Gaza: 500 muertos en un hospital y dos versiones que no encajan
Una explosión, medio millar de muertos y dos explicaciones que no pueden ser ciertas a la vez. El bombardeo de un hospital en Gaza dejó como principal prueba un vídeo con lo que una parte describe como el
sonido característico de un misil israelí, mientras la versión contraria hablaba de un cohete palestino que se desvió de su ruta. Nadie ha cerrado el caso. El ganador provisional de la discusión fue la confusión.
En cuestión de horas, la Casa Blanca y el gobierno israelí pusieron en circulación la hipótesis del lanzamiento fallido. Es el guion de toda guerra: el primer relato que se instala marca el terreno, aunque el segundo llegue con más datos. La pregunta que sobrevoló el asunto no fue solo quién disparó, sino a quién le convenía cada versión. Y en ese pulso, quien amplifica una tesis sin verificarla hace el trabajo sucio.
¿Qué se sabe del proyectil y de la autoría del ataque?
El punto central es la trazabilidad de un solo proyectil. Los vídeos difundidos muestran una explosión con un estampido que, para unos, encaja con munición de precisión; para otros, con el cohete de fabricación casera que suelen lanzar las milicias. Sin inspección independiente del cráter, la discusión se queda en la comparación de audios y en la credibilidad que cada cual concede a la fuente.
Aquí el trabajo periodístico se vuelve incómodo. Verificar un sonido a distancia es casi imposible, y la primera versión publicada condiciona todo lo que viene después. Los medios que se apresuraron a repartir culpas acabaron corrigiendo sobre la marcha, un ejercicio que rara vez recupera la credibilidad perdida.
De la retirada de 2005 a las urnas de 2006
El desacuerdo no arranca con esta explosión. En el fondo del asunto se recuerda que
Israel ya ocupaba los territorios en 2005 y decidió salirse de allí. Al año siguiente, la población de Gaza votó a Hamás, un movimiento que, según el relato dominante sobre su carta fundacional, no reconoce a Israel, rechaza negociar y aspira a un Estado regido por la sharía.
Desde 2006 no se han vuelto a celebrar elecciones en la franja.
De ahí sale el argumento más repetido contra la población civil: si votaron a quien gobierna, cargan con las consecuencias. La objeción se plantea al otro lado: en un territorio sin comicios desde hace casi dos décadas, la responsabilidad de un vecino de a pie sobre la estrategia de sus gobernantes es, cuanto menos, discutible.
Gaza en cifras: 5.000 habitantes por kilómetro cuadrado
Los números ayudan a dimensionar el escenario.
Dos millones de personas en una superficie que, según el cálculo que se maneja, apenas alcanza los 32 kilómetros cuadrados, lo que arroja una
densidad de 5.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Según se sostiene, la ayuda humanitaria entraba por Egipto a razón de
cien camiones diarios. Y, según la contabilidad que circula,
cada gazatí habría recibido más de 7.000 euros en asistencia.
Esa última cifra se usa para dos cosas opuestas. Unos la esgrimen para exigir cuentas sobre el destino del dinero; otros, para discutir la imagen de Gaza como prisión al aire libre. Ninguna lectura cierra por sí sola la discusión.
¿Genocidio o guerra? El choque con la ONU
Según se afirma en el debate, la ONU sostuvo que Israel se estaba pasando de la raya con las matanzas de civiles, muchos de ellos niños, y el exministro Javier Solana se habría pronunciado en la misma dirección. La delegación israelí respondió acusando al organismo de justificar a los terroristas. Con ese intercambio, el marco del debate quedó partido en dos trincheras que apenas se hablan.
Una parte sostiene que esto es un
genocidio sin justificación destinado a ocupar el territorio. Enfrente se responde que se trata de una guerra desatada tras un ataque que dejó
más de mil muertos en Israel, que los combatientes se esconden entre la población civil y que, si se avisa antes de bombardear, quien no se marcha asume el riesgo. La discusión, en el fondo, no es sobre los hechos, sino sobre qué víctima merece más atención.
El coste de una guerra que se libra en los medios
Quien paga también aparece en el relato. Se sostiene que
Irán ha enviado 9,3 millones de euros a Hamás y que Israel vive, en buena parte, del respaldo financiero de Estados Unidos. Ese cóctel —financiación ajena, propaganda y guerra a distancia— convierte cada bombardeo en un episodio de una pelea mayor: la de quién controla lo que creemos que pasó.
Y mientras, la factura la pagan los de siempre. Las guerras modernas se libran con artillería y con titulares, con imágenes térmicas y con vídeos de móvil que cada bando interpreta a su favor. Nunca hay que dar explicaciones a quien está debajo de la bomba.
Con dos versiones oficiales en pie, un vídeo que cada parte lee como quiere y medio millar de muertos sin autor claro, la explosión del hospital sigue abierta. ¿Cuántas de las certezas que damos por buenas en un conflicto aguantarían que las contara la parte que perdió la narrativa?