Faltan maestros, pero sobran candidatos: el atasco del máster
Un aspirante acaba de pagar 1.000 euros por el máster de profesorado de la UNED. En una privada le habría costado 4.000. Para entrar ha tenido que pelear con otras
8.000 solicitudes por 650 plazas. Ese
embudo explica mejor que cualquier informe la paradoja de la escasez de maestros: el problema no es que nadie quiera dar clase, es que el sistema no deja entrar a quien quiere y no convence a quien hace falta.
Qué falta de verdad: matemáticas, física y formación profesional
El titular grueso —faltan maestros— se cae en cuanto se abre por especialidades. Lo que escasea son profesores de
matemáticas, física y química y de formación profesional en informática, telecomunicaciones o robótica. Son puestos que compiten con el mercado privado, que paga más y no obliga a opositar. En primaria, en cambio, el problema no es de títulos disponibles: es de quién acaba dentro del aula y con qué nivel llega.
Hay además un mapa territorial que casi nadie mira. La falta se concentra en Madrid, Cataluña, Canarias y en la llamada
España vaciada, donde hay menos candidatos dispuestos a mudarse por un sueldo que no cubre el alquiler. En otras comunidades, la misma convocatoria recibe una avalancha de solicitudes. La escasez de maestros es, antes que un fenómeno nacional, un problema de reparto.
El máster de profesorado: 215 horas y tres años hasta la plaza
El itinerario para dar clase en secundaria pasa por un máster de
215 horas con un máximo de 5 horas diarias, difícil de compaginar con un trabajo. A eso se suman un año lectivo de máster, otro de prácticas y, al tercero, la oposición si hay suerte. Quien no saca plaza encadena sustituciones, acepta un puesto de interino lejos de casa o se queda directamente en paro.
El precio tampoco ayuda: de los 1.000 euros de la pública a distancia a los 4.000 de la privada. Y hay comunidades tan necesitadas que han pedido al ministerio levantar el requisito del máster para cubrir vacantes. En algunas plazas que quedan desiertas ni se exige ese título para dar clase.
¿Por qué nadie quiere dar clase?
El argumento que más se repite apunta al dinero. Con un sueldo que no compensa el coste de la vida en las grandes ciudades y la vivienda disparada, la docencia pierde atractivo frente a cualquier otro destino profesional. La comparación que circula es contundente: el salario mínimo en el Distrito de Columbia alcanza los
17 dólares la hora, que a jornada completa superan los 2.900 dólares al mes.
El desgaste no es solo económico. En el aula hay bajas recurrentes, un
baile de sustitutos que descoloca a los alumnos y una carga burocrática que se come el tiempo que debería ir a enseñar. Varios padres lo cuentan sin adornos: el nivel baja, se pierden días en actividades y el profesor recién llegado no siempre domina la materia que imparte.
El idioma autonómico que filtra candidatos
A todo lo anterior se añade un filtro que no siempre se discute en voz alta: los requisitos lingüísticos de las comunidades con lengua cooficial. Hay quien sostiene que exigir un nivel alto de esa lengua reduce el número de aspirantes y deja plazas cubiertas por perfiles que, sin ese requisito, no habrían entrado. El argumento no está cerrado y las cifras oficiales no lo confirman ni lo desmienten.
La paradoja que viene: dentro de una década sobrarán aulas
El diagnóstico cambia de signo si se mira la demografía. Los nacimientos han caído en torno a un
40% respecto a hace una década y pico. Con esa pirámide no solo sobrarán plazas docentes: sobrarán también universitarios y alumnos de bachillerato, y varias regiones ya cierran colegios por falta de niños.
O sea, la escasez actual convive con un exceso futuro. Y ahí no hay acuerdo: unos creen que el ajuste llegará solo a la secundaria y a la universidad, otros que en primaria ya está en marcha. Lo que nadie discute es que el sistema no está preparado para ninguna de las dos cosas.