El melanoma crece un 50% en España y señala a los que se tostaron sin crema
¿Cuántos veranos de aceite de oliva y Coca-Cola sobre la piel hicieron falta para que el melanoma se convirtiera en el cáncer de piel más agresivo? Los datos de la Red Española de Registros de Cáncer son tozudos: los casos han aumentado cerca de un
50% en la última década, con más de 8.000 diagnósticos anuales. La Fundación Piel Sana, de la Academia Española de Dermatología y Venereología, ha lanzado la campaña Euromelanoma 2025 con un mensaje que no admite matices: del sol hay que cuidarse. El dermatólogo Pablo Ortiz lo formula sin anestesia: «El concepto de tomar el sol debe desaparecer».
La conversación que retrata el problema no transcurre en un congreso médico, sino entre mujeres que rondan o superan los 50. Se acuerdan de cuando daba vergüenza llevar sombrilla, de cuando protegerse era de
debiluchas y de cuando el objetivo era estar morena a cualquier precio. Hoy pagan la factura. El Centro Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer augura además un aumento del 40% de casos de cáncer de piel en Europa para 2050.
Quiénes son los que se tostaron sin protección
La Asociación Española Contra el Cáncer no tiene estadísticas segmentadas por generación, pero asume el diagnóstico: hay una cohorte que pasó mucho tiempo al sol sin sombrero, sin gafas, sin camiseta y sin fotoprotección. Encontrar un factor 50 hace años era
algo extremadamente raro. Laura del Horno, técnico de prevención de la AECC, lo explica con una lógica aplastante: el cáncer de piel empieza a aparecer a partir de los 40 o 45 años, y si se suma edad, la probabilidad se dispara. A los 60, 70 u 80 años son habituales las queratosis actínicas, lesiones premalignas que, sin seguimiento, pueden desembocar en un carcinoma.
El patrón se repite en otros países. Ya en 2015, Cancer Research UK advertía de que los británicos mayores de 65 años tenían entonces siete veces más riesgo de contraer cáncer de piel que cuatro décadas antes, cuando proliferaron las vacaciones en el litoral. La exposición intermitente pero intensa —dos semanas de tueste al año— resulta tan dañina como la crónica.
El campo, la obra y el turista: tres exposiciones distintas
El relato oficial tiene un punto ciego que el sentido común detecta rápido. ¿Acaso no trabajaban al sol los campesinos y los peones de carretera? Sí, pero con manga larga, pantalón largo y sombrero. La exposición laboral histórica no se parece en nada al turismo de playa: tumbado, vuelta y vuelta, en las horas centrales y con la piel desnuda. La distinción no es menor, porque desmonta la falacia de que antes el sol era igual de intenso y nadie se moría de esto.
Hay quien sostiene que el verdadero problema no es el astro rey, sino la vida moderna: pasar diez u once meses en interiores y pretender compensarlo con una semana de exposición brutal. La piel no tiene memoria de adaptación, y la quemadura puntual es el peor regalo que se le puede hacer a un melanocito. La clave de la prevención, insisten los dermatólogos, es limitar la exposición y evitar las quemaduras, especialmente en la infancia.
Los nacidos después de los 90 rompen la tendencia
La buena noticia es que los dermatólogos atisban un descenso de la incidencia en los grupos nacidos a partir de finales de los 90, justo cuando arrancaron las campañas de concienciación. Un estudio de la Asociación Nacional de Perfumería y Cosmética revelaba que un
78% de españoles consideran más importante protegerse del sol que broncearse. El 87% asocia la exposición excesiva al envejecimiento y el 90% admite el riesgo de cáncer. Las mujeres se protegen más: un 54% usa productos solares a diario o casi a diario, frente al 18% de los hombres.
El cambio cultural avanza, aunque despacio. Una piel bronceada ya es una piel dañada, repiten los especialistas, y esa idea empieza a calar. Pero la industria también ha encontrado su hueco: cremas para antes, durante y después, algunas con ingredientes que generan dudas sobre su propia seguridad. La prevención se ha convertido en un negocio, y no todo lo que se unta es inocuo.
Queda la pregunta incómoda: si el melanoma se ceba con quienes se tostaron en los 80 y los 90, ¿qué pasará con los que ahora se protegen a conciencia pero viven en interiores y viajan a destinos de sol extremo? Los datos apuntan a una mejora generacional. La biología, como siempre, tardará en confirmarlo.