Solo uno de cada cuatro hogares españoles tiene niños
Hay una escena que se repite en cualquier bloque de pisos de una capital española: parejas de treinta y tantos con un perro, una hipoteca y ninguna intención de tener hijos. No es una impresión. Los datos la respaldan. En 2024, solo el
25% de los hogares españoles tenía al menos un menor de 18 años a cargo, el nivel más bajo de toda la serie histórica que arranca en 2006. Hace una década ese porcentaje era del 30%. La caída de cinco puntos supera la del promedio de la Unión Europea, donde la ratio ya es más dramática: solo hay niños en el
24% de los hogares.
La consecuencia es aritmética. España se adentra en el invierno demográfico y el sistema que sostiene las pensiones y el estado de bienestar se apoya en una base cada vez más estrecha. Las generaciones futuras son más reducidas mientras el resto de la población envejece.
Menos hogares con niños y menos niños por hogar
Eurostat estima que en España hay
19,5 millones de hogares. De ellos, algo menos de cinco millones tienen niños y 14,6 millones no. Son más hogares que hace una década (18,3 millones) porque los que no tienen hijos han crecido un 13%, mientras los que sí los tienen han caído un 8%. Cada vez hay menos hogares con niños y también menos niños por hogar.
De los hogares con menores, algo más de la mitad (
2,6 millones) tienen uno; el 35% (1,7 millones) tienen dos; y en el 11% restante, alrededor de medio millón, hay tres o más. La mitad de los hogares con hijos solo tienen uno, un patrón que se repite en todos los países de la UE salvo en Países Bajos, donde predominan los de dos hijos.
El avance imparable de los hogares sin hijos
La composición de las unidades familiares ha cambiado. De los 19,5 millones de hogares, el
29% son adultos que viven solos. Hace una década, los unipersonales sin hijos representaban solo un 25%. Otro 21% son parejas sin hijos. Y los hogares de dos o más adultos que no son pareja ya representan el 25%, igual que los hogares con niños.
Hay países con tasas aún más bajas: Finlandia (18%), Lituania (20%), Alemania (20%) y Países Bajos (22%). Otros mantienen más de un 25% de hogares con niños, como Eslovenia, Irlanda, Chipre o República Checa. Pero el descenso es progresivo en prácticamente todos los Estados miembros, salvo en República Checa, Eslovaquia y Grecia.
¿Por qué se tienen menos hijos en España?
Las causas que se manejan son conocidas: las condiciones del mercado laboral, el precio de la vivienda y los cambios en las prioridades personales y profesionales. El resultado es una juventud que retrasa la emancipación y, con ella, la maternidad y la paternidad.
En el análisis de fondo hay discrepancias. Una corriente sostiene que el problema es material: salarios que no permiten independizarse, vivienda inaccesible e impuestos que ahogan la renta disponible. Otra apunta a factores culturales y de incentivos: la generalización de los anticonceptivos fiables, la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral y un marco legal que, según este diagnóstico, penaliza la formación de familias. Los hay que señalan directamente a la agenda política y a lo que describen como ingeniería social. Y no faltan los que recuerdan que la natalidad cae en todo el mundo desarrollado, incluidos países sin esas políticas.
El futuro del estado de bienestar, en riesgo
Entre las consecuencias, la más citada es la sostenibilidad del sistema de pensiones. Menos nacimientos hoy significan menos cotizantes mañana y más carga sobre quienes estén en edad de trabajar. El círculo se cierra solo.
Hay quien ve el vaso medio lleno: menos población implica menos presión sobre vivienda, servicios públicos y recursos. Es el argumento de los que defienden que la cultura del ocio y la automatización reducirán la necesidad de mano de obra masiva. Enfrente, el temor a que el relevo demográfico no llegue por la vía de la natalidad sino por la inmigración, con el debate social que eso arrastra.
El dato que descoloca no es el 25%. Es que en 2006, cuando arranca la serie, ese porcentaje era notablemente superior y nadie lo consideraba una anomalía. Ahora es la excepción.