Chimpu
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Quienes necesitan vivienda realmente no…
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La vivienda en España se ha convertido en un activo de inversión para muchos, eclipsando su función como bien de primera necesidad, una tendencia impulsada por el sistema fiscal y los intereses de diversos actores del mercado.
El debate sobre el acceso a la vivienda en España a menudo se reduce a una cuestión de oferta y demanda, pero la realidad es más compleja. El piso, para muchos, ha dejado de ser un techo para convertirse en una hucha, un activo financiero que promete rentabilidad antes que un lugar donde vivir. Esta transformación tiene profundas implicaciones para quienes realmente necesitan un hogar.
El Estado, lejos de ser ajeno a esta dinámica, parece beneficiarse de ella. Cada transacción inmobiliaria, especialmente las de cierto valor, genera ingresos fiscales significativos. Por ejemplo, la venta de un piso de 250.000 euros puede suponer 25.000 euros de IVA si es obra nueva, o 25.000 euros de Impuesto de Transmisiones Patrimoniales (ITP) si es de segunda mano, un porcentaje que en comunidades como Valencia puede ser del 10%. A esto se suman impuestos como el IBI, la plusvalía municipal o el IRPF por el alquiler. Si el precio de venta descendiera a 150.000 euros, Hacienda y las Comunidades Autónomas verían mermados sus ingresos en casi 10.000 euros por operación.
Varios grupos se benefician de que los precios de la vivienda se mantengan altos o sigan subiendo. Inversores que compraron propiedades a precios bajos, como un piso en Valencia adquirido por 70.000 euros en 2012 y que ahora podría valer 210.000 euros, prefieren vender y obtener una ganancia sustancial antes que alquilarlo y asumir riesgos. Los bancos y la Sareb, por su parte, gestionan carteras de activos inmobiliarios adquiridos a bajo coste, vendiéndolos gradualmente para evitar saturar el mercado y provocar caídas de precio.
Políticos y funcionarios con múltiples propiedades, así como herederos que reciben varias viviendas, no sienten la presión del mercado de alquiler. Pueden permitirse tener inmuebles vacíos sin urgencia por generar ingresos. A ellos se suman los fondos de inversión y compradores extranjeros, atraídos por precios que, comparados con los de otras grandes ciudades europeas como Berlín, les resultan una ganga. El trabajador medio, con ingresos que oscilan entre 1.200 y 1.500 euros mensuales, es quien soporta el peso de este sistema, pagando indirectamente por la fiesta de otros y sin poder acceder a una vivienda digna.
Quienes necesitan vivienda realmente no…