La mili vuelve en versión campamento: 2.000 jóvenes cada verano
¿Pagaría usted 13 días de campamento para que su hijo deje de ser un blando? Esa es la pregunta que sostiene un negocio que hace una década no existía y que ya mueve más de
2.000 jóvenes por verano, en torno al 5% de la facturación del sector de campamentos estivales. La mili obligatoria desapareció, pero su envoltorio comercial ha vuelto: instrucción castrense, diana a las 5 de la mañana, izado de bandera, rappel, brújula y desfiles. La diferencia es que ahora se paga, se elige y se vende como formación en valores.
El fenómeno tiene dos caras. Los grandes del sector, El Gran Capitán en la sierra de Madrid y Tercios de Lezo en Valencia, nacieron en la década pasada y multiplican su crecimiento cada año. Frente a ellos, un exmilitar de 54 años, José Gómez, montó en 2021 su propio campamento en Sigüenza, El Cid, con una tesis incómoda: la disciplina no necesita armas. Empezó con 14 niños y cerró la última edición con
210.
Qué se enseña en un campamento militar para jóvenes
El guion es común a todos. Cursos de verano de una o dos semanas, chavales vestidos de soldado, carreras, buceo, rappel, orientación con mapa y brújula —tecnología que el propio material califica de obsoleta— y desfiles. La ambientación se redondea con armas de airsoft, las que disparan bolitas de plástico.
Ahí está la línea que separa a los operadores. Gómez, que fue scout toda su vida y militar once años, entró como monitor en uno de esos campamentos para ver qué se cocía y salió convencido de que no quería eso para su hijo: «Yo no entiendo que se enseñe a disparar a un chaval que está de campamento de verano». Su versión prescinde del airsoft y de las trincheras. «Una instrucción en armas para un civil no tiene sentido: eso es jugar a ser militar».
El negocio: cuánto crece el campamento militar en España
Los números del sector son los de una modalidad joven pero con hambre. Hace una década no existía; hoy supera los
2.000 jóvenes por verano y acapara alrededor del 5% de la facturación de los campamentos de verano. Por delante siguen los de aventura e idiomas, y los urbanos y de ciencia se estiman en torno al 8% y el 10%. La militar es, con diferencia, la que más rápido crece.
El Cid opera con otra lógica: es una asociación sin ánimo de lucro que reinvierte todos los ingresos, se celebra en las instalaciones de un colegio religioso en el centro de Sigüenza y no tiene a nadie en nómina. Todos los monitores son voluntarios, la mayoría del Ejército y de la Policía Nacional. Desde hace dos años aceptan también a mayores de 19 años, con un enfoque menos físico y más técnico: supervivencia, buceo, control de sangrados, primeros auxilios. «Aquí viene gente hasta de 60 años que se adapta como el primero, pero no puedes manejarle dándole gritos como en las películas».
¿Por qué hay padres que quieren mandar a sus hijos a la mili?
Porque la demanda existe y está cuantificada. Se estima que en torno al
65% de los hombres de más de 45 años —unos 6 millones de personas— pasó por los cuarteles, y varias encuestas recientes apuntan a que cuatro de cada diez españoles apuesta por recuperar una formación militar básica para los jóvenes. En diciembre se cumplirán 24 años del último reemplazo del servicio militar obligatorio, un procedimiento instaurado en 1939 que obligó a más de nueve millones de españoles a recibir formación militar al cumplir la mayoría de edad.
El perfil del cliente lo dibuja el propio Gómez: padres que quieren «disciplinar a su hijo, endurecerlo». Y aquí llega el filtro. El Cid rechaza a quien busca otra cosa: «No preparamos para ser policía ni estamos para rehabilitar delincuentes o chavales con graves problemas de conducta. Esto no es
Hermano Mayor».
Disciplina sin armas: el modelo que se separa del resto
La propuesta de Gómez se define como castrense, no militar. No es antesala del Ejército ni prepara para ingresar en la Policía Nacional o la Guardia Civil. «Si en un ejercicio no puede más, o no quiere hacerlo, no lo hace. Aquí no se obliga a nadie ni estamos para traumatizar a la gente». El argumento de fondo es de seguridad: «Duermo con la tranquilidad de que ninguno de los chavales que pasa por aquí va a coger una escopeta de caza la próxima vez que tenga un problema en el instituto».
La conversación que genera el fenómeno no se queda en el precio de la matrícula. Hay quien defiende que la mili fomentaba la camaradería entre chavales de orígenes geográficos y sociales muy distintos, y que ayudaba a madurar fuera del entorno familiar. La objeción llega rápido: esa misma convivencia obligatoria también producía novatadas, abusos de mando y una jerarquía donde el que mandaba podía ser un oportunista. El recuerdo de la instrucción como fábrica de disciplina convive con el recuerdo de la instrucción como fábrica de escaqueo.
El debate de fondo: ¿servicio militar obligatorio o campamento de pago?
Aquí se cruzan dos cosas que no son la misma. Una es el negocio privado de campamentos, que crece porque hay padres dispuestos a pagar por él. Otra es la vieja discusión sobre recuperar un servicio militar obligatorio, que el material sitúa en el 40% de apoyo social. Quien defiende la segunda suele mirar a Suiza, Noruega o Israel, países con reservistas y ciudadanos con instrucción militar. Quien la rechaza señala que un campamento de dos semanas no forma soldados, solo ambienta.
El propio material deja un dato que descoloca: «15 días no cambian la vida». Es la frase que resume la promesa del sector —lealtad, sacrificio, trabajo en equipo— y también su límite. Con 2.000 chavales al año y un crecimiento de dos dígitos, la pregunta ya no es si esto funciona, sino cuánto de lo que se vende es disciplina y cuánto es disfraz.
Al final, la mili ha vuelto, pero en régimen de pago por uso y con carta de renuncia a las armas incluida. Los cuarteles cerraron; los campamentos abren en julio. Y el que quiera entender por qué hay cola para apuntarse a madrugar a las cinco, tendrá que mirar menos al Ejército y más a la familia que paga la matrícula.