Bailes en la catástrofe: cuándo un gesto de ánimo se vuelve provocación
Un grupo de mujeres se graba bailando una coreografía en una zona arrasada por la riada, mientras a pocos metros hay vecinos retirando barro y familias buscando a los suyos. El vídeo circula y el rechazo es inmediato: no por el baile en sí, sino por el
contexto. La escena reabre una discusión que ya estalló durante la pandemia, cuando las coreografías del personal sanitario se convirtieron en símbolo oficial de la resistencia. Ahora el patrón se repite, pero sin el paraguas institucional que entonces lo bendecía.
Qué pasó y por qué el vídeo incomoda
El material que ha hecho saltar la polémica es un vídeo grabado en una zona afectada por la DANA, con escombros, barro y vecinos trabajando en la retirada de restos. En ese escenario, un grupo de mujeres ejecuta una coreografía sincronizada. No es un baile improvisado: hay pasos ensayados, formación y una cámara que lo registra todo.
La reacción mayoritaria en la conversación no niega el derecho a bailar. Discute el
momento. «Macho estás rodeado de gente que lo ha perdido todo, algunos con fallecidos o desaparecidos, de verdad os parece medio normal», resume uno de los mensajes más respaldados. La objeción no es estética: es de convivencia.
Hay quien va más allá y sostiene que ese tipo de coreografías no buscan animar a nadie, sino exhibirse. «El hacer una coreografía como respuesta a casi todo lo hacen simplemente porque a ellas les gusta», apunta otro participante, que compara el gesto con el de los cuarentones que celebran un gol de fútbol como si fueran profesionales. La tesis: una sociedad infantilizada que confunde el escaparate con la solidaridad.
El precedente de los bailes sanitarios durante la pandemia
La comparación con el confinamiento aparece en varios mensajes. Durante aquellos meses, los bailes de sanitarios en hospitales y residencias se difundieron como muestra de resistencia colectiva. Aquí la lectura es distinta: entonces había una
liturgia oficial que los respaldaba; ahora no.
«Como que no hay vídeos de HOMBRES bomberos, policías, médicos, etc... bailando con sus uniformes», responde alguien cuando se acusa al vídeo de atacar solo a mujeres. El contraargumento no tarda: los vídeos de sanitarios durante la pandemia también generaron rechazo, y no por el sexo de quienes bailaban, sino por el uso del sufrimiento ajeno como escenario.
La discusión deriva hacia un terreno más áspero. Una parte de los mensajes sostiene que las mujeres que aparecen en el vídeo no han participado en las tareas de limpieza ni de reparto, y que si les sobra energía para ensayar una coreografía es porque no han arrimado el hombro. Es una afirmación que circula sin prueba: nadie en la conversación aporta datos sobre lo que esas personas concretas hicieron antes o después de grabarse.
El reproche de fondo: el sufrimiento como decorado
El eje del malestar no es el baile. Es el
escenario. Varios mensajes insisten en que la zona donde se graba el vídeo tiene escombros, lodo y familias afectadas, y que usar ese fondo para un contenido de redes convierte la tragedia en atrezzo.
«No me parece de recibo ponerse a bailar con música festiva en un entorno en el que hay gente llorando por haber perdido algún familiar, su negocio o su casa», señala un participante. La formulación más repetida apunta a la falta de duelo: hay quien considera que ni siquiera ha pasado el tiempo mínimo para según qué gestos.
El contraste con lo que ocurría hace dos décadas se usa como termómetro. «Esto hace apenas 20 años, pongamos por ejemplo en los atentados de Atocha, era algo totalmente impensable», sostiene un mensaje. La comparación no es verificable, pero marca el tono: la sensación de que el umbral de lo aceptable se ha desplazado.
La brecha de género que atraviesa la polémica
Buena parte de los mensajes más duros convierten el episodio en una tesis sobre las mujeres. «La mujer moderna no vale ni para matarla a hostias y darla a comer a los cerdos», llega a escribir un participante, en una línea que no se sostiene en ningún dato y que el resto de la conversación no respalda. Otras intervenciones, sin llegar a ese extremo, generalizan: que si las mujeres buscan protagonismo, que si no saben guardar la compostura, que si el problema es de educación sentimental.
Frente a eso, la respuesta más citada es la que recuerda que el vídeo no representa a un colectivo, sino a unas personas concretas que decidieron grabarse. «A los muertos no los van a resucitar, y esas chicas no tienen culpa», apunta un mensaje que, aun así, tampoco defiende el baile.
La discusión se encona cuando alguien pide pruebas de que existan vídeos equivalentes protagonizados por hombres. «Toma, el primero que sale en google», responde uno. El otro contesta que tiene que ser en la misma ciudad y en el mismo contexto. Nadie gana. La conversación se convierte en un intercambio de enlaces y de exigencias cada vez más específicas, hasta que se abandona.
Qué dicen los que defienden el baile
No todo el material es condena. Hay mensajes que recuerdan que el derecho a bailar no desaparece en una catástrofe y que la reacción desproporcionada dice más de quien la lanza que de quien baila. «Deja vivir a la gente amargao», resume uno de los más directos.
Otros señalan que la indignación selectiva es sospechosa: los mismos que se escandalizan por un baile no se escandalizan por la gestión de la emergencia, por los escombros que siguen ahí o por las cifras de víctimas. Es una línea minoritaria, pero aparece.
Y hay quien introduce un matiz que descoloca: el problema no es el baile, es que se grabe. La coreografía sin cámara no habría existido como polémica. Lo que se censura no es el movimiento, es el
postureo convertido en contenido.
La conversación no llega a un acuerdo. Unos ven un gesto frívolo en un escenario de duelo; otros, una reacción exagerada contra unas mujeres que no hicieron daño a nadie. Lo único que comparten casi todos es la incomodidad. Y un dato que nadie discute: el vídeo se grabó donde todavía había barro.