Alvise propone trabajos forzados y el coste por preso entra en campaña
La propuesta de imponer trabajos forzados a los condenados, atribuida al eurodiputado Alvise Pérez, ha abierto una grieta en el análisis económico de la política penitenciaria. El detonante no es tanto la medida en sí como la factura: cada recluso cuesta al erario público una media que se sitúa en el entorno de los 22.000 euros anuales, según el cálculo que maneja una parte del análisis. Con ese punto de partida, el consenso se rompe entre quienes exigen que el preso pague con trabajo los daños causados y quienes advierten de que la medida exigiría reformar la Constitución.
El coste medio por interno se convierte en el argumento estrella de los partidarios de endurecer las penas. La cifra, repetida en distintos tramos de la conversación, sirve para exigir que el condenado compense con trabajo los gastos de alimentación, asistencia médica, educación y mantenimiento de instalaciones. Una corriente del análisis va más allá y reclama que las indemnizaciones por los delitos dejen de recaer sobre los ciudadanos honrados cuando el condenado se declara insolvente.
¿Por qué se discute el coste de mantener a un preso?
La respuesta corta es que el gasto penitenciario se percibe como una carga sin retorno.
La crítica más repetida apunta a que el preso vive con tres comidas diarias y comodidades sin importar la duración de la condena, mientras el trabajador honrado sostiene la factura. El argumento económico se mezcla con el moral: quien roba una moto y la destroza, sostiene una parte del análisis, debe devolver el valor o picar piedra los años que haga falta. No es reinserción, es resarcimiento.
Frente a esa tesis, otra corriente advierte de que
cualquier persona honrada puede ser engañada hoy por cualquier gilipollez inventada por los de siempre, en palabras que resumen el temor a que la medida se aplique con criterios políticos. La desconfianza hacia la justicia impide que una parte del análisis respalde trabajos forzados mientras no exista igualdad ante la ley ni presunción de inocencia real. El argumento no es blando con el delito, es duro con el legislador.
La Constitución como muro y el coste como palanca
El obstáculo jurídico es explícito:
implantar trabajos forzados exigiría modificar la Constitución, y desde el Parlamento Europeo poco se puede hacer para forzarlo. Quienes defienden la medida reconocen el ingenio y la buena voluntad de la propuesta, pero dudan de su viabilidad. La modificación constitucional se ha hecho en otras ocasiones en un periquete, recuerda otra corriente, así que el muro no es tan alto si existe voluntad política.
El debate deriva entonces hacia el modelo de prisión. Una parte reclama grandes cárceles armadas hasta los dientes, sin piscinas ni televisiones, donde la cárcel dé miedo y funcione como la mejor política de reinserción social. Otra parte propone lo contrario: un terreno amurallado con tres ciudades dentro y que el condenado haga su vida en otro lugar, sin que el Estado asuma su manutención. Entre ambos extremos, la propuesta de trabajos forzados aparece como un punto medio que no satisface a nadie.
Trabajos forzados: ¿castigo o resarcimiento a la víctima?
La finalidad de la pena es el eje del desacuerdo.
Para una corriente, el fin prioritario debe ser resarcir a la víctima: si te roban la moto y la destrozan, quieres tu moto o el dinero para comprarla, y si para ello el culpable tiene que picar piedra varios años, es su problema. La reinserción queda en segundo plano. Para otra corriente, el trabajo debe ser un premio para quien lo merezca y aburrirse debe formar parte de la condena. La prisión como castigo, no como taller.
Hay quien propone que el trabajo penitenciario se oriente a la sociedad y no a empresas privadas: limpiar montes, mantener carreteras y obra pública. La crítica al modelo actual apunta a que los internos ya trabajan fuera de la cárcel y que las bajas por depresión funcionan como un cheque. La discusión se enreda cuando se pregunta quién define qué es delito: si decirle guapa a una mujer por la calle o defenderse de un agresor entran en el mismo saco, la herramienta se vuelve peligrosa.
El gasto penitenciario, partida a partida
El desglose del coste por interno es el recurso más repetido.
La cifra de 22.000 euros anuales se queda corta para una parte del análisis, que suma alimentación, asistencia médica gratuita, educación, mantenimiento de instalaciones y gastos de personal. La propuesta alternativa pasa por recortar el gasto anual por condenado hasta los 300 euros, una cifra que no se desarrolla pero que marca el tono del malestar. El cálculo completo, partida a partida, da una diferencia que sorprende.
La discusión deriva hacia la política migratoria en varios tramos, con propuestas de expulsión para quienes no coticen y críticas a la reunificación familiar. También aparece la comparación con otros países y la sospecha de que el sistema actual desincentiva el trabajo. El hilo se cierra sin acuerdo: la propuesta de trabajos forzados funciona como catalizador de un malestar más amplio sobre justicia, gasto público y quién paga los platos rotos.