El radar EVA-12 y la carretera del Puerto de Lunada
Un Audi A3 con neumáticos «lisos», nieve en la calzada y una vía señalada en rojo por la DGT. Esa combinación, y no otra, es la que explica por qué cuatro jóvenes madrileños acabaron despeñados por la ladera del Puerto de Lunada, en la vertiente cántabra de Espinosa de los Monteros. La discusión posterior ha derivado hacia un detalle que casi nadie tenía claro: el edificio que domina la cresta no es un radar de la OTAN, sino el
EVA-12, un escuadrón de vigilancia aérea del Ejército del Aire situado a
1.619 metros de altitud, 300 por encima del puerto.
La foto que originó todo —tomada desde una casa cercana con un móvil y zoom digital— sirvió para situar el escenario. Pero el zoom de un teléfono no da para más, y la conversación pronto se partió en dos: los que discutían sobre el edificio y los que discutían sobre las ruedas.
Qué es el EVA-12 del Picón del Fraile
El Escuadrón de Vigilancia Aérea 12 opera desde la base del Ejército del Aire en el Picón del Fraile desde
1997. Es la mayor altura de la zona cantábrica burgalesa tras el Castro Valnera, con
1.718 metros, y desde ahí se encarga de labores de vigilancia y control del espacio aéreo. No es una instalación abandonada: hay quien apunta que hace un par de años se añadió un radar modernizado, y quien recuerda que subir por la carretera que lleva hasta la base no es precisamente un paseo.
La confusión con un radar de la OTAN es comprensible. La instalación forma parte de la red de radares y comunicaciones repartida por la geografía nacional, y su silueta sobre la cresta, visible desde buena parte de Cantabria, invita a la especulación. Pero el dato es otro:
EVA-12, Picón del Fraile, 1.619 metros.
La carretera del Puerto de Lunada: 1.600 metros y sin quitamiedos
Lunada es un puerto de montaña que separa la vertiente cántabra de la burgalesa. Se sube desde Espinosa de los Monteros o desde los valles pasiegos, y en invierno aparece sistemáticamente en los avisos de carreteras cerradas por nieve. Hay quien lo compara con los descensos del Tour de Francia en los que se producen caídas: curvas cerradas, pendiente, socavones y tramos sin arcén.
El debate sobre el estado de la vía tiene su propia historia. Una parte sostiene que la carretera está mejor que hace treinta años, sin agujeros y con asfalto en condiciones. Otra recuerda que no hay quitamiedos en varios tramos y que la señalización avisa del entorno natural, no del mal estado del firme. La discrepancia no se ha resuelto.
Ruedas lisas, nieve y una ITV que no cuadra
El vehículo siniestrado era un
Audi A3 de unos ocho años con neumáticos «lisos», según las informaciones publicadas. Esa mañana la vía estuvo señalada en rojo en el mapa de la Dirección General de Tráfico, lo que implica circular con cadenas o neumáticos de invierno. El segundo coche de la expedición llegó a su destino.
Ahí está el nudo del asunto. Si las ruedas estaban lisas, ¿cómo pasó la ITV? La pregunta sobrevuela la conversación sin respuesta clara. Y sobre ella se monta la acusación más dura: que la negligencia del conductor provocó la muerte de sus acompañantes. Frente a eso, otra corriente defiende que fue un accidente, que la moralina posterior no supera las ganas de vivir y que el segundo vehículo, sin ruedas lisas, sí completó el trayecto.
El relato de la imprudencia y el relato del accidente
Hay dos formas de contar lo mismo. Una pone el foco en la decisión: ir a la montaña con nieve, de noche, sin cadenas y con neumáticos gastados, siendo de Madrid y sin necesidad. La otra pone el foco en la fatalidad: son accidentes que ocurren cada 25 años, la juventud es atrevida y el moralismo a posteriori no explica nada.
Lo que ambas comparten es el escenario. Un puerto de 1.600 metros, una noche de invierno, una ladera pronunciada y un coche que se desliza sin poder frenar. El resto son interpretaciones.
Qué se sabe del estado del asunto
A la fecha de esta discusión no se conocen los detalles exactos de lo ocurrido. Se sabe del Audi, de los neumáticos lisos, del aviso rojo de la DGT y de que el segundo coche llegó. Poco más. La investigación sigue su curso y las conclusiones no están cerradas.
Queda la pregunta incómoda: si la carretera lleva así todo el invierno y las condiciones se repiten cada temporada, ¿cuántos avisos más hacen falta antes de que alguien decida si el problema es el conductor, la vía o los dos?