Threads, la película que reabre el miedo a una guerra nuclear
Una producción de la BBC sobre un ataque nuclear total vuelve a circular como advertencia y la respuesta más inmediata es una paradoja: llevamos décadas oyendo que el fin llega y el mundo sigue con las terrazas llenas. La cinta, un documental dramatizado que reconstruye el antes y el después del impacto, funciona como puerta de entrada a un análisis con tres patas: qué haría de verdad la radiación, cuánto hay de propaganda en el miedo y si la clase media occidental fue un producto de la Guerra Fría o una anomalía con fecha de caducidad.
La recomendación de partida es directa: verla para entender las consecuencias, porque el resultado de un intercambio nuclear se resume en
muerte, destrucción y hambruna. El aviso va dedicado, sobre todo, a quien se imagina que basta con esconderse en el sótano una semana. Y hay un detalle práctico: la película está completa en plataformas abiertas de vídeo, y quien la ve por primera vez después de años con la asignatura pendiente describe el mismo desasosiego que provocó en su emisión original.
¿Por qué una bomba de hidrógeno no genera el fallout que se imagina?
El matiz técnico más repetido apunta a lo que realmente mata. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki se basaban en la fisión, dividir núcleos pesados en otros más pequeños. Las de hidrógeno, las que llegaron después, usan una bomba de fisión como espoleta, pero con menos material radiactivo que la lanzada en Japón, de modo que la contaminación atmosférica en plan
Chernóbil no es el escenario central que dibuja el imaginario. Quien lo explica avisa de que es químico, no especialista nuclear.
Lo que sí cambia el resultado es la altura de detonación. Si el artefacto estalla demasiado cerca del suelo, convierte la propia tierra en material radiactivo que se eleva y se dispersa a gran altura. En una explosión atmosférica, lo primero que llega son los rayos X —absorbidos por el aire, no viajan lejos—, que sobrecalientan la zona en una bola de plasma; de ahí sale después la emisión térmica. Y la escala asusta igual: según el cálculo que se maneja, la bomba Tsar llegó a
tres transiciones de fisión y fusión, y a nivel teórico se ha hablado de siete.
¿Sirve el miedo nuclear para estimular el consumo?
Aquí el análisis se parte. Hay quien sostiene que el pánico no fue solo un subproducto de la Guerra Fría, sino un estímulo económico: la banca estadounidense sabía que cuando los grandes medios abrían con una posible guerra nuclear la gente gastaba más, tiraba de tarjeta y ahorraba menos. La idea de que mañana podías desaparecer aceleraba el consumo. La afirmación se lanza sin documentación que la acompañe, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis sin respaldo.
En la misma línea se recuerda que en los años ochenta había que justificar el gasto de la Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan, presentada como escudo antimisiles y descrita por sus críticos como un camelo para inflar el presupuesto de Defensa. El paralelismo que se extrae es incómodo: cada ciclo de tensión necesita su relato, y el relato necesita su factura.
¿Fue la clase media un producto de la Guerra Fría?
Dos relatos chocan de frente. Uno defiende que la clase media fue una anomalía histórica, montada por los gobiernos occidentales para exhibir que su sistema era mejor que el del bloque soviético y atraer a la gente al lado capitalista. Muerta la Unión Soviética, sostiene este relato, toca volver al punto de partida: una vuelta al modelo anterior, esta vez digital y con escaneo de iris incluido.
El contraargumento es que la URSS desapareció hace más de
30 años y desde entonces millones de personas han salido de la miseria para incorporarse a la clase media. El retroceso español no vendría de ahí, sino de la expansión del Estado, del endeudamiento, del keynesianismo y de la decadencia que arrastra todo eso. Aparece una tercera vía: China sería hoy un país capitalista más liberal que Occidente, con el detalle de que se puede montar una empresa sin socio local mediante una figura societaria llamada WFOE.
De Threads a WaterWorld: los apocalipsis que no llegaron
El catálogo de títulos que se maneja es amplio:
When the Wind Blows,
The Day After —versión americana del mismo aviso—,
Miracle Mile,
Barefoot Gen y
Testament, esta última descrita como una versión descafeinada que deja a la imaginación lo que la otra pone en pantalla.
The Road retrata un invierno nuclear que también podría desencadenar un supervolcán, y hay quien la considera la aproximación más realista: sin mutantes ni persecuciones por el páramo, solo seres humanos comiéndose unos a otros hasta que no queda nadie.
Frente a eso, el inventario de predicciones incumplidas. Se anunciaba un año 2000 con estaciones lunares, coches voladores, androides y ni una gota de petróleo. No hubo nada de eso; la ciencia, se ironiza, se ha dedicado a hacer mejores vacunas y mejores bombas. La réplica llega desde la propia geología: vivimos en una era de glaciación, pero esas cosas se miden en millones de años, no en telediarios.
Con el miedo funcionando a la vez como argumento, como negocio y como justificación presupuestaria, y con las profecías apocalípticas acumulando décadas de retraso, la pregunta que queda es a quién le renta que la siguiente advertencia nos la creamos.