El ninot de Sánchez que las Fallas no quemaron
La escena se repite cada mes de marzo en Valencia: un muñeco con la cara del presidente del Gobierno pasea entre la multitud fallera y la multitud responde. Este año la respuesta ha sido la que cabía esperar en un país donde el barómetro emocional va por barrios. El ninot no es una encuesta, pero se le parece: la calle habla cuando la urna calla. Y lo que dice la calle, según los testimonios recogidos, no es precisamente un aplauso.
El asunto no es nuevo. Hay quien recuerda que ya el año pasado el recibimiento no fue cálido, y que la novedad no está en el descontento sino en su intensidad. La pregunta que sobrevuela el asunto es la de siempre: ¿esto es una anécdota festiva o un termómetro político? La respuesta depende de a quién se le pregunte, y en eso consiste el juego.
El ninot como termómetro de la calle
La tradición fallera convierte a los políticos en material inflamable una vez al año. No es crueldad: es catarsis. El ninot es el único sondeo que no necesita cocina estadística, porque se quema o no se quema, y ese veredicto es binario. En el caso que nos ocupa, el veredicto ha sido el de una parte de la multitud que no ha tenido problema en expresar su descontento a viva voz.
Hay quien sostiene que el ninot refleja la idiosincrasia de un país más dado a la picaresca que a la épica, y que esa representación es tan antigua como el Lazarillo. Otros defienden que la fiesta muestra lo mejor y lo peor de un pueblo, y que quedarse solo con lo peor es una elección ideológica, no un diagnóstico. El desacuerdo no es sobre el ninot: es sobre qué España retrata.
¿Por qué el recibimiento se ha vuelto hostil?
La hostilidad no nace del muñeco, nace del contexto. En el material consultado se cruzan dos explicaciones que no se anulan. La primera es la del desgaste: un año es mucho en política, y lo que antes se toleraba con una sonrisa ahora se recibe con un gesto torcido. La segunda es la del clima general, donde cada acto público se convierte en un plebiscito improvisado.
Lo llamativo es que el reproche no se dirige solo al presidente. También aparecen referencias a otros nombres del tablero político, lo que sugiere que el fenómeno no es personal sino estructural: la clase política en bloque ha dejado de ser sujeto de simpatía para convertirse en sujeto de caricatura. El ninot es la prueba material de esa conversión.
La trinchera digital y la trinchera fallera
La conversación se ha trasladado del casal a la red, y en la red el matiz es lo primero que se pierde. Unos ven una movilización espontánea; otros, una operación coordinada desde cuentas afines. La sospecha de manipulación recorre ambos lados, y ninguno aporta pruebas concluyentes. Es el signo de los tiempos: hasta el cabreo necesita verificación.
Mientras tanto, la fiesta sigue su curso. Las fallas se plantan, se critican y se queman, y al día siguiente nadie recuerda el nombre del muñeco. Lo que queda es la fotografía, que es lo que realmente viaja. Y la fotografía, en este caso, no favorece al retratado.
Lo que dicen los datos (y lo que no)
No hay encuesta que valga aquí. El material disponible no ofrece cifras de asistencia, ni porcentajes de aprobación, ni comparativas cuantitativas entre años. Lo único verificable es la existencia del ninot, la reacción recogida y la fecha en que se produce. Todo lo demás es interpretación, y conviene decirlo antes de que alguien lo convierta en titular.
La tentación de extrapolar es enorme. Un ninot abucheado no equivale a una derrota electoral, igual que un ninot aplaudido no garantiza una victoria. La política española lleva años demostrando que la fiesta y la urna son primas lejanas. Pero la fiesta, a diferencia de la urna, no miente sobre el ambiente.
El ninot arderá o no arderá, y esa decisión será la única que cuente. Todo lo demás, incluido este análisis, es humo.