A principios de verano fui de Madrid a Santiago en el AVE y ya entonces lo vi venir: llamar "alta velocidad" a una vía donde el tren va como un coche por un camino de grava no es un fallo técnico, es el retrato de lo que somos. Tuve billete con Renfe para volver y regresé en avión. Y no vengan a venderme que la culpa es de los partidos o de los responsables de turno: eso es la cortina de humo. El problema de España es estructural: desde la escuela nos enseñan que la picaresca y el enchufe son el camino al éxito, nada de mérito, de esfuerzo y de estándares de calidad. Por eso llevamos décadas viviendo de renta: del legado estructural que dejó Franco. Se haya hecho como se haya hecho, dejó presas, pantanos, térmicas, carreteras y ferrocarriles construidos para durar, casi perennes, levantados por una nación orgullosa que creció a un ritmo solo comparable al de Japón (7% sostenido entre 1959-1974) y llegó a estar entre las diez primeras potencias industriales del mundo. Y digo "casi" porque lo único que ha logrado tambalear aquella obra son las decisiones de los que hoy nos gobiernan: como no logran igualar el trabajo bien hecho, lo demuelen presas, térmicas, lo que haga falta para que la comparación no delate su falta de nivel. Casi toda la infraestructura posterior está viciada por esa misma falta de nivel, y así nos va: el AVE va como va. Cambien a quien quieran en las urnas, mientras la falta de nivel siga siendo la base del crecimiento y pogre individual desde las escuelas hasta las instituciones públicas, esto seguirá siendo tercer mundo.