha disparado las suspicacias sobre el uso político del riesgo.
Hay quien sostiene que el gobierno aprovecha un atentado ajeno para justificar medidas que de otro modo serían difíciles de vender. En contra pesa un argumento difícil de rebatir: la amenaza es real y las autoridades llevan meses recibiendo informes en ese sentido. La duda no es si existe riesgo, sino cuánto de la respuesta obedece a seguridad y cuánto a gestión de imagen.
A esto se suma un detalle que ha pasado casi desapercibido: el Ayuntamiento de Orléans ha denunciado que cada tres semanas llegan autobuses enteros de personas sin hogar enviadas «a escondidas» desde la capital para limpiar las calles de miseria antes de los Juegos. Operaciones similares se han señalado también en Rennes. La alerta antiterrorista y la operación estética comparten calendario.
El doble rasero que nadie discute en voz alta
La secuencia tiene una simetría incómoda. Rusia eleva el tono tras un atentado en su territorio y se le acusa de instrumentalizarlo. Francia eleva el suyo al máximo tras un atentado en territorio ruso. El paralelismo no se le escapa a nadie que mire los dos casos con la misma vara.
El canciller del Exchequer británico, Jeremy Hunt, ha advertido a su vez de que el Reino Unido debe «absolutamente» preocuparse por la amenaza del Estado Islámico tras el ataque de Moscú. La alerta, por tanto, no es solo francesa: es un movimiento coordinado del bloque occidental que convierte un atentado en Rusia en argumento de política interior en media Europa.
Macron, por su parte, ha afirmado que los islamistas que golpearon Rusia habían intentado atacar Francia. La frase cierra el círculo: el atentado de Moscú se convierte en el justificante de todo lo que venga después en París.
El efecto paradójico sobre la amenaza
La lógica elemental sugiere que una célula durmiente que ve cómo el país objetivo sube al máximo su alerta hace lo contrario de atacar: espera. El ruido, la vigilancia y el despliegue obligan a retrasar cualquier operación hasta que el ambiente se enfríe. Bajo ese razonamiento, el nivel máximo podría correlacionar con menos atentados, no con más.
El problema es que el modelo ha cambiado. Si la mano de obra se alquila por miles de euros y no responde a una estructura de mando con paciencia estratégica, el cálculo se rompe. Un subcontratado no espera a que baje la alerta: cobra por ejecutar. Y ahí el nivel 5 no disuade, solo encarece el precio del sicario.
Queda la pregunta que ninguna rueda de prensa responde: si el atentado de Moscú justifica la alerta máxima en París, ¿qué justificará la próxima? Y si la respuesta es siempre la misma, ¿para qué sirve el nivel?