Goebbels publicó en 1941 el manual de la propaganda del mimetismo
El 20 de julio de 1941, un mes después de que la Wehrmacht entrara en la Unión Soviética y con Estados Unidos todavía fuera de la guerra contra Alemania, Joseph Goebbels firmaba en la revista
Das Reich un artículo titulado «Mimetismo». Casi un siglo después el texto sigue circulando y se lee fuera de los archivos de historia. La pieza encadena los tópicos del antisemitismo de entreguerras y los convierte en un manual de propaganda con estructura de silogismo: el enemigo no se combate, se desenmascara. Que el firmante fuera el responsable de la propaganda del régimen ayuda a entender el formato.
Qué dice el artículo «Mimetismo» que publicó Goebbels
El texto atribuye a todo un colectivo una supuesta maestría en el disimulo: la capacidad de adaptarse a cualquier entorno sin cambiar de naturaleza y de torcer la verdad según convenga. Goebbels apoya el argumento en una cita de
Schopenhauer, a quien hace decir que el judío es el maestro de la mentira, y remata con una idea que recorre la pieza entera: el adversario no discute, confunde. Ese es el núcleo de la propaganda nazi de la época, y explica por qué el tópico sobrevivió al régimen que lo fabricó.
También arremete contra el Antiguo Testamento. Es un blanco habitual en la cúpula del Tercer Reich, y aquí cumple una función concreta: despojar al enemigo de cualquier legitimidad histórica antes de pasar al terreno político. Quien firma el texto no improvisa; construye un relato cerrado en el que cada pieza encaja con la siguiente.
Chutzpah: la palabra que el artículo convirtió en arma
Goebbels sostiene que
chutzpah es un término intraducible, un concepto que solo existiría en una cultura concreta y que definiría un descaro ilimitado. El razonamiento es circular —si la palabra solo existe ahí, el defecto también— pero funciona como recurso retórico: convierte una expresión del habla común en prueba de una tesis. Un clásico del género.
El problema de fabricar una categoría a medida es que sirve para todo y no explica nada. Los ejemplos que el artículo acumula no son análisis, son anécdotas engarzadas para que el lector llegue a la conclusión ya escrita de antemano.
El complot judeobolchevique: Litvinov y Kaganovich
En la parte política del texto aparecen
Litvinov y
Kaganovich, a los que presenta como dirigentes bolcheviques que operaban entre bambalinas mientras el régimen soviético esperaba a entrar en la guerra con la victoria garantizada. Es la tesis clásica del «judeobolchevismo», un constructo de la propaganda alemana para presentar a la Unión Soviética como una conspiración y no como un Estado.
La pieza, fechada un mes después del inicio de la invasión, lee el conflicto como una revelación: el enemigo habría quedado al descubierto al firmar su verdadera alianza. Es interpretación, no dato. La afirmación de que Moscú esperaba una victoria fácil no procede de ningún documento; procede del interés de Berlín en justificar la ofensiva.
El pacto nazi-soviético y el «teatrillo» de Núremberg
La conversación que ha reactivado el texto no se queda en 1941. Se reprocha a cierto cine histórico reciente que omita el pacto entre Alemania y la URSS mientras dedica metraje a otros capítulos, y se repiten afirmaciones sobre supuestos malos tratos a dirigentes alemanes durante los procesos de posguerra. Esas acusaciones circulan sin respaldo documental verificado y conviene tratarlas como lo que son: versiones sin prueba.
De la plutocracia al Estado-capital: el giro económico
Buena parte del intercambio deriva hacia marcos económicos. Una línea sostiene que la Alemania de la época perdió la partida en el terreno social mientras la jugaba en el militar, y se pregunta por qué no se reorientó a tiempo. Otra apunta a un dúo Estado-capital donde el segundo sería hijo del primero, y a la supuesta creación de enemigos internos para sostener al poder cuando pierde crédito. Una tercera lee el caso español desde 1978 como una plutocracia que utilizó el envoltorio socialista para consolidar una dictadura financiera.
Son tres lecturas incompatibles entre sí y todas incómodas. La más citada, sin embargo, sigue siendo la que desplaza el problema del terreno étnico al terreno político: la hipótesis de que el sabotaje sostenido de un país viene de un perfil psicopático concreto, no de un origen. Un tramo final de la conversación se va hacia el negacionismo y hacia teorías de falsa bandera sobre atentados recientes, afirmaciones que carecen de cualquier respaldo documental.
La pregunta que queda sin respuesta es la misma que se hacía en 1941 y que nadie ha cerrado: ¿basta con desenmascarar un relato para desactivarlo, o el relato, una vez fabricado, ya funciona solo?