El Área 51 español: los candidatos que nunca se han probado
Un supuesto estudio para un servicio de inteligencia sirvió de excusa para soltar la pregunta: ¿dónde está el Área 51 español? La respuesta llegó variada y sin un solo papel. España no tiene un desierto de Nevada, pero le sobran candidatos: una finca en Ciudad Real a la que se entraba con los ojos vendados, los túneles del metro de Madrid, el búnker bajo La Moncloa o una base en el Pirineo. Todo con más leyenda que expediente.
La broma de partida —un encargo ultrasecreto que nadie puede verificar— marca el tono de lo que viene después. Aquí no se aportan documentos: se aportan vecinos que han visto «cositas», familiares que limpian ministerios y camiones en los que, según se cuenta, se traslada a trabajadores. El mapa mental que dibuja el asunto tiene su gracia y, sobre todo, sus pistas.
La Marañosa, el candidato que más se repite
Hay un sitio que sale el primero en casi todas las quinielas:
La Marañosa, en el sureste de Madrid. Quien lo señala asegura vivir al lado y haber visto «cositas» que no detalla. No hay fotos, ni fechas, ni nombres. Es el patrón que se repite en todo el ejercicio: la afirmación llega sin prueba y se sostiene en la cercanía de quien la cuenta.
En la misma familia de relatos entra una finca de Paterna, en Valencia. Según publicó el semanario
Interviú, una propiedad de la zona servía de campo de entrenamiento para personas contratadas por narcotraficantes colombianos e instruidas por oficiales israelíes. El relato se enlaza con la empresa de seguridad implicada y con cargos de su consejo que han pasado por compañías públicas y privadas. Son informaciones periodísticas de la época y testimonios sin confirmación oficial.
La finca del Doctor, en Ciudad Real
El segundo candidato tiene nombre propio:
la finca del Doctor. Varias personas cuentan que sus abuelos ya hablaban de vecinos que bajaban en camiones con los ojos vendados y recorrían kilómetros de túnel antes de llegar a su destino. La leyenda local atribuye su origen a los nazis, después a los estadounidenses y, más tarde, a un centro de comunicaciones de seguridad nacional.
¿Hay algo? Nadie lo demuestra. El detalle de los ojos vendados, el túnel y la mano de obra rural es un clásico del folclore de base secreta, y aquí se cuenta con nombres de pueblo.
¿Hay un búnker bajo el metro de Madrid?
La hipótesis que más se defiende es la más aburrida: si hay que esconder un búnker, se reaprovecha lo ya construido.
Metrosur 2 es la etiqueta que circula para un supuesto centro de mando bajo el metro de Madrid, con el argumento de que sería ilógico excavar túneles nuevos teniendo la infraestructura hecha. También se recuerda el túnel que, según se cuenta, unía la estación cerrada de Chamberí con el cuartel general de Cibeles, obra de la Guerra Civil, y los pasadizos que conectaban palacios e iglesias bajo el casco antiguo.
Y luego está La Moncloa. Antes de la guerra, un viaducto altísimo, el del Aire, salvaba el arroyo Cantarranas; tras el conflicto el terreno se rellenó hasta enterrarlo. Casi nadie lo asocia ya con su origen.
Proyecto Islero y la pregunta nuclear
La conversación deriva hacia lo nuclear. Se menciona el
Proyecto Islero y la idea de trasladar los ensayos al territorio del Sáhara, como se hizo en Nevada. Y salta la pregunta incómoda: ¿se ha detonado alguna vez un artefacto nuclear en la Península Ibérica? El incidente de Palomares queda fuera, dicen, y la duda se queda sin respuesta.
El Pirineo y las bases que sí aparecen en el mapa
Cierra el recorrido la cordillera. La sospecha de que en los Pirineos se esconde algo se apoya en la cercanía de la base aérea de
Roses, la EVA 4, y en un episodio que se hizo popular: el relato de un militar que dijo haber visto un ser de dos metros tras atravesar una alambrada, recreado hasta la saciedad en televisión.
A la lista se suma quien sostiene que España cultiva más amapola que Afganistán y que las plantaciones están ocultas, y quien apunta a Doñana y a un yacimiento megalítico cubierto de cemento para impedir que se siga excavando. Hipótesis sueltas, ninguna con respaldo documental.
También hay quien recuerda una finca en los montes de Vitoria, junto a un vertedero, de la que, aseguran, no saldrías vivo, y quien zanja la búsqueda con ironía señalando oficinas oficiales siempre vacías y sin nadie al otro lado del mostrador. El humor, al final, también es una forma de decir que no hay nada.
Al final, todas las pistas comparten el mismo defecto: son relatos. Nadie ha enseñado un plano, una nómina, una foto. Mientras no aparezcan, el Área 51 español seguirá siendo eso que cada uno coloca en el mapa según el pueblo de su familia.