Elecciones en abril: la fecha que encaja con el puente
¿Se pueden convocar elecciones generales para que caigan en plena Semana Santa y pillar a media España fuera de casa? Es la hipótesis que se ha instalado con fuerza: dos domingos, el
13 y el 20 de abril, aparecen como las fechas con más papeletas. La Semana Santa de 2025 arranca con el Domingo de Ramos el 13 de abril y se cierra con el Lunes de Pascua el 21, un calendario de desplazamientos masivos que, según este análisis, empujaría a mucha gente al
voto por correo.
El argumento de fondo no es solo la fecha. Es que la legislatura se ha quedado sin aire presupuestario. Sin Presupuestos Generales del Estado aprobados, con los del año 2023 todavía vigentes, el compromiso de elevar el gasto en Defensa hasta el 3% que exige el nuevo inquilino de la Casa Blanca se convierte en una ecuación imposible de cuadrar sin subir impuestos o sin recortar por otro lado. Y ninguna de las dos cosas se vota con gusto.
Por qué abril y no octubre
La lógica que se maneja es sencilla: el presidente no quiere elecciones, pero puede necesitarlas. Los Presupuestos no salen. Podemos ya ha dejado claro que no votará la cesión del control de fronteras, y ese es un asunto identitario para ellos. Junts tiene sus propios siete diputados y sus propias exigencias. El resultado es un bloqueo que no se desatasca con una zanahoria más.
Hay quien sostiene que la prórroga presupuestaria le sirve al Gobierno para no pagar el tributo que reclama Washington y esconderse detrás de la falta de apoyos. En contra pesa el argumento de que las cuentas simplemente no salen: la vaca, dicen, empieza a estar seca. Subir impuestos otra vez es la vía, pero cada subida tiene un coste electoral.
El precedente que se cita no es casual. Cuando Zapatero se fue, convocó para el
20 de noviembre, un día que recordaba a Franco pero que también esquivaba los puentes de diciembre, cuando media España viaja. La regla no escrita es evitar veranos, Navidades y puentes. Abril rompe esa regla por arriba: es primavera, sí, pero es también la semana de más tráfico del año.
El voto por correo y la sospecha del cambiazo
La tesis más repetida es que una cita con las urnas en Semana Santa dispara el voto por correo y que ahí está el riesgo. Con la gente de vacaciones y las mesas atendidas por quien se quede, el recuento se vuelve opaco. La respuesta que se propone es de manual:
un interventor por mesa, recoger el acta, firmarla y volcarla a una plataforma web. Sin eso, sostienen, no hay manera de auditar nada.
El escepticismo, sin embargo, es mayoritario. Se recuerda que en las últimas europeas ya hubo una iniciativa de recogida y publicación de actas que después no se volvió a saber nada. Y se apunta que el fraude, si existe, no se descubre por las actas, sino por el voto por correo. Ahí es donde se juega la partida.
La anécdota que resume el problema es la de quien pidió las actas en su colegio electoral, mostró el BOE y se encontró con que el responsable municipal le dijo que no se las daban, que reclamara al día siguiente. Los agentes presentes, incómodos, no intervinieron. Con ese punto de partida, pedir que
un 90% de votantes fotografíe su acta y la suba a una web suena a ciencia ficción.
El relato del colapso y el suelo del PSOE
El diagnóstico que circula con más fuerza es el de un Gobierno que ha reventado. La minoría parlamentaria se ha vuelto insostenible después de que Yolanda Díaz no pueda apoyar el aumento del gasto en Defensa, acorralada por sus propios socios. El pacto de inmigración con Junts ya había dejado tocado al Ejecutivo. El compromiso de gasto militar asumido por Sánchez sería, en esta lectura, papel mojado.
Frente a eso, la tesis de que no habrá elecciones tiene también su peso. Se argumenta que al presidente no le interesa, que puede prorrogar los presupuestos y aguantar, y que la maquinaria institucional está alineada: Fiscalía, Tribunal Constitucional, RTVE, Telefónica, CIS, Abogacía del Estado, Agencia Tributaria, Indra. La lista se recita como quien enumera las piezas de un mecanismo.
El cálculo más optimista para el oficialismo es que su suelo electoral son
100 diputados, pase lo que pase. De ahí al cielo. Con esa base, la hipótesis de que convoque para perder pierde fuerza. La convocatoria sería, en todo caso, para reordenar el tablero, no para entregarlo.
El factor Trump y el 3% de defensa
El otro gran eje es exterior. El compromiso de elevar el gasto en Defensa hasta el 3% del PIB es el detonante que, según este análisis, zanja cualquier duda sobre los Presupuestos. No hay margen. España no puede llegar a esa cifra ni triplicando el salario de los militares: faltan recursos humanos y capacidad industrial. Lo que se pide de verdad, se argumenta, es la compra de
60 cazas F-35 y una senda presupuestaria que prometa al menos el 2,5% en 2030.
Cuando esa subida estructural se concrete, será cuando Navantia, General Dynamics o Airbus puedan planear crecimiento industrial. Indra, en esa lectura, crecería con pedidos diversos. Es decir: el gasto en Defensa no es solo una factura, es también una política industrial que alguien tendrá que aprobar en un Presupuesto.
Mientras tanto, el relato de la confrontación con la «extrema derecha internacional» sirve para cohesionar al bloque propio. Y sirve, de paso, para justificar cualquier calendario. Incluso uno que caiga en Semana Santa.
Con estos mimbres, la fecha sigue sin confirmarse. El 13 y el 20 de abril están sobre la mesa, el puente está en el calendario y las actas siguen sin recogerse. Si alguien esperaba certezas, se ha equivocado de trimestre.