Más gente que viviendas: el problema es la oferta, no el casero
Si hay más gente que viviendas, el precio sube. Suena a perogrullada, pero las manifestaciones por la vivienda han convertido esa obviedad en un campo de minas. Las pancartas señalan a los grandes tenedores; el análisis que más se repite responde con una frase incómoda:
el número de propietarios no fija el precio, lo fija la relación entre casas y cabezas.
Oferta, demanda y el error de apuntar al casero
España destaca, se argumenta, por tener la vivienda muy repartida. Ese dato, sostiene este análisis, desmonta la imagen del fondo que decide cuánto cuesta un piso. Quien tiene veinte viviendas en alquiler y un mercado con más inquilinos que casas no puede fijar el precio a voluntad: lo hacen la oferta y la demanda. Quien tiene mil tampoco, si están todas disponibles y el número de personas que buscan casa es razonable.
Los malvados propietarios a los que alude otro participante existen, faltaría más, pero no fijan la tabla. La fijan los compradores.
¿Por qué no baja la vivienda si está tan repartida?
Porque la variable que manda no es quién posee, sino cuántos quieren. Con más casas que personas, sostiene este análisis, la vivienda se quedaría tirada: sin compradores ni demanda de alquiler, el negocio se deshincha. De ahí salen las tres medidas que propone uno de los participantes — frenar la compra por extracomunitarios, cerrar el alquiler turístico y limitar la entrada de población.
El plan de tres medidas y su letra pequeña
La réplica llega rápido: construir masivamente.
Un millón de viviendas nuevas, sostiene un participante, no arreglan nada si después entra gente sin control. El escenario opuesto se plantea en términos de desplome: con muchos menos habitantes, la vivienda no tendría forma de dar negocio. Otros niegan el supuesto entero y hablan de un
sistema Ponzi con precios pactados por la banca, no por el mercado. Y una tercera vía, más amarga, la de otro participante: solo bajaría con paro y sin ayudas.
Donde el análisis se atasca
Nadie discute la aritmética. Más demanda, precios arriba; menos gente, precios abajo. El desacuerdo está en qué palanca mover primero y en si alguien está dispuesto a moverla. Las pancartas disparan contra los de siempre; los números disparan contra otro sitio. Entre tanto, el precio sigue haciendo lo único que sabe hacer.