El gran ostrazo bursátil lleva 686 días a la vuelta de la esquina
La advertencia es tajante: hay que vender acciones, criptomonedas, sellos y hasta bosques antes de mayo, y refugiarse en liquidez y bonos alemanes a diez años. El que avisa no es un gurú de platino, es una predicción de pitoniso, y así lo presenta quien la lanza. El problema es que la fecha lleva dos años pasándose de largo. Octubre ya pasó, Trump ya ganó las elecciones y el S&P 500 ha vuelto a marcar máximos. La corrección, esa que se espera con la misma fe con la que se esperaba la burbuja inmobiliaria de 2007, sigue sin aparecer.
La tesis: vender todo antes de mayo y esperar el crash
El planteamiento original no deja resquicios. No se trata solo de acciones: también criptomonedas, sellos, bosques y cualquier activo que alguien haya colocado en cartera. La recomendación es deshacer posiciones y aparcar el dinero en liquidez y deuda pública alemana a diez años, el refugio clásico cuando el miedo aprieta. La fecha límite: mayo. El motivo: un ostrazo que está a la vuelta de la esquina.
La comparación con la vivienda de 2007 aparece pronto. Si el ciclo inmobiliario sirve de brújula, estaríamos en la antesala de una corrección profunda, aunque nadie se atreva a poner fecha al cómo y al cuándo. El consenso pesimista se apoya en que la economía funciona por ciclos y que este lleva demasiado tiempo estirado. La duda no es si llegará, sino cuánto dolerá.
Warren Buffett vende, el informático de FP compra
El argumento más repetido tiene nombre propio: Warren Buffett. El inversor de Omaha lleva meses vendiendo todo lo que buenamente puede y manteniéndose en cash, según se recuerda en la discusión. Frente a él, el pequeño inversor que compra con la paga extra. La pregunta retórica se lanza sola: ¿quién tendrá razón? La respuesta, como siempre, la dará el tiempo.
Pero el pesimismo no es unánime. Hay quien sostiene que el S&P 500 no está caro, que está un poco por encima de su media histórica y que, si se excluyen las siete grandes tecnológicas, el resto del índice cotiza hasta barato por PER histórico. El problema, argumentan, son los novatos que ven el gráfico vertical y concluyen que tiene que caer sí o sí sin valorar un índice en su conjunto.
El ladrillo, ese activo tabú que aguanta todo
En un foro de temática inmobiliaria, la ausencia de mención al ladrillo se convierte en reproche. Y la respuesta es incómoda: el sector inmobiliario aguanta. Los precios son abusivos, pero hay una demanda brutal para una oferta que se construye poco o nada. La tesis de que el ladrillo va a subir mientras la bolsa se despeña gana adeptos entre quienes llevan años esperando una recesión que no llega.
La frustración se palpa. Hay quien admite que quiere que llegue una recesión y que lleva años esperándola sin éxito. La corrección pendiente desde 2019 se ha convertido en una especie de maldición: cada día que pasa sin que casque significa, según esta lectura, una recesión peor cuando finalmente llegue.
La geopolítica como catalizador: Trump, Ucrania y el próximo cisne negro
El regreso de Trump a la Casa Blanca se lee como un factor que aleja el crash, al menos temporalmente. Hasta el próximo octubre, nada. Pero otros apuntan a que el suministro se ha regularizado tras la disrupción de la guerra de Ucrania, que estaría cerca de terminar. La calma actual sería, paradójicamente, la calma que precede a la tormenta.
Hay quien va más allá y espera una animalada de nivel 11-S o pandemia, un evento que dé la vuelta a varias constantes de golpe. La teoría del cisne negro se mezcla con el análisis de ciclos, y el resultado es un cóctel donde todo puede pasar y nada se puede predecir. La historia, vienen a decir, no sirve para predecir el futuro más de lo que las cabañuelas sirven para predecir el tiempo.
El dinero en efectivo, ese activo que se cruje con la inflación
Frente al refugio en liquidez, surge la advertencia contraria: al que le pillen con ahorros en líquido, lo crujen. La hipótesis de una inflación sostenida al 10% anual, con subidas del salario mínimo y de las nóminas públicas, diluiría el valor de cualquier colchón en efectivo. El ladrillo, de nuevo, como refugio real.
La pregunta del millón es qué pasa si quiebra el banco que tiene que pagar los beneficios. La respuesta, medio en broma medio en serio, es que el dinero es lo de menos y que hacen falta armas. El escenario apocalíptico se roza con ironía, pero deja un poso incómodo: la confianza en el sistema financiero no es infinita.
El ostrazo que nunca llega: 686 días de espera
La evolución de la discusión es la de una profecía que se recicla. Primero fue mayo. Luego octubre. Después, tras las elecciones americanas, hasta el próximo octubre ya nada. Cada fecha que pasa sin crash se convierte en una nueva fecha futura. La corrección siempre está a la vuelta de la esquina, pero la esquina se aleja.
Mientras tanto, el mercado sigue subiendo. Los que compraron hace años no tienen margen ni para plantearse vender. Los que esperan la caída para entrar siguen esperando. Y la pregunta que sobrevuela todo es la misma: ¿esta vez sí es la buena? ¿O es la mala? La respuesta, con reservas, es que nadie lo sabe. Ni los pitonisos.