Todo a reventar: el consumo navideño que no cuadra con los sueldos
Un viernes por la tarde, a la hora del cierre, hubo que invitar a salir a los clientes de una librería céntrica: la tienda estaba a reventar. No es un caso aislado. Durante el último tramo de diciembre se repiten las escenas de terrazas ocupadas con los abrigos puestos —sin ningún tipo de calefacción—, comercios atestados y calles llenas de gente que encadena un bar, un restaurante y la casa de alguien. El resumen que se hace desde la primera línea es que el ajetreo y el gasto son
demenciales, que la gente quiere quemar el dinero. La misma calle, mirada desde otro ángulo, ofrece una imagen bastante menos eufórica.
Qué explica el lleno: paga extra, buen tiempo y turismo
La hipótesis más repetida tiene fecha: noviembre. Los pensionistas y los empleados públicos cobran ese mes una paga extraordinaria, y en hogares donde coinciden dos de esas nóminas se han llegado a ingresar
entre 8.000 y 10.000 euros de golpe. Es dinero que entra caliente y se gasta caliente. A eso se suma la climatología: mientras media Europa está bajo cero y con nieve, en Valencia, Málaga, Murcia, Almería y las islas todavía se puede uno bañar, lo que convierte al país en destino de quien puede permitirse una escapada. El turismo internacional y las temperaturas suaves explican buena parte de las mesas ocupadas. La hostelería no trabaja solo con nómina española.
El sueldo más común no llega a 21.000 euros al año
Aquí es donde el relato se rompe. El tramo salarial más frecuente entre los declarantes españoles se sitúa
entre 12.000 y 21.000 euros anuales, y ahí se concentran más de cuatro millones de personas, el 20,50% del total. Solo el 24,77% supera los 30.000 euros, y dentro de ese grupo el 20,04% no llega a 60.000. Es decir, tres de cada cuatro contribuyentes se quedan por debajo de esa cifra. Y a esas cantidades hay que restarles todavía los impuestos indirectos y las tasas que se pagan después de cobrar.
La nómina pública: 1.600 euros con complementos y antigüedad
El matiz importa porque una parte del consumo se atribuye al empleo público. Los sueldos varían mucho según administración y nivel: hay administrativos que cobran alrededor de
1.600 euros, y en la Administración General del Estado los grupos C1, C2 y bastantes A2 se quedan por debajo de los 2.000. No parece el perfil que llena terrazas sin calefacción en diciembre. También se apunta al salario mínimo: ha subido y no ha traído el aumento de paro que algunos anticipaban, lo que da argumentos a quienes sostienen que subirlo no destruye empleo.
¿Se paga con nómina o con tarjeta de crédito?
Sí, se paga. El asunto es con qué. Una lectura sostiene que
el efectivo circula poco y la tarjeta de crédito, mucho: se mantiene el estilo de vida aplazando pagos y, cuando el grifo se cierre, el consumo caerá solo. Otra apunta al
postureo: las luces de Navidad funcionan como el capote para el toro, y el anuncio anual de un gasto medio de 2.000 euros por persona convierte el dispendio en norma social. Hay quien niega la mayor: mucha gente sale, mira escaparates y no compra nada. Y quien recuerda que, antes de 2020, en zonas como Callao no se podía literalmente andar, aglomeración que hoy no se reproduce igual.
La otra cara: el restaurante vacío del Pirineo
En el Pirineo, un restaurante que normalmente exige reservar el día anterior estaba ese día sin un alma. En una ciudad mediana, un sábado, unos chavales de quince años pedían solo patatas porque no les llegaba para la hamburguesa: el presupuesto andaba en diez euros. Y un bar de pueblo que dos semanas antes estaba lleno llevaba cuatro horas sin nadie.
Fuera de los grandes núcleos urbanos el mapa cambia: localidades segovianas a cincuenta minutos de Madrid, bien comunicadas y con autobús cada hora, mantienen precios de vivienda por los suelos.
Quién sostiene la fiesta y quién avisa del final
Hay una corriente que lee el gasto como síntoma de dinero abundante y otra que lo lee como deuda aparcada. Los escenarios más pesimistas hablan de que no se puede consumir eternamente con dinero prestado, de un endeudamiento público que crece y de que los países del norte no van a financiar el modelo indefinidamente. Los más tranquilos responden que, salvo
cisne negro —y en lo que va de década ya se han contado dos: la pandemia y la operación militar rusa en Ucrania—, no se espera una crisis inmediata. Ambas partes miran las mismas calles.
Queda una pregunta incómoda. Si tres de cada cuatro declarantes ingresan menos de 30.000 euros al año, ¿quién sostiene terrazas llenas sin calefacción un martes de diciembre? Los números no encajan del todo con la película, y el mapa tampoco: el mismo país que agota existencias en librerías céntricas tiene bares de pueblo que no abren a nadie.