Cachopo: el plato estrella asturiano que muchos consideran una estafa
Cachopo. La palabra ya salpica grasa. Lo que arrancó como una comida retransmitida desde La Madreña, un restaurante de Madrid, acabó convertido en un pleito abierto sobre qué es la cocina asturiana y quién tiene derecho a venderla. Sobre la mesa, un filete de ternera empanado y relleno. Alrededor, dos bandos que no se tocan: quienes lo llaman obra maestra y quienes lo despachan como un
invento con jamón y queso dentro.
En su versión clásica, el cachopo es carne rebozada —harina, huevo y pan rallado— con jamón y queso en el interior. El comensal que defendía la ración madrileña describió un interior equilibrado:
queso en buena proporción con la carne, que abunda, y un empanado graso pero sin exceso. La crítica llegó con la guarnición: las patatas se recalentaron en el microondas. Ahí se rompió el consenso.
El origen aristocrático que casi nadie recuerda
Frente a la idea de que se trata de un reclamo moderno, una parte del análisis sostiene que su origen es aristocrático. Según esta versión, era comida de ricos en la alta sociedad asturiana de los
siglos XVIII, XIX y principios del XX, y después casi desapareció, quedando solo en la memoria de algunas abuelas. De ahí lo habría rescatado un hostelero avispado, añadiéndole el márketing que lo ha convertido en el plato más famoso de la región junto a la fabada.
No todo el mundo compra ese relato. Para otro sector, el cachopo es sencillamente un invento reciente sobreexplotado, y el hecho de que se haya convertido en la seña de identidad gastronómica asturiana incomoda incluso dentro de la propia comunidad. Hay quien le tiene manía precisamente por eso: porque desplaza a preparaciones con más tradición y menos fotogenia.
¿Por qué el cachopo divide tanto?
La acusación más repetida es la de
estafa gastronómica. El razonamiento es simple: un filete empanado con jamón y queso, ingredientes buenos por separado, se convierte en algo grasiento cuando se mezclan. Hay quien lo describe como la forma más estúpida y difícil de estropear unos buenos filetes de ternera, un buen jamón y un buen queso.
La defensa no es menos tajante. El secreto, se argumenta, está en la calidad del empanado y del relleno, y en la creatividad acumulada en los últimos años: existirían auténticas obras de arte dentro de un cachopo, desde la cecina con queso de cabra hasta combinaciones que sus propios defensores admiten no probar. Con buenos productos el plato cambia por completo; con producto barato, es exactamente lo que sus críticos dicen que es.
Del san jacobo al flamenquín: el mismo invento con tres nombres
La pregunta que sobrevuela toda la discusión es si el cachopo tiene algo propio. Las comparaciones se acumulan: es lo mismo que el
san jacobo de siempre, o que el flamenquín cordobés pero sin enrollar, o que el filete ruso empanado y relleno al que le cambiaron el nombre por márketing. La conclusión de este bando es incómoda para la leyenda: no hay misterio, solo rebozado.
El paralelismo internacional tampoco ayuda a la causa identitaria. Se apunta que un cachopo puede replicarse en Alemania con carne de cerdo, queso y jamón ahumado y venderse como especialidad, porque el parecido con los múltiples
schnitzel que abundan por allí es notable. La diferencia entre un plato regional con siglos de historia y una ración de taberna estaría, en el mejor de los casos, en el nombre del cartel.
¿Se puede hacer un cachopo bueno en casa?
La respuesta técnica es que sí: es un filete empanado, y si hay carne, pan rallado y queso, no hay excusa. Se apunta incluso la posibilidad de montar una cadena entera con la idea, porque el plato se presta al negocio. El problema, admiten hasta quienes animan a intentarlo, es la cocina: no todo el mundo tiene tiempo ni mano.
La anécdota la pone quien recuerda a un padre que no había cocinado en su vida hasta la jubilación. Vivía de latas y embutido. Al dejar de trabajar se puso a ello y terminó haciendo platos muy decentes, aunque con un método peculiar: se colocaba trapos hasta el hombro y manejaba una horquilla de madera muy larga para cocinar a metro y medio de la sartén. Sabía manejar explosivos y productos químicos peligrosos, pero el aceite y las cazuelas le imponían. Con tiempo, el cachopo sale.
La receta perfecta y la guarnición que falla
Entre los defensores del plato hay quien ha fijado su versión ideal con detalles concretos: tamaño de una mano, relleno de
boletus edulis, una pizca de queso de cabra y cecina de vaca poco curada, rebozado casero y frito en aceite limpio, guarnición de patatas y salsa de Cabrales, con pan de espelta y un ribera cosechero. Es una declaración de intenciones más que una receta, y explica por qué el cachopo cutre indigna a quien aprecia el bueno.
El problema de fondo es económico. El cachopo es abundante, se comparte y sale barato: con hambre, es una apuesta segura, y eso pesa más que cualquier discusión sobre su pedigrí. En la misma mesa donde unos celebran el invento, otros piden fabada, cabrales con sidra, cebollas rellenas y mucho pan. La cocina asturiana de siempre, vienen a decir, llena la tripa sin necesidad de rebozado.
Queda la duda que nadie resuelve: si un filete empanado con jamón y queso es alta cocina o una trampa para turistas, ¿por qué sigue llenando mesas mientras la fabada espera su turno?