Ribadesella, Cudillero, Gascona: la cuenta que indigna en Asturias
Dos personas. Un pulpo a la brasa de los que se despachan en dos bocados, un cachopo para compartir y dos tintos de verano. Sin postre, sin café. La cuenta, en un restaurante frente a la lonja y el puerto pesquero de Ribadesella:
63 euros. El cliente que lo contó asegura que se quedó blanco, y a partir de ahí trazó un mapa que se repite: Cudillero, Lastres, la calle Gascona de Oviedo. En todos esos puntos, dice, el precio se ha disparado.
La duda que deja es sencilla: ¿queda algún sitio en Asturias donde comer aceptable sin que la cuenta duela? La propia tierra responde con una mezcla incómoda de conformidad y matices. Porque casi nadie niega el diagnóstico. Lo que se discute es el asombro.
¿Cuánto cuesta comer en primera línea de costa?
Ribadesella, Cudillero, Lastres. Los tres aparecen en la misma lista. La explicación que se da desde dentro de la región tiene poco de misterio: en el oriente asturiano, entre julio y septiembre, el visitante es
una cartera con patas para buena parte de la hostelería. Y quien se sienta en la calle principal frente a la lonja no debería esperar, se argumenta, que el pescado recién bajado del barco llegue a precio de lonja más un margen amable.
El matiz temporal importa. Muchos negocios hacen casi toda la caja del año en dos meses, de modo que el resto del calendario no compensa. La prueba que se pone sobre la mesa es
Llanes en noviembre: entre semana apenas queda algo abierto para cenar, y lo que resiste vive de lo que sobró por la mañana.
De ahí sale el primer desacuerdo de fondo. Para unos, pagar caro en el pueblo más cotizado de la costa, en plena temporada alta, es el precio de un lujo que el cliente decide pagar o no. Para otros es, literalmente, una trampa para turistas.
Gascona y el entrecot de 26 euros
Oviedo merece capítulo aparte. La calle Gascona, epicentro sidrero de la ciudad, concentra la queja: precios prohibitivos y, en el caso de las cadenas más conocidas, la sensación de que la comida ya no está a la altura. El dato que se cita es un
entrecot normalito a 26 euros, tanto en tamaño como en ejecución, en una sidrería de mucho nombre.
El contraste lo aporta la memoria. Existieron casas de comidas con menú de tres platos y postre a
800 pesetas, después cinco euros con la llegada de la moneda única. Ese formato, la minuta de toda la vida, se fue apagando: primero cerraron los chigres, luego las cocinas caseras. Una parte del análisis lo atribuye a la masificación; otra, a las jubilaciones sin relevo.
El argumento del coste: nóminas, obra y temporada corta
Frente al relato del atraco puro hay una defensa explícita del precio nuevo. Regularizar la plantilla, sacar a la abuela de la cocina y poner una cocinera asegurada, acometer obra para tener aseos accesibles: todo eso cuesta dinero. Antes se pagaba poco por la materia prima y se explotaba al empleado, sostiene esta corriente. Ahora se paga lo correcto y el precio sube.
En el mismo paquete entra la inflación general. El encarecimiento no es un fenómeno asturiano: hasta en pueblos remotos de cualquier provincia los precios han subido. Y se añade un argumento incómodo para el comensal español: aquí las raciones son demasiado grandes, mientras que en Francia son demasiado pequeñas.
La tesis contraria: raciones menguantes y cursos de por correspondencia
Del otro lado, el diagnóstico es menos amable. Se habla de locales de nueva apertura regentados por cocineros improvisados que se creen un genio por haber hecho un curso, con precios abusivos y raciones raquíticas. El cierre de los bares de siempre por jubilación deja hueco a ese relevo, y el resultado es un negocio que sube el precio y baja la calidad para lucrarse rápido.
Una etiqueta circula para nombrar el fenómeno: la
madrileñización de la restauración asturiana. Raciones que menguan, precios que trepan y una carta pensada para el visitante que graba vídeos, no para el vecino que come allí todos los días.
¿Dónde se sigue comiendo bien y barato en Asturias?
Sí, existen contraejemplos. En Vegadeo, un menú de
13 euros con pote asturiano, lomo de cerdo con patatas y postre, y escalopines al Cabrales con tres filetes por
15 euros fuera de menú. También se citan menús del día de
14 euros con ensalada mixta y bacalao con patatas panadera. La pauta se repite: el precio sube cuanto más cerca del puerto, la playa o la plaza mayor, y baja en cuanto uno se mueve al barrio o al interior.
Para quien no quiera ni mirar la carta queda la opción de siempre: bares de barrio, comida de casa o directamente Galicia y Cantabria. Y para los más frugales, silla plegable, camping gas y sartén de hierro. El desglose completo de lo que cada cual paga por lo mismo da para una tabla que sorprende.
Con estos mimbres, la foto queda así: la misma comunidad que sirve un menú completo con postre por 13 euros cobra 63 por dos platos y dos bebidas en otra de sus esquinas. La distancia que separa ambos precios no es geográfica. Es de temporada, de primera línea y de carta.