Tener pareja: ¿un legado o una pérdida de dinero?
La pregunta que abre el asunto es tan vieja como el matrimonio, pero el contexto económico la ha vuelto incómoda: ¿sirve de algo tener pareja hoy? El planteamiento inicial es crudo:
fuente de estrés, pérdida de dinero y riesgo de separación con manutención incluida. A partir de ahí, la conversación deriva hacia un cálculo que un participante hace en una servilleta. Si el sexo regular se compra, plantea,
una tarifa de 90€ por hora y 16 encuentros al mes suman 1.440€. La pregunta implícita es si el asalariado medio puede permitírselo. La respuesta que se impone en el hilo es que no.
El cálculo que desmonta el romanticismo
El primer bloque del análisis es contable. Se discute si el varón medio puede pagar
1.440€ mensuales solo para cubrir una necesidad fisiológica de forma regular. La conclusión rápida es que no, y de ahí surge la comparación con la pareja estable: si el sexo es el único motivo, el coste se dispara. Pero hay quien corrige la cifra:
una hora de servicio puede resolverse en 15 minutos, y el precio real de un encuentro ronda
entre 40 y 50 euros. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende y que cada cual ajusta según su aguante.
La segunda capa del debate es la frecuencia. Se sostiene que
16 encuentros al mes solo se dan al principio de una relación. Con los años, la media cae a un encuentro semanal de veinte minutos, lo que deja el ahorro mensual en
unos 80 euros. La broma es que la pareja sale barata si se mide solo en ese terreno. Otra cosa es el resto de las 23 horas y media diarias.
¿Para qué sirve la pareja si no es para el sexo?
Aquí el asunto se parte en dos corrientes. Una defiende que la pareja
solo tiene sentido para reproducirse y criar hijos. Es la tesis del legado: formar una familia y dejar algo a tu imagen y semejanza. La otra corriente responde que el sistema ha rebajado ese objetivo hasta convertirlo en una carga: el hombre queda como pagador sin obtener nada a cambio, expuesto a perder el contacto con sus hijos y su patrimonio en caso de ruptura.
Frente a eso, hay quien reivindica la
complicidad vital como motivo suficiente. La pareja sería un espacio de apoyo mutuo, de planes compartidos y de conexión emocional, con riesgos que compensan. Se admite que muchas relaciones están sobrevaloradas, pero se distingue entre vivir en pareja y vivir con la pareja equivocada. El amor, se argumenta, no aparece al principio: lo que hay al principio es un calentón. El vínculo real llega después, cuando la química baja y queda el equilibrio.
El desgaste que aparece con el primer hijo
La evolución temporal del asunto es clara. Varios relatos coinciden en un punto de inflexión:
el primer hijo. A partir de ahí, describen un cambio de rutina en el que la pareja deja de prestarse atención, aparecen tensiones con el entorno familiar y el deseo se enfría. La frase que resume esa etapa es que el hombre casado queda mal atendido. El consuelo que se repite es que la crianza, al menos de momento, sí merece la pena.
El contrapunto lo pone quien afirma llevar
13 años de relación y seguir con deseo. No es la norma que se dibuja, pero rompe la generalización. También hay quien sostiene que la convivencia se organiza por reglas acordadas y carácter, no por género, y que un cerdo desordenado es insoportable con independencia de quién lo sea.
La vía de escape: vivir solo y no arrepentirse
La opción de la soledad tiene defensores explícitos. Uno de ellos afirma llevar
veinte años viviendo solo sin haber pensado nunca que estaría mejor con una mujer en casa. Otro cuenta que lo tuvo claro con
8 años, al descubrir lo que era una autocaravana, y que su único error fue comprarse un piso. La crítica a la pareja se mezcla con la crítica al coste de oportunidad: el poder adquisitivo, como norma general, es mayor estando solo.
El gasto es otro frente. Se afirma que ellas gastan más de media y que, si manejan dinero propio, el presupuesto conjunto se resiente. La conclusión que se repite es que la soledad sale más barata y que la convivencia solo compensa si hay un deseo fuerte de ser padre y una situación económica por encima de la media.
Lo que el cálculo no cierra
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo. Los números del sexo de pago son claros, los del desgaste conyugal son reconocibles, los de la soledad son defendibles. Pero ninguno explica por qué la gente sigue emparejándose. La respuesta que queda flotando es que hay algo que no entra en la hoja de cálculo: la crianza, la complicidad o el simple miedo a quedarse solo. Y eso no se mide en euros.