El negocio que sostiene la inmigración: quién gana con la mano de obra barata
Un empresario agrícola lo suelta sin anestesia: paga lo que paga porque si sube el salario, el producto deja de ser rentable. Cortar lechugas, recoger sandías, limpiar a un anciano. Trabajos que, según él, nadie quiere hacer por un sueldo de miseria y que, sin embargo, sostienen buena parte de la cadena alimentaria y de los cuidados del país. La discusión sobre quién se beneficia realmente de la llegada constante de trabajadores extranjeros lleva tiempo abierta y tiene más aristas de las que admite el titular fácil.
El empresario que admite que necesita mano de obra barata
La confesión más repetida en el sector agrario es que el modelo no aguanta un salario digno. Un patrón lo explica con crudeza: si pagas más, el margen desaparece. Y añade que quien quiera cobrar más, que se saque una oposición o una ingeniería. Es la lógica del palillo en la boca, la del empresario que presume de no pedir experiencia a cambio de que se maneje el cuchillo y no se holgazanee.
Frente a esa versión, la respuesta es unánime en una parte del análisis: si no hubiera llegado mano de obra dispuesta a trabajar por menos, el mercado habría subido los salarios hasta que alguien aceptara el puesto. Ese encarecimiento se trasladaría al precio final, sí, pero también elevaría la capacidad de compra de los trabajadores. El círculo solo se cierra, según esta tesis, con proteccionismo serio contra la competencia desleal de otros mercados.
¿Por qué los españoles no quieren trabajar en el campo?
Porque el mismo trabajo, con las mismas condiciones, se paga mucho mejor al otro lado de los Pirineos. La vendimia francesa es el ejemplo que se repite: los temporeros españoles cruzan la frontera cada año y los agricultores galos tienen costes parecidos con precios de fruta similares. La diferencia no está en la fruta, está en el salario.
El argumento del supuesto desinterés patrio se cae, según quienes defienden esta posición, cuando se compara con la construcción en plena burbuja, donde se pagaba mucho más por trabajos físicos y nadie faltaba a la obra. La conclusión que se impone: no es que la población local no quiera trabajar, es que no quiere trabajar por una miseria. La juventud con estudios y teletrabajo no renuncia a levantarse quince minutos antes de su jornada por un sueldo de oficinista, y menos por uno de invernadero.
El negocio de traer personas: más rentable que el narcotráfico
Hay un dato que se repite en los análisis más duros: traficar con migrantes es más rentable que traficar con droga, y las penas son menores. Las conexiones entre las redes de narcotráfico y el negocio de la
inmigración son estrechas, según las informaciones que circulan. Cuando un gobierno no combate eficazmente la criminalidad, la lectura que se hace es que los cómplices están dentro de la propia administración.
En ese ecosistema, hay quien señala a las asociaciones que gestionan fondos públicos por cabeza de migrante atendido: cuantos más lleguen, más gestionan. No es solo el empresario agrícola el que tiene incentivos. También el entramado de subvenciones, conciertos y contratos que vive de la llegada constante de personas.
El consumidor que pide paquetes a domicilio y no quiere ver al repartidor
La crítica más incómoda no va contra el patrón, va contra el ciudadano medio. El que pide la compra por aplicación, el que tiene a alguien limpiando a sus mayores, el que quiere el paquete en casa en veinticuatro horas. Esa comodidad se sostiene sobre salarios que nadie está dispuesto a pagar a precio de mercado europeo. Una parte del análisis lo resume con retintín: se critica al más débil, pero se consume el fruto de su trabajo sin pestañear.
El mismo mecanismo se repite, según esta crítica, en las casas de las zonas acomodadas, con internas que cuidan a los hijos y a los abuelos. La cara amable hacia la empleada convive con el desprecio en la conversación de sobremesa. Es la hipocresía de clase que sostiene el sistema por abajo y lo critica por arriba.
Automatizar o seguir explotando: el dilema que no se quiere afrontar
La patronal agraria prefiere mano de obra barata a maquinaria, según esta crítica. Salvo los cerealistas, que no tuvieron más remedio, la mecanización del campo sigue sonando a invento del demonio. El resultado es un sector que quiere mercado libre para contratar pero proteccionismo para vender. Libre para la mano de obra, cerrado para su producción.
El futuro que se dibuja es otro: poca gente con tecnología manejando drones y cosechadoras para grandes extensiones. Menos trabajadores y mejor pagados. Mientras tanto, el modelo actual se sostiene sobre la ficción de que siempre habrá alguien dispuesto a hacer el trabajo que el país no quiere hacer por lo que se paga.
La discusión no se cierra. El empresario dice que si sube el sueldo quiebra. El trabajador dice que si no sube, no va. Y en medio, un país que no ha decidido si quiere ser agrario y pobre con mano de obra importada o industrializado y caro con mano de obra propia. El dato que descoloca, según los participantes en el debate: el mismo trabajo que aquí se paga con cacahuetes se paga en Francia con salario europeo, y la fruta cuesta lo mismo en los dos sitios.