94 millones por un ático con vistas al infierno de cemento
¿Cuánto vale vivir a 400 metros de altura sobre Manhattan? La respuesta que circula en los foros de economía es una cifra redonda:
94 millones de dólares por un penthouse en Central Park. El anuncio, difundido en redes sociales, ha desatado una discusión que va mucho más allá del precio. Porque el edificio en cuestión —diseñado por el arquitecto
Rafael Viñoly— arrastra una fama incómoda, según varios participantes: se mueve con el viento, sus ascensores fallan, hay filtraciones en zonas comunes y ruidos estructurales que, sostienen, han acabado en los tribunales.
La paradoja es evidente. El mismo inmueble que se promociona como el no va más del lujo vertical acumula quejas técnicas y litigios con los constructores, según los mensajes del hilo. Un piso similar, unas plantas más arriba y de diseño japonés, se llegó a ofertar por
más de 160 millones de dólares, según los datos que manejan los participantes en la conversación. La rebaja, lejos de ser un chollo, invita a preguntarse qué se está pagando realmente.
¿Por qué se vende más barato un ático de lujo en Manhattan?
El primer argumento que aparece es el técnico. El edificio tiene problemas de ingeniería, según varios participantes: los ascensores se paran, los conductos de basura y las bajantes dan guerra y la estructura se queja cuando sopla el viento. No es un rumor de vecinos descontentos, según esas intervenciones; hay litigios en marcha contra los constructores por daños en servicios y espacios comunes. Quien compra a estos precios no adquiere solo vistas, adquiere también la lista de defectos.
El segundo argumento es el de la ubicación. Vivir en un rascacielos de estas características implica renunciar a cosas que muchos consideran básicas: bajar a pasear al perro se convierte en una expedición, los oídos se taponan cada vez que se sube o se baja, y la salida a la calle es un espectáculo de bocinas y aglomeraciones. «Con esas vistas no pago ni 100.000 euros», resume una intervención. «Lo ideal es vivir en un primer piso en el centro de una ciudad bonita y con vida», añade otra.
El coste real de la altura: derramas, ascensores y juntas de vecinos
Hay un aspecto que suele escaparse en los anuncios de pisos millonarios: los gastos de comunidad. En un edificio con estas características, las derramas por reparaciones pueden ser astronómicas. Los ascensores de alta velocidad, los sistemas de insonorización y el mantenimiento de fachadas acristaladas no son baratos. Y las juntas de vecinos, aunque se celebren en un vestíbulo de mármol, siguen siendo juntas de vecinos.
La discusión deriva hacia el perfil del comprador. ¿Quién paga 94 millones por un piso? La respuesta más repetida es que se trata de
inversiones especulativas, no de viviendas para vivir. «Con ese dinero puedes vivir como Dios en cualquier lugar del mundo», señala una intervención. «Son inversiones que no tienen sentido más allá de la especulación». El comprador típico no baja a comprar el pan: tiene un chófer esperando en el parking y un servicio que le resuelve la logística diaria, según una intervención.
¿Merece la pena pagar 94 millones por un piso en Nueva York?
La respuesta depende de qué se entienda por «merecer la pena». Si el criterio es la calidad de vida medible —espacio, naturaleza, tranquilidad—, el consenso es que hay opciones mucho mejores por una fracción del precio. «Con 10 millones te haces una casa brutal con espacio, naturaleza y mucho más agradable», apunta un participante. La familia más rica de la India, se recuerda, optó por construirse un casoplón de
1.000 millones de dólares en lugar de comprar un ático en un rascacielos, aunque fuera por motivos distintos.
Si el criterio es la exclusividad, el cálculo cambia. Un piso en un edificio icónico de Manhattan no se compra solo por sus metros cuadrados; se compra por la dirección, por el estatus y por la posibilidad de decir que se vive allí. Es un activo de coleccionista, no una vivienda funcional. Y como todo activo de coleccionista, su valor depende de que alguien esté dispuesto a pagarlo.
Al final, la pregunta que flota en el ambiente no es si el piso vale 94 millones, sino si alguien que los tiene los gastaría en un lugar donde el viento mueve el edificio, los ascensores se averían y las vistas son, al fin y al cabo, las de una ciudad que no duerme. La respuesta, como casi siempre, es que hay gustos que valen millones. Y que el mejor piso del mundo, como sentencia una intervención, es el que ya está pagado.